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Hugo Chumbita: “el dilema entre constituir una nación con libertad y justicia para todos o una colonia para los negocios de la clase dominante”

Historiadores rebeldes

Hugo Chumbita es uno de los grandes historiadores argentinos. Con sus investigaciones y escritos le ha dado un vuelco a la mirada sobre el bandolerismo local y el origen de San Martín, entre otros importantes aportes. Podría pararse en alguna esquina de Palermo y cancherear mostrando aquel libro de Eric Hobsbawn, donde este reconocidísimo historiador lo nombra. Pero, Hugo, empujado por virtudes propias y golpazos de la vida, prefirió sentarse en la mesa de los sabios y, desde allí, cada tanto, nos cuenta algo desde un libro.

En mayo de 1967, yo cursaba la escuela primaria y mi viejo trabajaba como obrero en una fábrica maderera en Almagro. Marcaba el paso la católica Dictadura de Onganía. Yo empezaba a conocer la palabra censura y se habían disuelto todos los partidos políticos. Una noche, fuimos, apurados, inquietos y ansiosos, hacia el kiosco de diarios de nuestro barrio de Villa Crespo. Se publicaba una nueva revista, Todo es historia. Desde su tapa, nos miraba serio, vestido de gala, Don Juan Manuel de Rosas, personaje controvertido en la escuela, negado en los medios y venerado en mi casa. No teníamos televisor y, entonces, el mundo nos llegaba a través de una radio. Cada noche, después de cenar, leíamos historia argentina, sobre todo, los libros de Manuel Gálvez y Pepe Rosa sobre Rosas.

Gracias a Todo es historia, nuestros temas se ampliaron, el debate creció y el conocimiento comenzó a ser más profundo. Las notas eran variadas y con un lenguaje sencillo. Un obrero, una ama de casa y un pibe de barrio leían y se entretenían aprendiendo, una situación fundacional para un niño. Ese fue uno de los grandes aportes a la divulgación de nuestra historia de Félix Luna, un notable maestro. Por esas páginas, encontrábamos las voces de Osvaldo Bayer, León Benarós, María Sáenz Quesada, Felipe Cárdenas (seudónimo de Félix Luna) y, hasta, la de un joven militante y estudiante de derecho, Hugo Chumbita, que investigaba a los bandoleros rurales, a uno en especial que nos hacía acordar a las películas de Robin Hood.

Con Fervor: ¿Cómo te fuiste relacionando con el caso de Juan Bautista Vairoleto y cuándo te decidiste a investigarlo?

Hugo Chumbita: El caso de Vairoleto era una leyenda popular en mis pagos pampeanos, de la que escuché hablar desde niño. Y, siendo estudiante de abogacía, tuve la oportunidad de acceder a una pila de expedientes que estaban en el archivo de tribunales. Así que, allá por 1967, pude hacer una investigación, confrontando esa cantidad de documentos con numerosos relatos de los testigos que aún vivían. Incluso, los recuerdos y papeles que guardaba mi querido maestro Ricardo Nervi.

CF: ¿Cuándo te publicaron por primera vez una nota y dónde y en qué circunstancia ocurrió?

HCh: Aquel trabajo mío sobre Vairoleto comenzó a publicarse en una serie de notas en la revista La Calle, del diario pampeano La Arena, como un folletín semanal que tuvo mucha difusión. Me contaban que los paisanos acudían los domingos a buscarlo a la sede del diario. Yo estaba en Buenos Aires y le propuse el tema a Félix Luna. En 1968, se publicó en un suplemento ilustrado de la revista Todo es Historia, reeditado, después, como libro. Desde entonces, sirvió de fuente a crónicas, estudios, obras de teatro, radioteatro y cine. Y, luego, lo reescribí en un relato más elaborado: Última frontera.

CF: Formaste parte del cuerpo de abogados de la CGT de los Argentinos, ¿qué recordás de esos años, de aquellas luchas épicas?

HCh: Cuando se formó la CGT de los Argentinos, encabezada por el dirigente de los gráficos Raimundo Ongaro, yo recién me iniciaba en la profesión. Junto a Conrado Ortigosa, que era asesor legal de la Federación Gráfica y me llevó a colaborar en la organización del cuerpo de abogados de la nueva central obrera. Allí, se reunió un grupo, en el que participaban Ortega Peña, Eduardo Duhalde, Néstor Martins, Solari Yrigoyen, Mario Landaburu, Zavala Rodríguez, Eduardo Jozami, Mario Kestelboim, Lombardi, Deleroni y tantos otros, en la tarea prioritaria de defender a los militantes que caían presos. La represión se ensañó, también, con nuestros abogados, perseguidos, detenidos y, varios, asesinados o desaparecidos. Fue una experiencia extraordinaria de confluencia de la resistencia obrera con los estudiantes, profesionales y artistas de diversas agrupaciones y procedencias, peronistas, radicales y de izquierda, que se sumaban, espontáneamente, para enfrentar a la dictadura.

CF: Una de las lecturas más apasionantes para reflexionar y conocernos es la de la Historia Argentina ¿Cómo debería ser transmitida desde la educación, de qué modo se podría reforzar su divulgación desde los medios?

HCh: Nuestra historia es una cantera inagotable de lecciones, que tienen vigencia actual y permanente. Hay que persistir en la formación de los docentes en la revisión crítica, en lo cual los gremios tienen que jugar un papel primordial. Así como, también, en el periodismo, aprovechando los canales alternativos que, hoy, están a nuestro alcance.

CF: ¿Por qué en la Argentina tenemos una historia popular que refleja nuestro pasado y, por otro lado, un relato que distribuye las ficciones de la clase dominante?

HCh: En la Argentina hubo una “política de la historia”, como la definió Jauretche, aplicada por los fundadores del Estado oligárquico, destinada a consagrar el modelo del país dependiente y negar las razones de las luchas populares. La versión impuesta en el sistema educativo y el aparato oficial fue contestada por varias corrientes revisionistas del nacionalismo, el yrigoyenismo, el peronismo y la izquierda, que han calado hondo en las generaciones militantes. Pero, es una batalla ardua frente a los mitos propalados, durante mucho tiempo, en el medio cultural.

Con Fervor: Escribiste un libro que trata sobre un texto escrito por una mujer en el siglo XIX: El manuscrito de Joaquina ¿Es una confesión, un diario, una memoria familiar? ¿Cómo diste con esta fuente? ¿El manuscrito estuvo perdido, olvidado, ignorado, oculto?

HCh: El manuscrito de Joaquina de Alvear, hija del general Carlos de Alvear, es una especie de memorial, redactado por ella para que sus nietos y descendientes conocieran el papel de su familia en la historia patria y como desahogo de sus aflicciones en los días en que su marido la recluyó en una estancia por conducirse de manera extravagante. El libro manuscrito lo encontró, entre otros documentos heredados, el genealogista Diego Herrera Vegas, biznieto de un médico que atendió a Joaquina después de que su marido la hizo declarar incapaz. Investigando el caso con Diego, hallamos una pericia judicial psiquiátrica que indica que sus trastornos no afectaban la memoria ni la lucidez con que escribía y decidimos publicar esos testimonios, que narran episodios históricos notables.

CF: Una mujer que escribe, de la oligarquía argentina, y que devela un secreto: el secreto de Yapeyú, que alude a ese libro tuyo ¿En qué consiste ese secreto, podría decirse que es el secreto de la familia Alvear?

HCh: Joaquina testimonia que ella es sobrina carnal de José de San Martín, porque, éste era hijo natural de su abuelo español, don Diego de Alvear y Ponce de León, concebido con “una indígena correntina”. Este era un secreto de familia que, durante dos siglos, se mantuvo en reserva, transmitido de padres a hijos y nietos con la salvedad de no divulgarlo, hasta que una descendiente de los Christophersen y Alvear me lo contó –a raíz de una nota al pie en mi libro Jinetes rebeldes, donde yo mencionaba la versión de la madre india de San Martín− y nos lo ratificaron miembros de otras ramas de los Alvear, Socas y Alvear, Santamarina, Gonnet e, incluso, lo sabían otros descendientes de familias antiguas, como los Zapiola, Quintana, Bioy Casares, Belgrano Rawson, etc. Por eso, cuando se quiso descalificar lo escrito por Joaquina, señalamos todos esos testimonios, de personas que no conocían su manuscrito.

Esto coincide con la tradición correntina y misionera, que recuerda a Rosita Guarú como la madre guaraní de aquel niño, que don Diego encomendó al matrimonio San Martín-Matorras para que hiciera la carrera militar en España.

CF: ¿Qué efectos tendría la revelación de ese secreto para la historia de nuestro país?

HCh: Este secreto, que ya no es tal, constituye una clave para explicar los motivos profundos del regreso de San Martín a estas tierras, a combatir por la emancipación de los sometidos, indios, negros, mestizos y criollos. Una trayectoria en la que resaltan numerosos gestos y obras, que podemos llamar indigenistas o americanistas: ideales que, aún, no se han realizado plenamente y se relacionan con nuestra identidad cultural.

CF: Uno imagina una reunión, en el Museo Sanmartiniano, como un congreso variopinto donde confluyen fascistas que sueñan con una Argentina blanca, católica, erudita y liberal: ¿cómo reaccionarían si se comprobara que el Padre de la Patria es un negro, hijo de una india y con ideas revolucionarias?

HCh: Las reacciones que provocaron las revelaciones sobre San Martín, han sido una mezcla de prejuicios, ignorancia y mezquinos temores de que se derrumben las falsedades en torno a su figura y el carácter de nuestra sociedad. Es que si quitamos ese ladrillo de abajo se cae toda la pared de falacias de la historia mitrista.

CF: ¿Creés que pueden tenderse puentes entre aquellos modos de autodefensa, propios del bandolerismo social de los siglos XIX y XX, con los que surgen a principios del siglo XXI, a partir de los grupos piqueteros y movimientos sociales, en tanto se conforman como nuevos actores sociales capaces de contener y encauzar la protesta social?

HCh: En el antiguo bandolerismo social, aunque, se trata de un fenómeno espontáneo, hubo formas de relación con las luchas sociales organizadas, cierta atracción mutua, como muestran las conexiones de algunos de esos bandoleros legendarios con los alzamientos de las montoneras, en el siglo XIX, o con los anarquistas, en el siglo XX. Hoy, que el campesinado tradicional se ha extinguido y los pobres se concentran en las ciudades y las periferias suburbanas, la protesta encuentra sus carriles en los movimientos piqueteros, que tienen una contextura orgánica y que, también, en alguna medida, desafían o traspasan la legalidad estatal.

CF: En el libro Jinetes rebeldes, citás a Esteban Echeverría, cuando dice: “Para los pobres no han hecho leyes ni justicia, ni derechos individuales, sino violencia, sable, persecuciones injustas. Ellos han estado siempre fuera de la ley” ¿Cómo se podría conciliar un escenario tan despiadado con el que, luego, expresará José Hernández al poner en boca de Martín Fierro la frase: “debe el gaucho tener casa, escuela, iglesia y derechos”?

HCh: Es interesante que Echeverría denuncia el destrato a las clases populares, que las empujaba al margen de la ley, y, por eso, la cita en mi libro. Pero, fue José Hernández quien reivindicó la figura del gaucho, convertido en un forajido en la época en que se privatiza la tierra y el ganado, que encarna el personaje del Martín Fierro, con su maravillosa recreación del lenguaje y la subjetividad de aquellos “jinetes rebeldes”. Hernández, como político y legislador, propuso reconocerles el derecho a la tierra, formando colonias con “hijos del país”, aunque, el sistema oligárquico de acaparamiento de los campos les negó esa posibilidad.

CF: Las luchas que encarnaron los jinetes rebeldes fueron acalladas por el poder económico, tan vigente y robusto por estos días ¿Cuál es, a tu criterio, el legado histórico que nos dejan estas luchas?

HCh: Las enseñanzas que se desprenden de la historia de las rebeldías campesinas y de la saga de los “buenos bandidos” ponen en evidencia la fuerza de las resistencias a un orden excluyente y las causas que desacreditaron las instituciones jurídicas y el aparato del Estado. Es un problema que, aún, incide en la integración de la nación, donde la alternancia de gobiernos democráticos y regímenes antipopulares no ha permitido consolidar el necesario consenso sobre las reglas de convivencia que requiere nuestra sociedad política.

CF: ¿Coincidís con Roberto Carri cuando expresa que el bandolerismo se cura con reformas, mejorando la situación social, educando a los policías y a los pobladores para que colaboren con ella y previendo sus manifestaciones más explosivas?

HCh: En efecto, si se dan esas condiciones, como ocurrió en la década del primer peronismo, el bandolerismo tiende a desaparecer. Carri veía, sin embargo, en el caso de Isidro Velázquez en el Chaco, en los años sesenta, una forma de violencia pre-revolucionaria, que precedía a otro fenómeno de lucha revolucionaria. Y esto, realmente, se produjo en torno a la movilización de las ligas campesinas de la región noreste, que reclamaban la reforma agraria.

CF: En la historia argentina, encontramos dos mojones populares, dos fechas claves, el 3 de febrero de 1852 y 17 de octubre de 1945, ¿cuál es tu reflexión sobre cada una?

HCh: Caseros marca el comienzo de la implantación del modelo liberal oligárquico, que iba a ser resistido, de diversas maneras, por nuestros pueblos, a través de un siglo. Y 1945 es el momento culminante de aquella lucha. Después, los antagonismos tomarán otras formas, pero, en el fondo, las causas son las mismas, el dilema entre constituir una nación con libertad y justicia para todos o una colonia para los negocios de la clase dominante.

CF: Sos un historiador que conoció la persecución, el secuestro, la cárcel y el exilio, ¿qué pensás de aquellos colegas tuyos que justifican esos hechos, que llaman gobierno a una dictadura y régimen a un gobierno popular?

HCh: La labor de los historiadores no está exenta de las contradicciones que atraviesan nuestra sociedad y es, también, un terreno de combate, donde mi generación fue diezmada, en los años de dictaduras. Claro que hay, en los medios académicos, una actitud complaciente con los poderes dominantes. Y hay, también, quienes ejercen el pensamiento crítico para entender los reclamos de los dominados y extraer de la experiencia histórica una conciencia de las posibilidades del futuro.

CF: ¿Cómo surgió la idea de llevar al disco, junto a León Gieco, tu material sobre los bandidos rurales? ¿Cómo fue ese trabajo, juntos, como una batalla literaria-musical?

HCh: León conoció mis textos y se le ocurrió llamarme para hacer ese tema musical, sobre los personajes de los que él había oído hablar en sus recorridas por el interior del país. Se daba la coincidencia de que, uno de ellos, Vairoleto, había nacido en una colonia gringa muy cerca del pueblo natal de León, en el sur de Santa Fe. Yo le pasé más datos, lo charlamos y él elaboró esa canción, que tuvo tanto eco, un ejemplo de lo que se puede hacer desde la música y el canto para narrar nuestra historia.


Colaboraron en esta nota Silvana Pescedoro, Profesora en Historia e integrante de AMIBA, y el Dr. Jorge Dossi, abogado, músico e integrante de AMIBA.

Jorge Garacotche es músico, compositor, integrante del grupo Canturbe y miembro de AMIBA (Asociación Músicas/os Independientes Buenos Aires).

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