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Alfredo Alcón, vivo en la poesía

Nota en homenaje al gran poeta Rodolfo Alonso

(Publicamos esta nota que nos envió Rodolfo Alonso en diciembre de 2020 como colaboración para nuestra revista Con Fervor. Y lo queremos hacer, especialmente, como un homenaje post mortem al gran poeta, traductor y ensayista que fuera colaborador de nuestra revista desde su inicio).

 

No sé si la banalidad y la estridencia permiten, hoy, calibrar cabalmente la entera personalidad de Alfredo Alcón. Los timbres y los matices de su voz, junto con la calidez y calidad de su presencia, no eran los únicos en sostener su dignidad estética, nunca bastardeada. Y que, siempre, se dio en él, como en los auténticos artistas, con una conciencia ética, impregnada de humanismo, y que le surgía de manera espontánea, natural, sin preconceptos y sin dogmas.

Si algo pudiera dar testimonio cabal de ello, siento que fue su decidida, delicada y total entrega a la mejor poesía. A pesar de su modestia innata, logró filtrarse aquella vez en que, reiterando en Mar del Plata su ejemplar espectáculo exclusivamente dirigido, como haría con otros, a la poesía de Lorca (que, como toda gran poesía, exige un marco de silencio), Alcón lo suspendió indignado por los ruidos que le impedían cumplir con su hondo respeto hacia el poema.

Y, yo mismo, puedo dar testimonio de ello. Como ya había empezado a ocurrirme, cuando me descubrí adolescente poeta y traductor sin habérmelo propuesto, también, sin experiencia periodística y contestando un simple aviso, la editorial Abril me convirtió en el subdirector a cargo de la dirección de su revista Claudia. Que, originalmente dirigida a la mujer moderna, algo del todo inusual en esos tiempos, no sólo logré orientar, además, hacia objetivos artísticos y culturales, con lo cual su público (¡de cientos de miles de ejemplares!) se amplió hasta incluir toda la familia.

En 1964, la editorial incorpora algo nuevo: discos flexibles. Y, como promoción, los decide incluir en la revista. De los primeros, me encargan seleccionar uno sobre El amor en la poesía, que iba a leer Alfredo Alcón. Así, me tocó el privilegio, no sólo de conocerlo personalmente, sino, de hacerlo mucho más a fondo. Porque, el trabajo de grabación se fue haciendo, cada vez, más extendido y más intenso, ya que Alfredo respetaba tanto la poesía que, nunca, le bastaba una sola, sino, que pedía reiterarlas hasta encontrar su tono, su preciso timbre.

Asistí, emocionado, a la forma tesonera y respetuosa con que la voz de Alfredo Alcón iba encarnando, temblorosa, tocante, la altura de los grandes poetas que mi juventud había reunido a tal efecto. Comenzaba por los clásicos: Catulo, el arábigo-andaluz Umar Ben Umar, un anónimo del Romancero español, Garcilaso, Quevedo -de cuyo inmortal soneto Amor constante más allá de la muerte, Alfredo quiso realizar numerosas versiones, cosa que aún me asombra luminosamente por tanto como implica.

Y, a partir de Rubén Darío y de Neruda, seguimos con los grandes modernos. Muchos casi desconocidos por entonces, como era el caso de Macedonio Fernández o de Ricardo Güiraldes como poeta; para seguir con los preclaros españoles Pedro Salinas y Miguel Hernández. Así como con mis propias traducciones de Fernando Pessoa, Paul Éluard y Jacques Prévert. Sin duda, en la línea de las altas cumbres teníamos, allí, una variedad de personalidades líricas cada una más exigente que la otra. Y, a cada una de las cuales, como prueba definitiva de su honda devoción por la poesía, Alfredo Alcón buscaría voluntariamente encontrar, hora tras hora, el tono justo, la densidad adecuada, la comunión ineludible.

Pero, ese no había sido nuestro único encuentro. Poco antes, en 1961, cuando maduraba el nuevo cine argentino, que sólo iba a decapitar la dictadura de Onganía, Alfredo fue uno de los tres actores argentinos que, realmente por amor al arte, sin el menor rédito, dieron sus voces a mi texto casi poético para Faena, el más que documental sobre el matadero, dirigido por Humberto Ríos, entonces muy premiado y que, hoy, se estudia en las escuelas de cine. Por suerte, se lo conserva en ellas.

Y para quienes quieran darse el enorme gusto de escuchar El amor en la poesía, esa grabación se conserva en la Audiovideoteca de Escritores de la Ciudad de Buenos Aires. Así como muchos de nosotros guardaremos, como poesía lograda, como poema vivo, la voz y la presencia de nuestro grande y querido Alfredo Alcón.

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