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Sobre políticas culturales y otras yerbas

Después de décadas, en que una gran parte de las diversas fuerzas de izquierda menospreciaron “la cultura”, hace unos años que, todo el mundo, cree que el centro de nuestros problemas es “la batalla cultural”. Para quienes nos inscribimos en alguna tradición gramsciana, parece una excelente noticia. Después de tantos años que nosotros, o aquellos que nos precedieron, estábamos predicando en el desierto acerca de las artes, los discursos, lo simbólico, las subjetividades, la relación entre hegemonía y sentido común, ahora, parece que todo el mundo es gramsciano.

No debemos engañarnos. Si bien, que se haya habilitado hablar y debatir sobre cultura (y su lugar decisivo en la lucha política) es un gran paso adelante, también, es cierto que debemos comprender que el significado del término “cultura” y “batalla cultural” es muy diverso. El hecho es que, en ningún lugar de los Cuadernos de la Cárcel, podrá encontrarse que Gramsci insinúe que si avanzamos en la batalla cultural obtendremos un porcentaje más alto de votitos para meter un concejal o un diputado más. La batalla cultural no es, mecánicamente, una batalla entre identidades políticas. Por ejemplo, si no es discutible que el kirchnerismo es la fuerza que más logró avanzar en la agenda de derechos humanos (sin, por eso, desconocer el papel clave que, en ese tema, tuvo Raúl Alfonsín hasta 1987), cuando la sociedad impidió el 2X1, esas multitudes que salieron a las calles no eran sólo kirchenistas: había personas y grupos de diferentes orientaciones y, otros, sin pertenencia partidaria. Esa sociedad que se niega a que los genocidas puedan ser liberados alude específicamente a la cultura (es decir, al sentido común). Mientras que cada fuerza política tiene una identidad distinta.

Otro ejemplo. A las movilizaciones por Santiago Maldonado concurrieron kirchneristas, peronistas, comunistas socialistas, trotskistas y muchos otros. Por una cuestión cultural. El crimen de Estado es intolerable. En cambio, no hubo marchas por el asesinato de Rafael Nahuel o de Roberto López (que nadie sabe quién es y es el Qom asesinado hace alrededor de una década en Formosa). Todas las personas politizadas han visto el rostro de Mariano Ferreyra y nadie conoce el rostro de López. Por una cuestión cultural que atraviesa a todas las fuerzas políticas: si sos parte de un pueblo originario, si no sos blanco, si te asesinaron en zonas muy alejadas de las grandes ciudades, la probabilidad de que cualquiera de las fuerzas antes mencionadas hagan conocido tu caso es nula o muy baja. Y eso tiene que ver con el sentido común. En este caso, común a fuerzas tan diferentes.

Ilustración de Alejandra Conti
Ilustración de Alejandra Conti

Entonces , ¿qué es la cultura? La cultura es una condición, un medio y un fin de un proyecto de una sociedad democrática e igualitaria. Generalmente, los dirigentes políticos saben que tienen restricciones económicas y políticas para su acción: límites presupuestarios y relaciones de fuerza. Sin embargo, ignoran hasta qué punto la imaginación de la sociedad y su propia imaginación, acerca de qué es deseable y qué es posible, constituyen un límite cultural para la acción pública. Para amplios actores sociales, la cultura ha sido concebida, fundamentalmente, como una dimensión decorativa del resto de las políticas o del resto de las acciones que son realmente importantes. Pero, la realidad social no puede transformarse sin modificar los lenguajes sociales. Así como, los modos de concebir el pasado y el futuro. La desigualdad no puede reducirse sin modificar concepciones y clasificaciones acerca del “nosotros” y de “los otros”.

¿Por qué la cultura es una condición del desarrollo? Entre las principales variables que inciden en el funcionamiento de la economía y la política se encuentran las dimensiones culturales. Los valores, los sentimientos, los significados que puede tener el trabajo, lo público, la democracia, la participación cívica, las comunidades, la moneda, la justicia son cuestiones constitutivas de una sociedad, que sólo puede emprender de manera sólida el camino del desarrollo sobre la base de lo que ella misma es o puede imaginar ser, en una coyuntura específica. Las políticas culturales, en un sentido amplio, son todas aquellas que pretenden incidir, explícitamente, en la configuración de procesos de significación.

¿Por qué la cultura es un medio de desarrollo? Paulatinamente, contamos con más datos acerca de cómo la cultura es un instrumento válido para el desarrollo social y para el desarrollo integral de las ciudades y países. Los datos indican cómo va incrementándose el porcentaje del PBI (Producto Bruto Interno) que ocupa la cultura a nivel nacional. Ya es indiscutible la relevancia de la cultura en la generación de empleo, en todos los países de la región y en las principales ciudades. En ese sentido, la cultura puede ser una herramienta fabulosa, y de hecho lo es, en muchos espacios para luchar contra los efectos de la exclusión y la desigualdad.

Ilustración de Jorge Garnica
Ilustración de Jorge Garnica

¿Por qué la cultura es un fin del desarrollo? El célebre antropólogo Marshall Sahlins, planteaba que era necesario preguntarse si se concibe a la cultura como “un aspecto o un instrumento del desarrollo entendido como progreso material”, o bien, como “el objetivo y la finalidad del desarrollo, entendido en el sentido de realización de la vida humana bajo sus múltiples formas y en su totalidad”. En ese sentido, cabe enfatizar que, un uso exclusivamente instrumental de la cultura, como un medio para un desarrollo concebido, básicamente, como económico, puede generar vastas transformaciones de imaginarios y valores sociales, desnaturalizando la finalidad misma del proceso. Cuando se habla de “desarrollo económico”, generalmente, se alude al crecimiento del producto y, cuando se habla de “desarrollo social”, se hace referencia a la distribución de los beneficios del crecimiento. El desarrollo cultural se refiere, específicamente, al proceso que incrementa la autonomía y libertad de los seres humanos, proceso que requiere, a la vez, bases materiales y simbólicas.

Generar autonomía, ¿en qué sentido? En el mundo de la cultura, las concentraciones de poder reducen diferentes autonomías. Autonomías de los países, de las ciudades y de las regiones respecto de fuerzas y actores transnacionales. Autonomías de grupos, de sectores sociales que, muchas veces, se reducen cuando tienden a concentrarse los poderes de los medios de significación. El Estado debe procurar incrementar la autonomía nacional, regional y urbana en el contexto global; incrementar la autonomía de cada uno de los grupos y ciudadanos que participan de la producción cultural; incrementar la autonomía de los ciudadanos frente a las opciones culturales.

Allí radica una dialéctica compleja entre la cultura y la política, en la que seguiremos trabajando, colectivamente, para que nuestras batallas culturales, en un sentido gramsciano, habiliten la posibilidad de construir una sociedad sin exclusión, sin desigualdad y sin políticas de homogenización. En un cierto sentido, que el lector puede pensar, la cultura es condición del triunfo político de las fuerzas populares y, a la vez, es la finalidad misma del complejo dispositivo de políticas económicas y sociales que esas fuerzas llevarán a cabo desde el Estado.


Alejandro Grimson es Doctor en Antropología, investigador del CONICET y profesor de la Universidad Nacional de San Martín.

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