Notas de Opinión

Ver lo invisible: literaturas amerindias de los Estados Unidos

En nuestros días de globalización, es más que evidente que no hay ningún país con una cultura única, mal que les pese a las derechas de todos los países, que insisten con una idea de identidad excluyente. Lo cierto es que la definición de “plurinacional” para Bolivia, elegida en su momento por Evo Morales, sería una buena descripción del mundo en general. Aunque, hay una parte del mundo que se resiste a ella.

Los Estados Unidos no son una excepción. Son un país muy “multicultural” desde el comienzo (se fundó sobre el genocidio amerindio y la esclavitud de los africanos), pero, no se definieron así, por lo menos, hasta la década de 1960. Antes de esa fecha, muchos grupos luchaban ya por el reconocimiento de sus propias culturas. Sin embargo, se los invisibilizaba. En esa década y la siguiente, esas luchas estallaron en actos políticos, lenguajes nuevos y protestas. Los negros, las mujeres, los chicanos y muchos más pidieron la inclusión en un país que los había dejado afuera. Un país que se concebía, claramente, como blanco, anglosajón, protestante (WASP) y, por supuesto, masculino. No creo que eso sea sorprendente para los argentinos: es fácil ver el paralelo con quienes definen a nuestro país desde los barrios céntricos de Buenos Aires y suponen que somos, sobre todo, de origen europeo, y que, como dijo Borges, “venimos de los barcos”.

A pesar de que se las ignora, las literaturas estadounidenses no escritas por hombres WASP (la de las mujeres, los chicanos, los amerindios, los descendientes de africanos y más) tienen mucho que ofrecer: maneras no occidentales de leer el mundo, mapas de ideas diferentes y, también, un uso distinto del lenguaje y las estructuras literarias.

Los autores amerindios contemporáneos (de los cuales se ha traducido muy poco, esencialmente, a Louise Erdrich, a Ray Young Bear y, a nivel académico, a Simon Ortiz) escriben en inglés. Son parte de las tribus que ocupaban el continente antes de la llegada de los blancos y que sobrevivieron al genocidio de la conquista. Algunos conservaron o recuperaron en la adultez la lengua originaria, pero, la conquista impuso al inglés como lengua franca y ese idioma permite no solo la defensa de la cultura propia frente a los blancos, sino, también, la alianza con las otras tribus que están en la misma situación. Estos autores utilizan el inglés, pero, expresan con él una lectura del mundo muy diferente de la que dio origen a esa lengua. Por eso, en esos textos, el inglés y las estructuras narrativas europeas, como la novela, la poesía o cualquiera de los géneros populares modernos, están muy modificados. Dos poetas amerindias, Joy Harjo y Gloria Bird, llamaron “reinventar el idioma del enemigo” a ese proceso de “domesticación” del inglés. Y es lógico que haga falta una reinvención si se estudian los conceptos básicos que forman el denominador común de esas culturas (quinientas en toda América del Norte antes de la conquista) y se los compara con los de las culturas de Europa.

Claudio Mangifesta, Ni siquiera...
Claudio Mangifesta, Ni siquiera…

Las diferencias son muchas. Para esta nota, se detallan solamente algunas. Por ejemplo, el individuo está en el centro de las culturas europeas desde la modernidad. Entre los pueblos originarios, el concepto de “individuo” no existe de esa forma. Nadie existe sin grupo humano y nadie existe sin los otros “parientes”, los no humanos, como las montañas, los ríos, los animales. Se es, solamente, en el sitio de origen; en cualquier otro, se “pierde el centro”, se cae en la locura. Por lo tanto, las “novelas” de estos autores no serían novelas según la definición europea y burguesa del género que, siempre, tienen un individuo o una pareja en el centro de atención. En su mayoría, las narraciones fabulosas de autores como Louise Erdrich (por dar el nombre de una autora bastante traducida) no tienen protagonista, cuentan una red casi infinita de historias que se apoyan unas en otras. En algunas, el protagonista es el lugar, el pueblo, la Reservación, ese espacio particular en el que sucede lo que sucede.

El pensamiento europeo es binario. Desde Platón-Sócrates hasta Hegel y Marx, se piensa en pares binarios opuestos, como día versus noche, vida versus muerte, hombre versus mujer, bien versus mal. Las culturas originarias de América no dividen así la realidad. Por lo tanto, ningún planteo narrativo es maniqueo y, muchas veces, es imposible (verdaderamente imposible) definir a los personajes dentro de un par binario como “bueno” o “malo”. Para un lector occidental, los textos de ese tipo son incómodos, complejos y muy pero muy interesantes.

El último ejemplo de diferencia es esencial en nuestros tiempos: la comparación entre la forma en que europeos y amerindios piensan la relación humanidad-naturaleza. En las tres religiones más importantes, el ser humano se creó a “imagen y semejanza” de Dios y, en la modernidad, el planeta se considera una fuente de recursos o una posesión. Los pueblos amerindios, en cambio, son “sociedades de parentesco” y se piensan como “parientes” de las plantas, los animales, el agua y la Madre Tierra. Por eso, Evo Morales habla de la necesidad de tener representantes de la Naturaleza en la ONU, de tratarla como a una igual. Así, en estas literaturas, la naturaleza nunca es ni un escenario ni un enemigo ni un tesoro. Como ejemplo, un bellísimo poema de Simon Ortiz: “Lo llevo afuera,/bajo los árboles,/ lo apoyo, de pie, en el suelo./Escuchamos a los grillos,/ a las cigarras, sonidos de un millón de años./ Las hormigas pasan junto a nosotros./ Les digo: “Este es él, mi hijo./ Este chico las está mirando./ Yo hablo por él”. // Los grillos, cigarras,/ las hormigas, los millones de años,/ nos están mirando,/ nos oyen./ Mi hijo murmura palabras infantiles,/ habla, una risa chiquita/ le burbujea en la boca./ Las hojas de los árboles tiemblan./ Escuchan a este chico/ que habla por mí”.

Habría más que decir, empezando por el tratamiento del tiempo, pero, con eso basta para entender por qué es tan importante prestar atención a estas literaturas: tanto las estadounidenses, como las del resto de América (donde la lengua “reinventada” es el castellano, el francés o el portugués), ponen las ideas de Occidente frente a un espejo crítico que tiene mucho que enseñarnos sobre el mundo y sobre la forma en que llegamos a este momento crítico de mal uso del planeta.

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