Leda Valladares fue una gran amiga de mi madre. Llegaba a mi casa y yo la recibía especialmente. Tenía un ángel único para conversar. Hablaba poéticamente, era muy expresiva. En un viaje a Ecuador, mi madre me dio una carta para ella. La visité en Quito. Me entregó un disco grabado en los páramos ecuatorianos. Creo que, ella misma, había registrado esa música en los valles de las montañas, donde siempre vivieron los pueblos originarios de Nuestra América.
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