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¿César Vallejo ha muerto?

Como él anticipó, en un poema memorable: Piedra negra sobre una piedra blanca, falleció en París, pero, sin aguacero y no un jueves, sino, un viernes santo. A las 9 y 20 horas del 15 de abril de 1938 se produjo su muerte. Y, sin embargo, cuánta vida nos ha seguido dando. Mi descubrimiento personal, hondo e íntimo, de César Vallejo, me resultó un hecho extraordinario. No sólo porque ocurrió a los 15 años, sino, también, porque mi primera percepción de su enorme, profundísima poesía fue absolutamente inocente, inesperada. Algo similar me aconteció, contemporáneamente, con Roberto Arlt.

Había, allí, algo encarnado en lenguaje que iba más allá del lenguaje. Y el sentimiento se contagiaba sin posibilidad alguna de retórica, latente en su palabra, viva. Y se dio entrañablemente vinculado con dos acontecimientos que, también, se me hicieron legendarios: la guerra civil española, con aquellos humildes milicianos, los voluntarios que defendieron a la República, y el hecho de que, en su sangre, se mezclaran -todavía de manera inconsciente para mí- lo celtíbero y lo indígena.

La madre de César Vallejo se llamó María de los Santos Mendonza Gurrionero (“de pecho en pecho hacia la madre unánime”) y era hija del sacerdote gallego Joaquín de Mendonza y la india chimú Natividad Gurrionero. Pero, no sólo eso. También, su padre, Francisco de Paula Vallejo Benítes (“Mi padre, apenas, / en la mañana pajarina, pone / sus setentiocho años, sus setentiocho / ramos de invierno a solear”), no sólo, era hijo de otro sacerdote gallego, José Rufo Vallejo, sino, que su propia madre, también, era otra india chimú, Justa Benítes.

Y eso no es todo. César Vallejo nació el 16 de marzo de 1892 en una Compostela indoamericana, la peruanísima Santiago de Chuco. Y, en su sangre, conviven, se confunden, se unifican la morriña dolida del gallego trasplantado, con la melancolía sangrante del indio sometido. Y los entresijos de la mitología católico-cristiana, ineludiblemente entrelazados con verdaderas, auténticas historias de amor, junto con todo lo que arrastra haber nacido de sangre indígena en el mismísimo meollo del Perú de los Incas.

¿De dónde sale sino la Dulce hebrea de Los heraldos negros (1918), a la cual se le pide “Desclávame mis clavos oh nueva madre mía!”, de dónde la amada que se ha “crucificado / sobre los dos maderos curvados de mi beso”? ¿O, incluso, “un viernesanto más dulce que ese beso”? Por supuesto, que del lenguaje. Pero, no sólo del lenguaje ¿De dónde surgió, también, ese magnífico TriIce? Que, desde Trujillo, en 1922, agota de antemano muchas de las futuras experiencias de las vanguardias europeas. O aquel que, a mí, me parece el libro más hondo y tocante -y logrado- que haya producido la guerra civil: España, aparta de mí este cáliz, mucho más que póstumo y, no por casualidad, escrito por un hijo de América: “¡Niños del mundo, está / la madre España con su vientre a cuestas!”.

Y alrededor del cual la misma agonía del poeta, casi, enhebrada en la lumbre del mito, vueltos un solo destino personal y momento histórico, se vuelve, asimismo, luminosa evidencia, verbo hecho aliento. Según otro poeta, su amigo Juan Larrea, las últimas palabras de Vallejo fueron: “Me voy a España”. Es decir, a la España republicana, que estaba desangrándose también -al mismo tiempo- en su “agonía mundial”. En la Clínica Arago, donde falleció, los médicos no atinaban a explicar la verdadera causa de su muerte. Pero, al año siguiente, 1939, al editarse, por fin, sus indelebles Poemas humanos, escritos, probablemente, entre 1930 y 1937, pudieron conocerse estas otras palabras tan suyas, no sólo premonitorias: “En suma, no poseo para expresar mi vida sino mi muerte”.

Óleo de Santiago J. Alonso.

¿De dónde surge, digo, algo así, de tal calibre? De la lengua humana, empapada de vida y, también, fuente de vida, vida ella misma, instintiva y orgánica, cargada de los humus nutricios de la pequeña historia y de la gran historia, pero, también, de los instintos y los sueños, de las ansiedades y los deseos de los hombres. De un hombre capaz de ser, a la vez, él mismo y todo lo humano, lo más humano de lo humano, de ser único y general, al mismo tiempo, entre todos los hombres, junto a todos los hombres. La de César Vallejo no es una voz unánime, sino, prójima, íntimamente próxima. Qué otro sino un gran poeta, podía habernos dejado esa sucinta clase –magistral- de economía política: “la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre…”.

Me enorgullezco limpiamente de saber que el primer hombre que me hizo descubrirme latinoamericano llevó en sus venas la sangre de mis antepasados labradores gallegos y, también, la noble sangre de los primeros hijos de la América primera, la aborigen, la indígena. Como la lengua, como la vida toda sangre es espléndidamente mestiza. Sólo la muerte es pura.

¿Me será permitido insistir, con modesta firmeza, que no puedo dejar de percibir a César Vallejo como el más grande poeta de la lengua castellana y hasta, quizás, no sólo en el siglo veinte?

 

Vallejo, César

 

Nadie estuvo más hondo

ni más cerca.

Nadie llegó tan lejos

más temprano.

Nadie fue más ninguno

y menos Nadie.

 

(Poema de Rodolfo Alonso).

 


Rodolfo Alonso es poeta, traductor y ensayista.

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