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Ella. Conmemorando el centésimo trigésimo segundo aniversario del nacimiento de Victoria Ocampo

Hija predilecta de su clase social, Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo Aguirre nació, en Buenos Aires, el 7 de abril de 1890, en una casa de la esquina de Viamonte y San Martín. Ella ha dejado un legado cultural inapreciable. Dueña de una identidad pública fuerte, que incluye sus claroscuros más reaccionarios, su posición política e, incluso, su turbulenta vida emocional. Datos constitutivos con un costado ciertamente controversial, pero, que no opacan la injerencia de su visión y las acciones que la destacaron, tanto en el contexto social, como en la vida cultural del siglo XX.

Victoria fue centro de todas las contradicciones y rebelde en grado extremo. Una personalidad solar, pero, en una apariencia de timidez, como la describiría María Esther Vázquez -licenciada en Letras, autora de su biografía, otrora amanuense y colaboradora de Jorge Luis Borges, luego devenida en presidente de la Fundación Victoria Ocampo. Dijo Vázquez, sobre la gran mecenas argentina:

“…Yo la conocí a Victoria, y la traté bastante. Con mi marido fuimos muchas veces a tomar el té. Ella era mayor que mi abuela, así que entre nosotras había una gran diferencia de edad. Fue una de las pocas personas que yo no he tuteado nunca en mi vida. Y sí. Es que, en cierto modo, la presencia de Victoria a veces imponía eso, sobre todo cuando algo no le gustaba. Pero fue muy amable conmigo, especialmente cuando me llamó a colaborar en esos tres números que Sur hizo sobre la mujer (en los años ‘70), que trataba temas como el aborto, la madre soltera, si la mujer era dueña de su cuerpo o no, que desató unas olas brutales. Y la visité bastante en su casa de Mar del Plata, Villa Victoria. A veces, he ido con los Bioy y Borges a comer…”.

Ella favoreció a muchos escritores de su preferencia, en una época donde Sudamérica no figuraba como meca cultural y esa inexistencia era inaceptable para Victoria. Entonces, procuró convertir a Buenos Aires en la capital cultural que deseaba habitar. Para ello, empleó hasta el último de sus centavos heredados.

Su libertad fue legendaria, transgresora en grado extremo. Su vida fue ejemplo en derribar fronteras impuestas a las mujeres, relegadas a principios del siglo XX por su sola condición de género. Además, se constituyó en una férrea defensora del feminismo en la Argentina. Fundadora, en 1936, de la Unión Argentina de Mujeres.

Separada de su marido al poco tiempo de casada, por ‘incompatibilidad de caracteres’, en una época donde no existía el divorcio. Aunque, el verdadero trasfondo, para la mayor de seis hermanas, era emanciparse de un padre enérgico y dominante, que imponía un estilo victoriano, ya anacrónico a principios del siglo XX. Dato interesante fue la prohibición paterna de concretar una vocación. Victoria asistió, siendo niña, a una obra teatral representada por la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, al manifestar sus inclinaciones artísticas a su padre, quien consideraba que esa profesión no correspondía a su estatura social, le dijo: “…Si una hija mía decide seguir la carrera del teatro, ser actriz, ese día me levanto la tapa de los sesos…”. En sus diarios, consignó Victoria: “…Renunciar a esta vocación fue, para mí, un desgarramiento… (…) …consideré mi vida fracasada…”.

Fue una de las primeras mujeres argentinas en publicar lo que escribía. Redactó artículos y relatos en francés. También, fue la iniciadora de la moda de vestir pantalones, que se impuso años después. Pionera en conducir, ya que su licencia fue la primera otorgada a una mujer en la Argentina. A mediados de la década del ’20 las mujeres no manejaban, sin embargo, Victoria circulaba por Buenos Aires al volante de un sofisticado coche europeo, sin acompañante masculino. También, fumaba en público, pero, solamente, en público, porque ella no fumaba realmente. Yendo a lo esencial, más allá de datos anecdóticos, su lado sobresaliente fue el encabezar acciones culturales, precursora indudable en ese quehacer, junto a intelectuales y artistas contemporáneos. Sus patronazgos hacia diversas actividades artísticas escandalizaban a la sociedad de su tiempo.

Escritora, editora y mecenas, dijo alguna vez: “…Las mayores rebeldías las protagonizan seres piadosos…”.

El 4 de abril de 1920 publicó su primer artículo, en el periódico La Nación. Lo tituló Babel, un comentario sobre la Divina Comedia, de Dante Alighieri. Pero, lo firmó con el apellido de su primer marido, Estrada. En Babel incluye reflexiones sobre la igualdad y desigualdad de los seres humanos, significativo contenido para la que, luego, se convertiría en la mecenas por antonomasia. Ella fue la primera directora del Fondo Nacional de las Artes.

Su obra Testimonios, sin duda, su legado más importante, es una colección de impresiones de lecturas, viajes, experiencias, ensayos, artículos, incluyendo revisión de libros y películas. También, consigna sus encuentros con hombres y mujeres notables, a quienes retrató con visión moderna. Y, en esa construcción de modernidad, se la reconoce, siendo, sin dudas, su marca registrada. Nombres como Rabindranath TagoreAlbert CamusGraham GreeneÍgor StravinskySaint-John PerseDenis de RougemontPierre Drieu La RochelleRoger CailloisErnest AnsermetChristopher Isherwood e Indira Gandhi circularon por sus páginas y sus propiedades, siendo hospedados y atendidos, generosamente, por Victoria.

Dato singular acerca de Testimonios: el décimo y último volumen de la obra fue publicado a sus 87 años. Esta serie de alumbramientos literarios tuvo lugar entre 1935 y 1977. Escritos, siempre, en primera persona, acentuando su opinión en femenino y sin concesiones. Ocampo ha sido particularmente escrupulosa en la evocación, entrelazando recuerdos de infancia con hechos históricos, sumando lo anecdótico, en un tono que va desde la narrativa a la lírica. Es notable la profusa documentación que nutre esas páginas, que incluyen notas escritas con treinta años de anterioridad, adjuntando cartas, fotos y objetos familiares. Incluso, haciendo hincapié en la injerencia que tuvieron los Aguirre y los Ocampo en la historia argentina, quizás, con intención de asociar sus raíces a una instancia superadora, donde ciertas familias patricias, en su opinión, forjaron la patria.

En sus palabras: “…Aquellas familias pertenecían a una época que ha cumplido su periplo, con las fallas y los aciertos, las cualidades y los defectos de su tiempo. Representaban un way of life en trance de desaparecer ahora.  Aquellos hombres y aquellas mujeres han dado al país – que necesitaba tanto sacrificio y subsistía entre tanto sobresalto- lo que eran capaces de dar. ¿Qué más puede exigirse? Han vivido su hora de acuerdo con sus conciencias…”.

Los viajes representaron la apertura al mundo, para Victoria. Su economía se lo permitía y era dueña de una intelectualidad ávida de ese afuera nutricio, que supo aprovechar. En tiempos en que las comunicaciones no iban más allá del telégrafo, el teléfono y la correspondencia, los traslados físicos eran tediosos y cansadores, también, demandaban transbordos, que, hoy, nos parecerían ridículos. Es especialmente destacable su primer viaje a Nueva York. Pero, dato de extrema modernidad: ese viaje lo hizo en avión, voló al norte con el objetivo de conversar con Waldo Frank (1889–1967), novelista, historiador, activista político y crítico literario estadounidense, sobre el proyecto de la Revista Sur. Luego, ella compartiría sus impresiones con notable cualidad poética: “…Primeros soles tibios de Manhattan, mañanas de primavera cálida, de un verde tierno, alternando con esas piedras grandes y en la sombra que no encuentra en el Central Park, luz de Nueva York, que no olvidé nunca. Esa luz tan brillante sorprende, cuando se llega desde Europa, sobre todo en invierno, deslumbra como cuando, después de haber atravesado un colchón de nubes, el avión vuela casi de repente bajo la ‘gran campana o toldo azul’ que llamamos cielo…”.

La única mujer argentina presente en las sesiones del histórico Juicio de Núremberg fue Victoria Ocampo, observadora atónita de un acontecimiento sin precedentes. El jurado fue integrado por jueces de las cuatro potencias vencedoras: Rusia, Francia, Inglaterra y EE.UU. Ella, en ese momento, contaba con 56 años. Su presencia en aquellas jornadas fue, en sí misma, un manifiesto de oposición al Tercer Reich alemán y sus aberraciones.

Alrededor de 1908. Foto de la colección de la familia Ocampo.

 

Sur

 

En 1931, fundó la legendaria revista Sur, órgano privilegiado de difusión de la literatura. Abarcando cuatro décadas del quehacer cultural argentino e internacional. Y lo hizo en la misma casa en que había nacido, en la calle Viamonte 482. En el directorio de esta singular publicación figuraban extranjeros y propios, devenidos todos en notorias personalidades de la literatura universal: Ernest Ansermet, Pierre Drieu La RochelleLeo FerreroWaldo FrankPedro Henríquez UreñaAlfonso ReyesJules Supervielle y José Ortega y Gasset. Mientras que, el consejo de redacción, lo conformaban: Jorge Luis BorgesEduardo J. BullrichOliverio GirondoAlfredo González GarañoEduardo MalleaMaría Rosa Oliver y Guillermo de Torre. Sería una enumeración inabarcable el mencionar los nombres de los autores que publicaron sus escritos en esas páginas.

Profusa en debates interculturales, Sur, icónica revista cultural y editorial latinoamericana, tuvo su justificación y finalidad en la difusión de la obra de imprescindibles autores extranjeros, tanto como en dar a conocer a jóvenes escritores argentinos. En esto, Ocampo dio sobradas pruebas de buen gusto y sensibilidad. Sus páginas funcionaron como puente entre culturas. Esta señera publicación fue un proyecto que comenzó a instancias del mencionado Waldo Frank, quien dictó conferencias en Buenos Aires por el año 1929. Él sembró en Victoria la necesidad de la existencia de una revista, donde las obras de los jóvenes autores de América Latina encontrasen el canal de difusión, llegando a los lectores hispanohablantes. Así, lo mejor de la literatura y la cultura del mundo visitó las páginas de una revista, que ya tiene la dimensión mítica que merece. El primer número de Sur se publicó en 1931. El pronóstico sobre la revista del ingeniero Manuel Ocampo no fue en absoluto positivo, pero, Victoria financió, con su patrimonio personal, la publicación, abarcando cuarenta años de vida cultural intensa. Tanto es así, que logró ser la revista cultural hispanoamericana más importante y longeva del siglo XX. En su apogeo, entre 1931 y 1966, se editaron 305 números. Y en los siguientes veintiséis años, la aparición de cada número fue, cada vez, más espaciada, contándose sólo 67 números. El número 371 se publicó en 1992.

En sus palabras: “…Todos pueden seguir la corriente, pero pocos enfrentarla…”.

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Villa Ocampo

 

La mansión familiar fue testigo de grandes debates de época y numerosos visitantes ilustres signaron su vida cultural. Igor Stravinsky compuso algunas de sus melodías en el piano que, aún, permanece allí. Indira Gandhi, primera ministra de la India, se alojó en 1968, durante su visita oficial a la Argentina. Hospedó, también, a los premios Nobel de literatura Rabindranath Tagore y Gabriela Mistral, quien fuera, además, su gran amiga. El escritor francés André Malraux, también, fue su huésped. Asimismo, agasajó a los españoles Ramón Gómez de la Serna y José Ortega y Gasset.

En 1973, Victoria Ocampo donó a la UNESCO la casona de Beccar, imponente exponente del eclecticismo arquitectónico, con gestos normandos, holandeses e italianos y marcada influencia del academicismo de fines del siglo XIX, que levantara su padre en 1891, como casa de verano para toda la familia. A principios de los años 40, Victoria, siendo la mayor de seis hermanas, la heredó y remodeló su interior con un exquisito buen gusto. Acerca de su mansión, refirió en su Autobiografía: “…Empezó antes de mi nacimiento, en 1890. Mi padre fue el arquitecto de la casa y trazó el parque, grande en esa época. Casa y parque se encuentran en las barrancas de San Isidro, a la altura de Punta Chica, a 20 kilómetros de la capital. Hoy, quedan comprendidos en el Gran Buenos Aires. La propiedad pertenecía a una de mis tías abuelas, Francisca Ocampo de Ocampo, y sólo en verano residía allí la familia…”.

En 1997, el gobierno argentino declaró a Villa Ocampo Monumento Histórico Nacional. Aún en vida, Victoria se sintió estafada por la UNESCO, acusándolos de querer hacer un negocio inmobiliario en la propiedad de Mar del Plata, Villa Victoria. Siendo el subdirector de la organización Jacques Rigaud, quien solucionó, personalmente, la disputa. Finalmente, Villa Ocampo es gerenciada por la organización internacional desde 1973.

Recuerda domésticas aguafuertes, también, en su extensa obra autobiográfica: “…Siento terror al entrar en la casa de mis tías. Me esperan. No quiero que me vean el corazón. Tengo que distraerlas, hacerles creer que tengo sed, que tengo hambre, que tengo sueño. Si me besan, me ahogo. Vaya llorar y no quiero, no quiero. Es como si me amenazara un peligro. Me preguntan si estoy contenta de estar de vuelta. Contesto: «¿Puedo tomar agua con panal?» No se me han olvidado los panales blancos, con gusto a limón y azúcar…”. Más adelante, señala: “…Abuela (la tía Mercedes) limpia las frutillas para los helados, a la tarde. Los platos son blancos, con el borde rosado. Abuela tiene un tamiz redondo, pone las frutillas limpitas encima y las aplasta con una cuchara de madera blanca. Sale por debajo del tamiz una casi crema colorada riquísima que poco a poco llena la sopera. Yo no le quito los ojos. Cuando termina, sé que me dejará lamer la cuchara…”.

La unión de las familias Ocampo y Aguirre fue fructífera en muchos aspectos. De la misma nacieron seis hijas. Los padres de la polímata se conocieron en el funeral de Domingo Faustino Sarmiento, dado que el bisabuelo de Victoria, Manuel José Ocampo, era amigo personal del ex presidente. Interesante genealogía, ya que Ramona Aguirre, su madre, era descendiente del cabildante Manuel de Aguirre, uno de los encargados de la construcción de la Pirámide de Mayo, y Manuel Ocampo era nieto del administrador personal de Sarmiento.

Ambas fortunas dieron a la familia un excelente pasar, incluidas varias propiedades, entre las que se destacaba Villa Ocampo, en Beccar, provincia de Buenos Aires, con una idílica barranca hacia el Río de la Plata y amplísimos jardines arbolados. Que, luego, serían loteados, perdiendo, actualmente, la casona esa visual. Una familia liberal y cosmopolita, de impronta netamente victoriana. Por línea materna, relacionaba a Victoria con el Virreinato del Río de la Plata, ya que, sus antepasados formaron parte de una élite criolla que promovió la ruptura con la corona española. Ella afirmaba que, en su hogar, se hablaba de historia argentina “…Como si fuese un asunto de familia…”.

Vivió una infancia idílica, tutorada por institutrices francesas e inglesas, quienes promovieron un estrecho vínculo con los autores clásicos de ambas lenguas. Victoria leyó, en idioma original, a las glorias de la literatura europea. A la edad de 30 años, comenzó a publicar ensayos literarios en francés. Después, los reunió en su primer libro, titulado: De Francesca a Beatrice, publicado en 1924, con epílogo de José Ortega y Gasset.

Empezó escribiendo, exclusivamente, en francés, pues era la lengua de sus lecturas de infancia. El estilo literario de Victoria Ocampo fue muy directo, coloquial, llano, como si estuviera manteniendo una conversación. A pesar del mencionado progresismo, en términos generales, todo lo relativo a la modernidad era considerado de rango inferior, no apto para una clase pletórica en tradiciones. Victoria no quiso ser heredera de los prejuicios de su casta social, ni mantener, a rajatabla, los valores tradicionales. Ella fue la rupturista, la oveja negra, quien, ciertamente, marcara un nuevo rumbo para la mujer argentina.

 

Europa

 

Numerosos viajes cimentaron una fascinación con el continente que le había facilitado sus más interesantes lecturas. En su luna de miel, entre 1912 y 1913, recorrió capitales de Europa con su primer marido, Bernardo de Estrada. Pero él, rápidamente, perdió a Victoria en brazos de su propio primo.

Años después, trabajó algún tiempo con Cocó Chanel. En 1929, se hizo fotografiar por Man Ray, en París, luciendo uno de sus diseños. Fue clienta de la casa Reboux, fabricante de sombreros, hasta su cierre, en los años ‘70. En su madurez, decidió vestirse con la marca Pierre Balmain. Para ocasiones con dress code casual, recurría a Abercrombie & Fitch. Y solía lucir sacones e impermeables de Aquascutum.

Virginia Woolf y Victoria Ocampo se conocieron en Londres en 1934, en una exposición del fotógrafo Man Ray. En tres ocasiones a lo largo de esa década, físicamente, frecuentaron su amistad. Pero, mantuvieron una interesantísima relación epistolar. En uno de los encuentros, llegó Victoria, acompañada por la fotógrafa Gisèle Freund, esto molestó a Virginia, porque no se dejaba fotografiar. Paradójicamente, uno de los retratos en color más bellos de la escritora inglesa se logró en aquella sesión. El nexo de Victoria con Woolf comenzó en 1929, cuando leyó su ensayo A Room of One’s Own (Un cuarto propio). Según declaraciones de la mecenas, esa lectura fue central para forjar su esencia feminista. Con respecto a Gisèle Freund, durante la ocupación nazi, por su origen judío, corría serio peligro. Victoria la hizo salir de Francia con pasaporte falso, trayéndola a la Argentina y hospedándola en su casa.

Recordó María Esther Vázquez, en su libro Victoria Ocampo: El mundo como destino: “…Ayudó a mucha gente. Recogió a chicos huérfanos y les dio educación. En la Segunda Guerra Mundial mandó tres toneladas de alimentos y ropa a la Europa ocupada, sobre todo a Francia…”.

Victoria publicó, por primera vez en español, en 1936, en la Editorial Sur, la obra novelística y ensayística de Virginia Woolf. Fue la mencionada obra, A Room of One’s Own, con traducción de Jorge Luis Borges. Quien. También. tradujo Orlando, en 1937. La relación entre ambas tuvo malentendidos y fluctuaciones. Virginia Woolf asumía a Victoria como una figura exótica venida de tierras salvajes.

Es notorio destacar que sus acciones como gestora cultural le valieron enemistades y hasta difamaciones. Paul Groussac, director de la Biblioteca Nacional, le mandó una carta diciéndole: “No se meta en lo que no sabe…”. Filippo Tomasso Marinetti, creador del futurismo, la llamaba “Reina de un salón de bolchevismo esnobista”. Pablo Neruda publicó un poema infamante con clara alusión y acusó a Sur de publicar obras de “Espías internacionales y colonialistas”. Aunque, en 1960, la elogió, públicamente, en Nueva York. La generación que va del ‘60 al ‘70 la repudió absolutamente. Epítetos como oligarca, de rancio abolengo, vieja malhumorada y otros de similar tenor aparecieron en diversos foros. Principalmente, en épocas del florecimiento de la cultura pop, el Flower Power y las vanguardias setentistas, que la consideraron como representante de una clase social en extinción y, por extensión, indeseable. Victoria Ocampo era impermeable a los ataques de extrema izquierda, tanto como a los de extrema derecha.

 

 

Victoria y Borges

 

Borges no le tenía gran simpatía, perseveraba en disputas con ella, que incluían una noción cardinal, tema muy borgeano. La oposición surgió de la fascinación del autor de El Aleph con el sur, los orilleros y matones y, muy especialmente, con Adrogué, ciudad de la periferia sur de Buenos Aires. Es célebre la anécdota de Georgie (Borges), paseando con su amigo Ulises Petit de Murat por diagonales típicas, hasta llegar a oír, desde una ventana, una payada criolla. Ulises preguntó a Borges si esto era algo cotidiano, a lo que, rápidamente, respondió que sí, que todos los días se escuchaba, allí, ese duelo de guitarras e imaginaciones. Años después, Borges declararía que esa fue la primera y última vez que oyó una payada, pero, que sabía que Petit de Murat le comentaría eso a Victoria, con lo cual, quedaría claro que la quintaescencia de la argentinidad aún persistía en zona sur.

Según palabras de María Esther Vázquez, Borges y Ocampo discutían mucho, quizás, por influencia de Adolfo Bioy Casares. Pero, también, fue Jorge Luis Borges quien dijo, acerca de Ocampo, en concordancia con Octavio Paz: “Educó a su país y a su continente…”.

Refiriéndose a esta relación, Vázquez consideró que: “Fue mala por algo que parece una estupidez, pero no lo es…”. Relató: “Adolfito Bioy, casado con Silvina Ocampo y entrañable amigo de Georgie, consideraba a Victoria como una suegra, aunque era su cuñada. Borges le debió muchísimas cosas a ella y en algunos aspectos fue un poco desagradecido…”.

Vázquez, también, contó que Victoria Ocampo pagó “Aquellas primeras conferencias que dio (Borges) en la Asociación Cultural Inglesa, en 1946, cuando fue removido de la Biblioteca Miguel Cané. Y, también, las primeras operaciones en los ojos por desprendimiento de retina”. Y lo supo por mención de la madre de Borges, Leonor Acevedo: “Él nunca se enteró…”, agregó.

También, Victoria gestionó su designación como director de la Biblioteca Nacional. “Él aspiraba a ser nombrado director de la Biblioteca Municipal de Adrogué. Y ella le dijo: ‘Borges, no sea idiota como siempre’. Tenían una relación muy especial…”. Comentó, también, María Esther Vázquez: “En 1942, cuando no le dieron a Borges el Primer Premio Municipal, por su libro El jardín de senderos que se bifurcan, Victoria Ocampo le dedicó un número de desagravio en Sur. Colaboraron Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Mallea, Bioy Casares, Sábato, Anderson Imbert y otros grandes escritores…”.
Entre muchas anécdotas, hay una, ocurrida en el verano de 1964, en la casa que la fundadora de Sur tenía en Mar del Plata, célebre por la escena que fue rescatada, como tantas de las aquí consignadas, por María Esther Vázquez en la mencionada biografía, publicada por editorial Seix Barral: “A ver, che, usted, póngase esa peluca… (Victoria se dirigió en éstos términos a Borges). En un momento, Victoria sacó una peluca, que imitaba la melena de John Lennon, y le pidió a Borges que se la pusiera. Pero él, que tenía un estricto sentido del ridículo, dijo que no y comenzó una feroz discusión. Los dos gritaban y, de pronto, Victoria cortó el diálogo muy terminante: usted, che, con lo empacado que es nunca va a llegar a nada”.

Muerte

 

En su habitación de Villa Ocampo, un cáncer de laringe, enfermedad que sufrió desde 1963, sin quejarse, la llevó hacia esa extensión de libertad inusitada que es la muerte. Fue el 27 de enero de 1979, en Beccar, donde vio la última luz de este mundo.

En los recuerdos de María Esther Vázquez, refiriéndose a un escrito de su autoría, presentado en Canadá referido a la polímata, figura este retrato final: “Casi todo el mundo eligió como tema a mujeres que militaban en la izquierda y que, incluso, hacían literatura de tipo social y testimonial, y que enfocaba ciertos temas, porque la literatura de Victoria también es testimonial. La única que tomó a una señora que podríamos llamar, entre comillas, paqueta, fui yo…”.
A su regreso del país del norte, recibió Vázquez una de las hojas celestes que Victoria usaba para escribir: “Lunes, tres de la mañana. Habitual insomnio”, y, después, decía que fuera a verla a Villa Ocampo. La mía fue una de las últimas visitas que recibió, en aquella época ya estaba muy enferma. Tenía un cáncer que la había devorado, y había sólo dos o tres horas por día en las que estaba sin dolor y no obnubilada por el calmante…” .

Sus galardones y logros incluyen que fue miembro de la Academia Argentina de Letras, siendo la primera mujer en acceder a tal dignidad. Fue galardonada como Comendador de la orden del imperio británico, Comendador de las artes y las letras y, además, mereció el premio Mará Moors Cabot y el Prix du Rayonnement de la langue et de la litterature françaises, ambos en 1965.

Dueña de un hambre de lecturas proverbial, coleccionista de personas, disfrutadora serial de viajes, Victoria Ocampo despliega, en sus Testimonios y en Autobiografía, su verdadero legado. Destaca entre las escritoras de comienzos del siglo XX, como Delfina Bunge, María Rosa Oliver o Norah Lange, por una búsqueda lúcida y autónoma, preponderantemente reflexiva, hallando, en el discurso autorreferido, un detalle de género que la singulariza, siendo testigo, protagonista y crítico a la vez.

“En todos nosotros se agitan, eternamente, pequeños objetos coloreados, pensamientos, sueños, emociones, recuerdos. En todos nosotros un juego de espejos y de tumulto cotidianos combinados reagrupa esos pequeños objetos que no cambian, dándonos la ilusión de una variación infinita sometida a leyes de inexorable simetría…”.


Fernando González Oubiña es actor, autor, docente teatral y gestor cultural. Ha sido galardonado con importantes premios y distinciones internacionales. Vive en Quilmes, provincia de Buenos Aires.

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