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Estamos transitando años muy fértiles para nuestra literatura

Martín Di Lisio es autor de Paraguay, una novela breve e intensa que publicó Alto Pogo en 2019 y que podrá conseguirse, este fin de semana, en la edición virtual de la Feria de Editores. Allí se despliega una trama de personajes sórdidos y en contrapunto, que se mueven entre los pasillos de un hospital y un taller mecánico en decadencia que oficia de centro cultural: la Guerra del Chaco, un auto incendiado, un grupo de gitanos o una virgen rota. Di Lisio ofrece un gabinete de marginales que dicen: “Todos estamos un poco estropeados”.

En diálogo con la revista Con Fervor, Martín Di Lisio, también cuentista y dramaturgo, define aquello que entiende como “la magia de la literatura”, repasa la trastienda de  de esta novela y habla de los proyectos por venir.

Con Fervor: Tu novela presenta un gabinete de personajes dislocados, «todos estamos un poco estropeados», asegura uno de ellos. ¿Cómo construiste esa comunidad?
Martín Di Lisio: Los personajes se me fueron presentando de a poco, a medida que avanzaba en la escritura. Primero apareció Cáceres, un paraguayo de pocas
palabras, silencioso, un hombre que escucha mucho más de lo que habla. En contraposición, apareció Molina, un hablador nato, de estos tipos que te cuentan todos los detalles de su historia, sin que se los preguntes. Y de ese escenario nocturno del conurbano profundo, empezó a surgir el resto de la troupe.  Necesitaba cierta marginalidad en esos personajes, de ahí que los dos estropeados, son dos vagabundos que deambulan por el barrio. Y para completar, la hermana de Molina y su pareja, el senegalés, y el hijo de ella, el Chupete, que es un adolescente que todavía usa chupete cuando anda nervioso. Es una comunidad heterogénea, pero comparte el rito de juntarse durante las noches en ese refugio casi cultural, que es el taller abandonado. Ese panorama es lo que Cáceres se encuentra afuera del hospital, al salir a fumar una noche.
CF: ¿Te interesan particularmente ese tipo de vidas, siguiendo tal vez un modo arlteano de concebir la literatura?
MD:
En mi literatura hay de todo. En mis cuentos aparecen artistas, empresarios, secuestradores, soldados, adolescentes. Pero en Paraguay y en Mate ruso, una novela inédita que estoy terminando de corregir, se dio que varios personajes pertenecen al mundo de la calle, vagabundos o gente que vive al día, con lo puesto. Yo en general concibo la idea, la historia, y los personajes van apareciendo, poblando los escenarios, es decir, no pienso la historia a partir de un personaje, sino que la pienso a partir de algo que le pasa y que me interesa contar. Entonces, no es algo premeditado, yo no digo: quiero un personaje con un tipo de vida al límite, con un presente miserable, etc. Si me lo pide la historia, aparecen de ese modo, pero la historia puede pedir otra cosa. Es un poco lo que yo llamo «la magia de la escritura». Los personajes van a apareciendo a medida que avanzo, y no es algo que yo lo piense con cierta estructura previa.

Foto: Mailén Albamonte.

CF: Las geografías que planteás (el taller abandonado, la calle con autos que se incendian, el hospital de noche) tienen potencia narrativa en sí mismos ¿de qué forma aparecieron esas locaciones, ese entorno que es central en la historia?
MD: El entorno fue el germen de Paraguay. Vi algo de ese entorno en las afueras de un hospital público del conurbano, una noche que me quedé acompañando a mi abuela internada. Hacía frío, había niebla, y un camión de reparto robado explotó en una esquina, después de que lo prendieran fuego por diversión. El conurbano es mágico en ese sentido, tenés historias de esas en cada cuadra. Y ese escenario fue central en la concepción de la novela, más allá de las evocaciones y recuerdos de los personajes. Creo que la novela ancla en ese hospital y en esas noches.
CF: Emerge además una cuestión también de  lazos de familia disfuncionales, exilios ¿hay alguna cercanía personal con esas cuestiones o cómo te vinculás con ellas?
MD: No, mi historia personal tiene poco que ver con esos exilios tan próximos. Si tengo abuelos que nacieron en Ucrania y Bielorrusia, se casaron en la Argentina, se volvieron a vivir a la URSS, y terminaron en Buenos Aires. Pero la trama es muy distinta a estos exilios dentro del continente.
Me interesan las historias de estas migraciones de países limítrofes, de qué manera nos fusionamos todos dentro de estos Estados Nación que alguien alguna vez creó con cierta arbitrariedad. Pero no digo que me interesen de un modo literario, sino más bien de un modo militante. La famosa Patria Grande que tanto cuesta conseguir. Ahora bien, que ese interés militante se convierta en materia de mis ficciones, puede ser un camino larguísimo. No fue mi intención con Paraguay, de nuevo, ahí estoy contando una historia que incluye el devenir de un personaje.

CF: Cáceres es un hombre silencioso y Molina un charlatán. El contrapunto es interesante. En este sentido ¿dirías que pensás a tu literatura alrededor de la tensión que se genera entre el silencio y las palabras?
MD: Yo creo que es algo que se va dando en cada relato que escribo. Puede haber dos personajes silenciosos, puede haber dos personajes charlatanes, o puede haber esto, uno y uno. Trato de cuidar mucho el diálogo en mi escritura. Me cuestan los parlamentos extensos. Mis personajes en general son más bien concisos a la hora de decir algo. Creo que en este sentido, Molina fue una linda excepción, la historia de Paraguay necesitó de sus habladurías.

Foto: Mailén Albamonte.

CF: Hacés referencia a la guerra del Chaco «lo peor de la guerra es lo que deja: los vivos que recuerdan todo» ¿qué te llevó a enfocarte en este conflicto en particular y cómo trabajaste sobre la esfera del recuerdo al momento de escribir?
MD: La guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay, se me aparece como una mancha espeluznante en la historia de Nuestra América. Y además, es una guerra cercana, geográfica y temporalmente. Cuando leí sobre esta guerra, me parecía tan inconcebible que las Multinacionales desataran ese odio entre pueblos. Soldados sin ropa peleándose sin saber el motivo. Yo creo que en los primeros viajes que hice por Bolivia escuché ciertas versiones de esa guerra que me impactaron, y también en relatos que escuché en el Chaco Salteño, de bolivianos que durante la guerra cruzaron el Pilcomayo y se quedaron a  vivir en las comunidades del lado argentino. Y eso queda en anotaciones, y en algún momento me puede servir literariamente. Soy mucho de usar en el futuro frases o situaciones que voy viendo en el día a día, o en los viajes. Y esta Guerra del Chaco, la tenía pendiente. Un buen resumen, son las palabras que usa Conrad en El corazón de las tinieblas, para describir lo que se vive Congo adentro: «Ah, el horror, ¡el horror!».
La esfera del recuerdo, en este caso de Cáceres, la fui completando por capas. Su infancia era el recuerdo de la chacra en el Amambay, sumado al relato del abuelo sobre la guerra. Después vino la adolescencia en Asunción, hasta su auto exilio definitivo en Buenos Aires. En Paraguay voy mechando esos recuerdos, porque necesitaba un personaje con un presente intenso, pero también con un pasado con cierta densidad.
CF: Además de novelas, producís cuentos y obras de teatro ¿de qué forma describirías tu vínculo con cada uno de esos géneros?
MD: Con el cuento empecé a escribir literatura. Vengo de esa formación y todavía hoy entiendo mejor como encararlo, veo sus límites, veo sus potenciales. Las novelas son ideas del mismo semillero, que van alargándose, le aparecen subtramas y personajes. No puedo precisarlo, pero en algún momento muy íntimo, decido cuándo una idea va a terminar en cuento o novela. La dramaturgia acontece en un camino paralelo. Tiene sus ideas propias, más experimentales, pensándolo desde un punto de vista argumental. El escribir teatro se me da cada tanto, en cambio la narrativa es mi día a día. También sucede que me tomo mi tiempo para escribir, una novela la escribo durante años, y con los cuentos me pasa lo mismo. La idea aparece, se estabiliza, se convierte en un texto, y después de un tiempo vuelvo a leerlo para que se asienten un poco las palabras. Creo que cualquier texto, por corto que sea, tiene que tener un tiempo de maduración, de revisión, de corrección, de lectura en voz alta, antes de llegar a una versión más o menos definitiva.
CF: ¿Cómo ves hoy a la literatura nacional y qué autores te llaman la atención?
MD: Yo creo que estamos transitando años muy fértiles para nuestra literatura. A pesar de este parate cultural de cuatro años desde todos los estratos del Estado, lo creativo no se detuvo. Por ejemplo, el fenómeno de las editoriales independientes, que son quienes hoy «descubren» autores nuevos. En esos catálogos encontramos de todo: cuento, novela y poesía, muchos y muy buenos. Después está el gusto personal. A mí me gustan autores como Bellomo, Gaiteri, Tom Maver en poesía, me gustan los cuentos de Zina, las novelas de Mundani, nombro solo algunos que se me vienen ahora. Tenemos una densidad y una diversidad inabarcable.
CF: Esta especie de distopía en vivo y en directo que implica la pandemia ¿te lleva a escribir o más bien al silencio creativo? y si estás escribiendo, ¿podés adelantar algo de tus próximos proyectos?
MD: Estoy escribiendo al ritmo de siempre, o sea, poco y lento. No escribo sobre la pandemia, sigo con los textos que venía trabajando.
Estoy terminando de corregir mi novela Mate ruso, estoy en plena escritura de otra novela, que se mueve alrededor de la construcción de los Altos hornos de Zapla, tengo un puñado de cuentos como para pensar en mi tercer libro de cuentos, y en estos días estoy trabajando en una obra de teatro con poetas en escena. Así, todo junto, parece un montón.

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