Notas de OpiniónPolítica Cultural

Por un derrotero sin derrotas

El Instituto de Música como fruto del compromiso de los músicos y un Estado que interviene

Indudablemente la música argentina tiene un punto de inflexión en noviembre de 2012, con la sanción de la Ley 26.801. La Ley Nacional de la Música crea el Instituto Nacional de la Música (INAMU), que comienza a funcionar en 2014. Ese ha sido el gran puerto de llegada. Pero, los viajes no han terminado. Lo conseguido fue producto de la gran lucha colectiva de músicos/as independientes, una batalla de muchos años, que no tiene ritmo ni estilo musical, nos abarcó a todos, y debe ser un ejemplo de cómo encarar la lucha que hoy debemos reconfigurar. Un grupo de músicos recorrimos ciudades, pueblos y provincias, dando charlas para concientizar sobre la Ley de la Música y sus consecuencias, esa tarea debe continuar y multiplicarse.

Había, en ese entonces, políticas públicas que favorecieron ese debate, condiciones para la concreción de una cadena de búsquedas que desembocan en la creación de un organismo público no estatal de fomento de la actividad, el INAMU, estas cosas nunca se dan por generación espontánea.

Ilustración de Jorge Garnica
Ilustración de Jorge Garnica

Hoy ese panorama ha mutado. El cambio de paradigma corrió a la cultura, en general, y a la música, en particular, hacia un espacio difuso, como condenada a desesperadas acciones individualistas. Claro, el neoliberalismo ha llegado y la música, siempre, acompaña a los hechos históricos, sigue los tiempos de la gente, se hace al calor del ritmo social, fue boom en tiempos democráticos y fue perseguida en tiempos de dictaduras.  El mercado ha vuelto a tomar las riendas y el carro tiembla, porque, sabe que los caballos avanzan sin rumbo, con anteojeras importadas y hacia lugares hostiles para los músicos. Hay que discutirle al mercado, presentarle debate en todos los terrenos. La cultura es un bien común. Sus espacios son reductos tan amplios que cabemos todos y todas. Hay que defenderlos con la consigna de no entregarlos jamás, por más pequeños que sean o por más que se dé la lucha desde lugares recónditos de nuestro país. Todos quedan dentro de Argentina, entonces son nuestros. Pertenecen a quienes saben que el arte tiene una función social, al ser el gran diseñador de salud individual y colectiva. Por eso, hay que comprometerse desde los barrios, las bandas y agrupaciones, desde las asociaciones de músicos independientes, que afloran por todo el país, registrarse en el INAMU, poner un pie en Sadaic, en el Sindicato de Músicos, la AADI (Asociación Argentina de Intérpretes), participar, informarse.

La pauperización del trabajo, la desocupación, la explotación, ya no son términos que los músicos solo leen en los diarios, se convive con esas categorías más allá de todo prejuicio, ignorancia y negación. El explotado, en este caso el músico, como el indocumentado, aprende a ser invisible. Hacen de la vulnerabilidad una cultura, un cuerpo de costumbres. Hay que romper con la lógica individualista. No hay soluciones individuales para problemas colectivos, debemos instalar otra lógica, la lógica de la construcción de lo colectivo ¿Cómo vamos a enfrentar y desarmar esa lógica que nos impuso el mercado de pagar para tocar? Hacerlo en soledad será una derrota anunciada.

El Músico como sujeto político

De la misma manera en que el peronismo incluyó al obrero como sujeto político, hoy, debemos exigir que el Estado haga lo mismo con los músicos. El mercader de la música nunca quiso ver al músico/a como un sujeto político, simplemente, lo explotó en sus lugares, le fue quitando el espacio social y lo fue encerrando en un negocio perverso en el que el músico jamás pudo hacer pie. El músico no comprometido niega a la ideología, ataca al partidismo. Pero, resulta que los mercaderes sí tienen ideología, sí tienen partidos que los contienen y, desde ahí, operan con una logística contra la que el músico, desde su postura egoísta, no puede. No hay un reconocimiento del músico–trabajador, entonces, se lo desplaza hacia un lugar en donde es, sólo, una persona que quiere “sacarse el gusto de mostrarse”. De manera que, el mercader, jamás, piensa en un salario. Es más, aprovechando las circunstancias comerciales, sociales, laborales existentes, nos exige que  paguemos sonido, publicidad, flete, asistentes. Con lo cual, terminamos siendo uno de los productores del evento en la etapa organizativa, pero, nunca, en la recaudadora. Y muchos compañeros/as se prestan a este juego, amparados en “cierta estrategia individualista” que le hace creer que ese juego es una inversión a largo plazo.

Ilustración de Vicente Stupía
Ilustración de Vicente Stupía

El Estado de las cosas

Un Ministro de Educación del Perú declaró hace tiempo: «El Estado no canta ni baila», para establecer que el Estado no tendría por qué intervenir en el sostenimiento de los elencos artísticos que dependían, hasta ese entonces, de él. Un pensamiento horroroso, pero en boga, en la mente de muchas autoridades de nuestros países guionados.

Hay una emergencia cultural y, nosotros, debemos exigir que el Estado intervenga, asumiendo su función de hacer política cultural en forma directa, generando los anticuerpos culturales para enfrentar lo hegemónico de un mercado, cada vez, más globalizado.

Dice el  compositor chileno Gabriel Matthey: ese mercantilismo convierte a la sociedad en «menos humana por su masificación, donde la diversidad se transforma en uniformidad, donde las necesidades y demandas son manejadas por el propio mercado y los seres humanos pierden todo espacio real de participación, transformándose en esclavos». Trágica realidad que recorre lugares sin distinguir fronteras. Entonces, debemos instaurar un Estado fuerte, regulador e inclusivo, que intervenga en la producción de bienes culturales. Para eso, deberemos transformar a cada música y a cada músico, en militantes de esta causa que nos arrastra, más allá, de las expresiones de deseos. El carro neoliberal avanza y, también, va dejando al costado del camino los cuerpos de los apolíticos, los no comprometidos, los blandos, los cobardes, los que disimulan, esos “Narcisos” reflejados en sus instrumentos.

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