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Nouvelle Vague, un viaje al corazón cinéfilo

El realizador Richard Linklater ingresa en el origen y en la producción de la mítica ópera prima de Jean Luc Godard, Sin aliento.
Para la cinefilia mundial, Sin aliento (À bout de soufflé, 1960) es más que una gran ópera prima. Es la carta de presentación de uno de los realizadores más venerados de la historia del cine, Jean-Luc Godard (1930-1922), genio y figura cuyas obras son pensadas como algo más que películas. Son verdaderos artefactos culturales que van al corazón del lenguaje cinematográfico y entablan, desde allí, una dialéctica con el mundo en su amplio espectro (la política, la economía, la sexualidad, entre otras esferas). Por tal motivo, constituía una zona de riesgo animarse a ir hacia el detrás de escena de este film hecho con pasión y urgencia, con un apenas conocido Jean-Paul Belmondo, que luego devino mito del cine y con la impronta de la nouvelle vague, precisamente, aquel movimiento que agitó las aguas, proclamó la figura del autor y sacó al séptimo arte francés de cierto anquilosamiento que había achatado su capacidad expresiva.
Para semejante proyecto, el director de Antes del amanecer (1995) y Boyhood (2014), apenas dos de las obras más aclamadas de su filmografía, reunió a un elenco de actores/actrices mayormente franceses (Godard está interpretado por Guillaume Marbeck; Belmondo por Aubry Dullin; Jean Seberg, coprotagonista de la película, por Zoey Deutch) para construir este relato que, claro, tiene todo el nervio, la pasión y el delirio que quedó impregnado en cada fotograma de Sin aliento.
Si bien es cierto que Nouvelle Vague parece una película hecha para satisfacer a las audiencias más cinéfilas (tuvo un justo estreno en el último Festival de Cannes), aúna emoción (al fin de cuentas, se trata de la historia de un genio que comienza su carrera con una mezcla de autoconfianza, riesgo y delirio) con una pátina informativa (cada artista o figura es presentada con la impresión de su nombre) que pone en contexto al rodaje y nos recuerda cómo estaba compuesto aquel ambiente pletórico en genialidad, cuyo epicentro era la no menos mítica Cahiers du Cinéma, revista-faro del cine francés, en donde escribieron, entre otros, Claude Chabrol y François Truffaut. Dos cineastas que, para aquel entonces, ya ostentaban un nombre y un incipiente prestigio.
Nouvelle Vague es, en suma, un film en blanco y negro que no por eso resulta menos vivaz que uno hecho a color. Y es, también, una oportunidad para rememorar al gran Godard y a una película que, merecidamente, tendrá un nuevo reestreno cuando también llegue a las salas de Linklater. Festejo por partida doble.
Ezequiel Obregón es docente en el área de Lengua y literatura y periodista cultural. Es estudiante de la Carrera de Artes Audiovisuales, con orientación en Realización (UNLP). Integra el Área en Investigación de Ciencias del Artes del Centro Cultural de la Cooperación. Vive en San José, Temperley, provincia de Buenos Aires.





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