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Fernando Pessoa: una introducción general

La canonización, en gran medida universal, de un poeta tan secreto, oculto y poco complaciente como Fernando Pessoa (1888-1935), no deja de resultarme tan asombrosa como de permitir las más diversas perspectivas. (Lo que a él no le hubiera disgustado en absoluto.) Cuando murió sólo había publicado un único libro de poesía: Mensaje (1934), y era y fue durante muchísimos años tan desconocido como la propia apariencia de su misma existencia cotidiana, común, gris, casi sin sobresaltos, pero también sin brillo. Vivió siempre modestamente, ganándose la vida como esporádico traductor de cartas extranjeras –en inglés y francés– para casas de comercio, actividad en la que no tenía un sueldo fijo sino variable, de acuerdo con las eventuales circunstancias.

Cambió de habitación no una sino muchas veces, es decir que nunca estuvo afincado en un lugar preciso, que le diera arraigo o marcara un contexto. No tuvo más que una corta experiencia tibiamente amorosa, que él mismo frustró a los pocos meses, con una joven bastante menor, Ofélia Queiroz. No parecía haber nada en su apariencia, en sus costumbres o en su vida que lo hiciera sobresalir del conjunto. Y sin embargo… Y sin embargo, bajo esa rutina casi abrumadora, lo único que en realidad lo distinguía a fondo, lo que vivía en su interior como una pasión volcánica, como una sed sin fin, como una obsesión ilimitada, era la escritura.

Lo que en su ser más profundo lo marcaba de manera indeleble y lo volvía único, no sólo era de hecho invisible para la gran mayoría sino que en realidad, de manera literal o más bien trágica, contribuía a ello la diversidad, la multiplicidad, el incesante cambio de máscaras que escondían y que al mismo tiempo constituían su inefable yo mismo. Tanto más inefable cuantos más otros yo no sólo implicaba sino que ejercía. Porque, junto a aquel único libro publicado en vida, también se encontraban, dispersos en los más diversos periódicos, revistas y diarios, no sólo una aguda y creciente personalidad poética, sino también la increíble existencia en sí mismo, al mismo tiempo, y de algún modo constituyendo esa personalidad, la presencia y la obra de otros poetas, cada uno con su biografía propia y con su estética peculiar, determinada: los heterónimos. De tal modo peculiares que, al referirse a Pessoa mismo, se suele aclarar que se habla del ortónimo. Es decir, lo único que lo haría resplandecer, brillar, era lo oculto, lo oscuro, lo no visto. Y lo que lo volvía único, era ser muchos.

En algún momento de su obra extraordinaria, George Steiner, uno de los últimos grandes críticos y humanistas del siglo XX, dice que en la segunda mitad de esa centuria no hubo ningún poeta que se destacara en forma enexclusiva por su escritura. Es decir, infiero, que no era sólo por su obra escrita que algún poeta llegaba a ser considerado hasta sobresalir, sino que debía hacerlo por algo ajeno a ella, por algo que le diera espectacularidad. No me parece casual, en este sentido, que a partir del final de la segunda gran guerra europea, también llamada mundial, es decir después de 1945, comience a instalarse cada vez con más fuerza y en forma más pronunciada primero la sociedad de consumo y luego al mismo tiempo, de modo simultáneo, hasta terminar haciéndose uno con ella, lo que el sutil Guy Débord bautizara tan lúcidamente como la sociedad del espectáculo.

Rodolfo Alonso junto a la estatua de Fernando Pessoa del café A Brasileira en Lisboa.

París, es decir Europa, comienza a dejar de ser el centro artístico y cultural del mundo, perdiendo poco a poco su excelencia y su exigencia, viendo desvanecerse no sólo su antaño majestuosa influencia sino también, a la vez, sus niveles de individualidad y de alta calidad, para ir comenzando a ceder su lugar por ejemplo a Nueva York, pero no sólo a ella, con lo cual se iría extendiendo sobre el planeta una cultura de masas, que se rebajaba para expandirse, que se iba volviendo cada vez más accesible, más predigerida, más fácil y, quiza por ello mismo, cada vez más seductora, más irrefrenable, hasta alcanzar su aparente predominio universal, el totalitarismo de la banalidad que hoy nos abruma.

Rozado esto, que es mucho más complejo, volvamos a Pessoa. O Steiner no tiene razón, y la resonancia del gran poeta portugués se debe de modo exclusivo a la calidad artística, pero no sólo artística de su obra. O por el contrario en la vida supuesta oscura y sin brillo de Fernando Pessoa hay algo que, sin parecerlo, tiene o también tiene que ver con la espectacularidad.

A partir de aquí, pero en realidad desde un comienzo, empiezan a ir abriéndose uno tras otro, como en un infinito sistema de abanicos, las mil y una posibilidades, las mil y una personalidad que constituyen el caso Pessoa, el asunto Pessoa, y acaso también el affaire Pessoa.

Pessoa muere, como vimos, con un solo libro de poesía impreso en portugués. Pero deja esparcidas por un innumerable sistema de revistas, periódicos y otras publicaciones lo que parecería una constelación de piezas literarias, sobre todo poemas pero no sólo poemas, que además no han aparecido tan sólo con su firma sino con la de otros poetas que son y no son él mismo: no sus seudónimos, sino sus heterónimos. Y por si fuera poco, además de ese libro y esas publicaciones esparcidas en periódicos, pero impresas, deja también un inmenso legado de fragmentos y hojas sueltas, de borradores y de originales, raras veces con su firma o con la de sus heterónimos, que pueden llegar a parecer legión, pero también no pocos sin firma alguna y por lo tanto sin poder ser atribuidos, pero donde además van apareciendo otros nombres diferentes al suyo, que no alcanzan a ser considerados heterónimos porque se quedan en categorías intermedias: sus seudo-heterónimos, sus mutilaciones parciales del yo, sus otros fantasmas.

Para comenzar a erigir hitos en esta travesía, digamos ya que sus principales heterónimos son Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis, cada uno bien diferente de él y de los otros, y que sus principales seudo-heterónimos son Bernardo Soares y el Barón de Teive, acaso los más íntimos, los más ligados (pero siempre sólo en alguna proporción) a su yo personal.

Esa herencia de hojas sueltas insisto, de fragmentos la mayoría de las veces sin continuidad, se suele ubicar como acumulada originalmente, tras su muerte, sin orden ni desorden en un baúl o cofre, que la Biblioteca Nacional de  Portugal llegó a conservar y sigue conservando en la actualidad, celosamente, como su Legado.

Pues bien, quizá sea esa la excepcionalidad que distinguiría a Pessoa: la multiplicidad y la dispersión de su yo que es muchos yo, su rica multiplicidad y la en apariencia infinita dispersión de su “obra”. Podría pensarse que en la gran literatura mundial ha habido personalidades acaso en cierta medida similares, como son Stéphane Mallarmé, Franz Kafka o Walter Benjamin, por citar sólo algunos que, a su muerte, o decidieron negar su obra anterior por considerarla inconclusa cuando no frustrada, o fueron directamente sorprendidos con su fin sin haber tenido tiempo, deseo u oportunidad de ordenar esa obra en forma de libro, o de libros.

Pero, aún emparentados, en menor o en mayor medida, ninguno alcanza la misteriosa resonancia de Pessoa. Una resonancia que, constituida por escasos fragmentos impresos junto a muchos más fragmentos manuscritos y dispersos, sin orden de libro alguno, han conseguido potenciar su nombradía al mismo tiempo que resultaba cada vez más difícil concretarla, objetivarla, volverla obra, volverla texto, libro, es decir ponerla en práctica.

Esa inmensa masa de textos intentó ser desmalezada, pero sin que nunca se acertaran del todo, en forma definitiva, sus caminos reales, sus reales dimensiones. Los primeros discípulos que comenzaron a cobrar conciencia sobre su alcance y sus dominios, me refiero a los jóvenes sobre todo ensayistas y críticos reunidos alrededor de las célebres revistas Orpheu, de corta y fulgurante vida, o la posterior Presença, orientada sobre todo por João Gaspar Simões, el que se ocupó antes que nadie de la obra de Pessoa en su libro Temas (1929), fueron también, como Luiz de Montalvor, que participó en ambas, los que pensaron antes que nadie en publicar a partir de 1942 sus “obras completas” en Ediciones Ática. Comenzaron para ello por ordenar, según las firmas (ortónima o heteróimas) y con criterio cronológico, los textos que fueron publicados por el mismo Pessoa en revistas o periódicos.

Pero, luego, vinieron, cada vez en mayor cantidad, aumentando de manera progresiva o, también, siempre misteriosa al mismo tiempo, poco a poco, profesionalizándose, deviniendo, de algún modo, pero nunca en forma definitiva, los especialistas, los expertos en Pessoa. De ellos y de sus trabajos, en su mayoría exigentes y también a veces a mi modesto entender minuciosos hasta rozar la  exageración (como cuando se discute, por ejemplo, la fecha y lugar de fabricación de un determinado tipo de papel para ubicar la fecha de un texto que no la tiene), van surgiendo, como una marea que llegara a parecer incontenible, libros y más libros de Pessoa que son, en realidad, la interpretación que cada uno de esos investigadores especializados va realizando, de acuerdo por lo general con sus propios criterios y me imagino que, en ciertos casos, acaso los mejores para mí, también comparando su tarea con la de otros profesionales del buceo en Pessoa.

Algunos de entre ellos, y de los más activos y reputados, como es el caso de Richard Zenith, a quien se deben muchos de esos libros, nos confiesa en un momento de su trabajo que está aludiendo a “un buen número de fragmentos sueltos –manuscritos y mecanografiados–». Y agrega: “Son de difícil lectura y de difícil ordenamiento, y consisten sobre todo en apuntes o esbozos destinados a un desarrollo posterior. Algunos de ellos fueron, en efecto, desarrollados en fragmentos mecanografiados, pero la mayoría quedó como “ideas bruscas, admirables… pero desperdigadas, a coser después”.

Y advierte, en otra ocasión, el mismo Zenith: “Por otro lado, veinte años de promiscuidad literaria dejaron a Pessoa rodeado de páginas y páginas de un Fausto en caos, de un Libro del desasosiego cuyo título definía a la perfección su estado redaccional, centenares de poemas inconclusos (además de los muchos que había publicado o que estaban listos), fragmentos de cuentos y de piezas de teatro, fragmentos de ensayos variadísimos, y además decenas de proyectos –también incompletos, vacilantes, paradójicos– para editar todo esto.”

A lo que agrega siempre el mismo investigador en otro “libro”: “Son apuntes que se pretenden sintéticos y objetivos, aunque los criterios de objetividad sean, forzosamente, subjetivos. O mejor, para evaluar y “leer” la masa de declaraciones y comentarios contradictorios dejados por Pessoa, es necesario recurrir al sentido común, y el sentido común es una cosa que se siente, sin que todos lo sientan de la misma manera.”

Con lo cual me permito concluir advirtiendo al lector que, salvo que se trate de su Mensaje, y en gran medida de su El banquero anarquista, no hay otros libros de Pessoa que hayan sido en su totalidad considerados definitivos, o sea concebidos, producidos, ordenados en vida por él mismo. En segundo lugar, deben considerarse los más cercanos a ese paradigma aquellos libros que reúnen poemas o textos que fueron entregados por el mismo Pessoa a las más variadas revistas, diarios y publicaciones, sean o no periódicas.

Fuera de eso, como acabamos de atisbar por las declaraciones de Richard Zenith, el lector deberá (si le place) tomar en cuenta que se trata de fragmentos o apuntes casi siempre inconclusos cuando no inciertos o inseguros de su autor, reunidos e hilvanados ahora como “libros” por los especialistas que en cada caso los firmen, y que por lo general acostumbran precederlos o concluirlos con sus explicaciones o argumentos para cada ocasión. No se asombren, entonces, que de un mismo “libro”, en apariencia incluso con el mismo título, se sucedan versiones más o menos diferentes, más o menos divergentes.

Dicho lo cual, cabría agregar algo más. Esta diversidad, este tanteo, este medir, pesar y razonar, e incluso litigar, que rodea como vimos a gran parte o casi toda la “obra” de Fernando Pessoa, no es una rémora sino, en su caso, más bien todo lo contrario. Así como no existe la posibilidad de que un texto, cualquier texto, todo hecho –o acto– de lenguaje, tenga un solo sentido, un sentido único, sea de modo ineludible monosémico. Así como es en absoluto imposible (y al mismo tiempo irresistible) intentar verter, traducir a otro idioma un gran poema logrado, un gran texto logrado, es decir encarnado en su lengua como un ser orgánico, soberano y autónomo de lenguaje vivo. Así también la gran obra inmensa, aluvial, desmedida, sospechosa y tocante, actuante, del Fernando Pessoa ortónimo, o (el otro, el mismo) el de sus heterónimos y seudo-heterónimos, es precisamente este universo latente e infinito de máscaras y espejos, de sueños y fantasmas con decisión reales, cuyos límites imprecisos y cambiantes logran a la vez –y quizás sólo de esa manera– colmar el mundo, ocuparlo, hacerse mundo, ser el mundo. Y hacernos, mundos también, y mundo por que no, a nosotros con él.


Rodolfo Alonso es poeta, traductor y ensayista argentino. Primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina, a la vez, primera con sus cuatro heterónimos en castellano. Recientemente se publicó YO es otros, nueva y amplia antología bilingüe de Fernando Pessoa, selección, traducción, prólogo y notas de Rodolfo Alonso (Eduvim, Córdoba, 2019).

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