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Un chamamé que sepamos todos

La UNESCO declaró al chamamé Patrimonio de la Humanidad

El trágico 2020, cerró su triste temporada con un cartelito que nos llenó de emoción: el Chamamé fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Una de las grandes noticias del año, sobre todo, para nuestra Cultura Nacional y Popular, que está tratando, por todos los medios, de no perder por knock-out, luego de una pelea desigual y feroz. Es el tercer bien cultural argentino en alcanzar esa distinción, luego del tango y del fileteado. Esta decisión que tomó la UNESCO, implica una gran difusión del chamamé a nivel mundial, la circulación de artistas y canciones y, también, la posibilidad de pensar en políticas públicas a largo plazo orientadas al género; desde la difusión, la producción y la educación. En Buenos Aires, los porteños tenemos bastante para reflexionar sobre el chamamé, desde el prejuicio, pasando por la envidia y arribando a la admiración.

Cuando era chico -plena década del sesenta-, se hablaba de un boom del folclore. Es que sonaba mucho, por todas partes, afloraban clubes y centros de residentes que organizaban eventos y las paredes de Buenos Aires nos lo contaban. En la radio, eran unos cuantos los programas que difundían esa música autóctona que me sorprendía, me empezaba a enseñar, señalándome que yo pertenecía a un país y no a una ciudad, como se pensaba. Cuando uno vive en un barrio popular convive, todo el tiempo, con voces inmigrantes. Quiero contarles que, en el barrio porteño de Villa Crespo, el coro de gringos era multitudinario y cantaban tanto en árabe como en guaraní. Cuando me quise poner a reflexionar sobre todo eso, ya tenía inoculado el virus de la apertura, ese virus que nos recorre por dentro y nos lleva a muchos lugares que jamás veremos por fuera.

A tres casas de distancia de la mía vivía una familia de correntinos, que los sábados y domingos le ponía fondo musical al barrio y, hasta de vez en cuando, se escuchaba un grito primitivo, pero, que no emulaba a Tarzán, como yo pensaba. Fue el padre de un amigo quien me dijo que eso se llamaba sapucay. Palabra que me llamó la atención, no figuraba en mi lenguaje y hasta el sonido me resultaba extraño. En esas canciones, se nombraba a muchas cosas de la naturaleza que desconocía, pero, un río encabezaba el ranking: el Paraná. Por ese entonces, los primeros sesentas, tenía tres referentes musicales contándome cosas: la música joven, heredada del Club del Clan, que casi no me decía nada, salvo algunas frases que me divertían; el tango, que ponía al barrio, los amigos, la vieja y la mujer en el centro; y el folclore, que pasaba lista a un montón de lugares, visiones, objetos, costumbres y sensaciones que no formaban parte de mi paisaje, como si me hablaran de la existencia de otros mundos.

Dos ritmos me llamaban mucho la atención dentro de esa corriente: la chacarera y el chamamé. Por la radio sonaban alegres, pero, cuando veía a vecinos bailar esas canciones, desplegaban una risa nueva, una vivacidad desconocida y que parecía ser la coreografía perfecta para música genuinamente festiva. Se desplegaba, ante mis ojos, una escena que mezclaba la melancolía del exiliado, la alegría que peleaba para no entregarse a la dureza de Buenos Aires y la complicidad de muchas miradas que se conectaban con un lenguaje demasiado novedoso para mis ojos porteños.

En esto pensé al leer esta noticia, en lo que representa el chamamé, esa marca de identidad, en una gran zona del país y que se ha expandido, por suerte. Cuando era adolescente, tenía un grupo en el barrio con amigos y tocábamos en fiestas y algunos lugares en donde no se pasaba música grabada, se bailaba con la música en vivo. Nosotros hacíamos temas de rock, otros tocaban cumbias y, en algunos clubes, aparecían conjuntos que hacían chamamé, esto ya sería en 1975. Otra vez, notaba en la gente que bailaba una diversión mezclada con la melancolía, que no era una vista usual, como si al bailar recordaran tiempos y lugares necesarios. Era la nación chamamecera que estaba viva, los transformaba y nos hablaba con su manera festiva de interpelarnos.

Ramón Ayala y Jaime Torres.

En su declaración, la UNESCO proclama: “El patrimonio inmaterial proporciona a las comunidades un sentimiento de identidad y de continuidad, favorece la creatividad y el bienestar social, contribuye a la gestión del entorno natural y social y genera ingresos económicos”. Los expertos nos hablan de cuatro próceres del chamamé: Emilio Chamorro, Mauricio Valenzuela, Ernesto Montiel y Tránsito Cocomarola. Es la gente que sienta las bases, allá por los años 30 y 40. En los sesenta, creo que fuimos muchos y muchas quienes preguntamos: ¿quién canta así?, extasiados frente a una radio. Y nos respondían: Ramona Galarza. Seguramente, la gran difusora en esos tiempos. Luego, vinieron camadas de jóvenes que, incluso, sacaron al chamamé a pasear por otros caminos, mucho más lejanos, hablo de Mario Bofill, Teresa Parodi, Antonio Tarragó Ros (h), Pablo Roch, Marilí Morales Segovia, Raúl Barboza, Niní Flores, el Chango Spasiuk y hasta el mismísimo León Gieco, quien se atrevió a llevar el chamamé a los festivales de rock. Y hago una mención aparte del gran Ramón Ayala, el Mensú, quien le ha dado al estilo litoraleño una impronta novedosa que, también, llegó a muchísimos países.

Si uno se pone a pensar, no debe sorprendernos que una entidad como la UNESCO haya reparado en este ritmo tan particular, dado lo que produce en sus oyentes, si es ese el disparador. Para traernos otra mirada, nos cuenta Gabriel Romero, presidente del Instituto de Cultura de Corrientes: “El chamamé es la marca de identidad de una gran región de la Argentina y de muchos argentinos en diferentes lugares del país. Es un bien heredado que está vivo y crece. Tiene un mensaje de amor a la tierra, respeto a la naturaleza, amor a la mujer y al hombre. Tiene un mensaje de fraternidad y de integración. Y nos une en una gran nación chamamecera con parte de Brasil, Paraguay y Uruguay. El chamamé es patrimonio vivo que nos enlaza y nos identifica. Pone de relieve la flora, la fauna y el amor a la tierra. Es una mezcla, un mboyeré, como decimos acá y en las últimas décadas se ha expandido por gran parte de la provincia de Buenos Aires y hasta de la Patagonia”. (Mboyeré: palabra guaraní que, literalmente, significa: “mezcla de cosas sin orden aparente; o que tienen el orden que uno quiera darle”).

Los que tenemos la suerte de recorrer el país, no podemos dejar de observar que algunos símbolos correntinos han cruzado la frontera provincial y juegan de local en todas partes: la Virgen de Itatí, en los negocios; el Gauchito Gil, en las rutas; y el chamamé, en las radios. Seguramente, los economistas, los sociólogos y los analistas políticos, entre otros, tendrán más de una explicación, pero, convengamos que la patria chamamecera continuará haciendo preguntas y dejando en orsay a más de uno.

Haciendo un poco de historia, podemos decir que el chamamé es oriundo de una zona conocida como área guaranítica, esa región que abarca desde el Mato Grosso do Sul -en el Brasil., contiene al Paraguay, parte de Uruguay y la Mesopotamia Argentina. El lugar donde se asentaron las misiones jesuíticas, que se sumaron a las costumbres y cultura guaraní, acercando culturas lejanas, como la española, la africana y la judía. Las distintas peripecias sociales y económicas fueron empujando a aquellos habitantes a desparramarse por el país, buscando un horizonte mejor. Por eso, vemos chamameceros por toda la provincia de Buenos Aires y en la Patagonia.

Incluso, el chamamé, como toda experiencia artística, está vivo y evoluciona junto a su contexto. Por eso, es atendible lo que reflexiona Susy de Pompert, una cantautora oriunda de Corrientes, con una gran trayectoria: “en los últimos tiempos le di un giro a mi forma de pensar en la perspectiva de género y comencé a pensar al chamamé como una trinchera para con el compromiso social, un espacio de militancia por los derechos de las mujeres y un lugar de concientización, a través de las canciones, contra todo tipo de violencias”. Más adelante, agrega: “escribí varias canciones en contra del amor patriarcal, porque todas y todos estamos atravesados por la cultura del patriarcado, y creo que es importante contribuir a que haya otra mirada en el chamamé y desde una concepción feminista”.

El Chango Spasiuk y su conjunto.

Tratando de investigar sobre los orígenes del chamamé, nos encontramos con algunos historiadores que tratan de explicarlo. Por ejemplo, Isidro Mario Flores cuenta, en su diccionario de lengua guaraní: “Chamamé, nombre de un pueblo formado por una de las tribus de guaraníes a la que erróneamente se les dice Charrúas”. Según el historiador Manuel Florencio Mantilla: “…no es así, sino chacha o chana, esta tribu habitaba sobre la costa del Uruguay. En esta población fue descubierta esta música (chamamé) por los jesuitas y que, a raíz de los aborígenes quiere decir en el conjunto o en el montón de los cha o chana”.

Alejandro Miranda de Saladas nos aporta: “Bianchetti, profesor de guaraní, me explicaba que el chamamé se originó en la parte de Corrientes que linda con Brasil. En este sentido, Bianchetti, profundo conocedor y estudioso del idioma guaraní, afirma haber comprobado personalmente que la tribu kaiguá de Santa Catarina-Brasil (que en un tiempo habitó parte del territorio de Corrientes y Misiones), canta y baila una danza llamada chamamé, que tiene el mismo ritmo melódico y desplazamientos coreográficos de nuestro baile, acompañándose con una especie de tambor redondo y alargado, una flauta de tacuara de cinco agujeros y una guitarra de cinco cuerdas, llamada también mbaracá, como la nuestra.

Diego Novillo Quiroga firmó la letra del primer tema bautizado como chamamé correntino: Corrientes poty (lo que significa: La flor de Corrientes), era el título, y lo llevaron al disco Samuel Aguayo y su grupo, el 11 de enero de 1931, en una placa de 78 rpm identificada con el número 60.625. Poco tiempo después, esta nueva obra se sumó a la discografía de dos figuras fundamentales dentro de la temática ciudadana: Dorita Davis e Ignacio Corsini. De esta manera, el tango y el chamamé comienzan, juntos, un recorrido que enalteció a la música nacional. El chamamé tiene una forma de bailar bastante particular, diferente de la polca. Aquí, el cuerpo adquiere una postura más comprimida y su coreografía recuerda a los cortes y quebradas del tango, prolongando esa relación que los une.

Muchos años han pasado desde que el chamamé viene embrujando a una gran parte del país, somos muchos y muchas quienes nos fuimos desprejuiciando como para apreciar todo lo que significa, esa alegría legitimada por tanta gente que comprendió qué significa una música tan ligada a la tierra, a ese río Paraná que inunda más de la cuenta. Pero, ese es un problema que desata el ser humano, sobre todo, los funcionarios que permiten una deforestación tan salvaje como planeada. Así y todo, ese río marrón, sigue siendo objeto de una rara veneración que lo lleva a coleccionar tantas canciones. Es una verdadera sensación de felicidad la que sentimos quienes vibramos con la música nacional, los que recibimos esta noticia de la Unesco con tanta alegría como agradecimiento, sobre todo, los que vivimos en otras ciudades que no son la cuna del chamamé, pero, que acunan a ese ritmo tan entrador que nos da ganas de aprender a bailarlo, como para conectarnos, para dejar entrar una energía que le da pelea al cemento, que parece disolverlo en una mezcladora con forma de acordeón.


Jorge Garacotche es músico, compositor, integrante del grupo Canturbe y miembro de AMIBA.

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