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Tristeza de la lejanía

Ya no estoy aquí, de Fernando Frías de la Parra (Netflix)

Los jóvenes de las barriadas populares de toda Latinoamérica corren, tristemente, la misma suerte: discriminación, pobreza, violencia (intra y extra familiar), drogas, falta de oportunidades, exclusión. Pero también construyen sus identidades a partir de gustos culturales y de una idiosincrasia en común. Reunidos en grupos que los hermanan, que los hacen fuertes frente a un otro, un enemigo externo que siempre los acecha, estos adolescentes se visibilizan, muchas veces, a través de la música que los congrega.

Ya no estoy aquí (Fernando Frías de la Parra, México, 2019) narra, con belleza poética y compromiso social, la vida de un grupo de chicos y chicas de la localidad de Monterrey, al noroeste de México, autodenominados terkos, que se reúnen a bailar y escuchar cumbia colombiana y que forman parte, a su vez, de un movimiento contracultural llamado Kolombia (en homenaje a un particular estilo de música que consiste en una versión rebajada de la cumbia oriunda de ese otro país hermano). Más allá de las banderas coloridas y -con letras enormes, tipo grafitti- que los representan, tanto la danza que ejecutan (una serie de movimientos circulares, casi, al ras del piso), como la vestimenta que usan (remeras y bermudas holgadas y peinados exagerados), no pasan inadvertidas, en esa ni en ninguna otra parte.

Entre los terkos, como en todo grupo que se precie de tal, hay un líder: Ulises. A través de este personaje con nombre de héroe griego, los espectadores recorreremos los dos ejes en que se estructura el film: el infeliz derrotero que vive el protagonista –quien debe emigrar de su ciudad a causa de conflictos con el narcotráfico- y la historia de estos pibes y pibas, en cuyo vocabulario no existe la palabra futuro y que, vestidos de desconfianzas y sinrazones, y con esa cadencia tan particular y esa mirada tan dura, habitan un eterno presente en los límites del día a día.

A diferencia de su homónimo griego, que enfrenta durante 20 años toda suerte de peripecias para volver a su patria, consagrado, en donde su mujer e hijo lo esperan, fervorosos, el Ulises de Monterrey representa, en cambio, al antihéroe, cuyo forzado exilio no hace sino confirmar la soledad en la que se encuentra un inmigrante sudamericano en una tierra que le es ajena y hostil, aunque no mucho más que su propia patria a la que, sin embargo, ansía volver.

Uno de los aciertos del director del film mexicano es, seguramente, haber optado por trabajar con no actores – algo análogo a lo que realizadores argentinos como Sorín o Trapero supieron capitalizar de forma brillante en muchas de sus películas-, recurso que le da a la narración un nivel de realismo tal que permite que podamos adentrarnos en esa forma de habla tan particular, característica y espontánea – un lenguaje cerrado, apenas entendible por espectadores foráneos- de este grupo de chicas y chicos.

Ya no estoy aquí es la historia de un destierro y de un retorno, de un viaje interno y externo, de encuentros y desencuentros, de amores y traiciones. Pero es, también y sobre todas las cosas, una triste canción sobre la nostalgia del desarraigo: “Tristeza que me da/ me da/ me da la lejanía/ tristeza que me da/ me da/ estar tan lejos de la tierra mía…” (acordes del tema musical de Lisandro Meza, que se escucha en varios momentos de la película).


Laura Fuhrmann es profesora de Lengua y Literatura y correctora literaria y de imprenta.

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