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Una fábrica cerrada

Los artesanxs de la calle Defensa (San Telmo) defienden su histórico espacio de trabajo, frente a un Gobierno que los reprime brutalmente.

Durante la semana, los talleres rugen. Vibran las caladoras, las lijadoras, los hornos, los telares. Palpitan las tijeras y las pinzas, repiquetean los martillos, vuelan los pinceles. Se anudan hilos, se enredan lanas, se moldean alambres, se labran cueros, se tallan maderas que hablan de leyendas, se pulen piedras que cuentan historias de miles de años. Se fusiona vidrio, se bordan telas, se graban metales, se hornean cerámicas. Se cincela y se teje, se cose y se dibuja, se pinta y se funde y se punza y se repuja. Cientos de manos mágicas moldeando sueños, en los más remotos rincones de los barrios. Transmitiendo conocimientos ancestrales desde varias generaciones. Labrando el arte con la imaginación y los sentimientos que nos hacen posibles. Son los cientos de hogares donde se despereza el mitológico universo de los artesanos y artesanas. Cientos de talleres donde convergen los más bellos elementos de la tierra, donde las manos desentrañan secretos y danzan los misterios en busca de la forma.
Y esas largas jornadas de trabajo, que transcurren durante la semana, estallan en la tentacular feria de la calle Defensa, ubicada en el barrio de San Telmo. Donde nos citamos, cada domingo, como un ritual sagrado, donde palpita nuestro caudal social. La identidad, la riqueza y la cultura de todo un pueblo que expone el latido de su trabajo y muestra, en sus creaciones, la potencia de sus manos.
Llegamos bien temprano, viajando, tomando trenes y bondis. Llegamos caminando, en auto y en bicicleta, con expectativas de llevarnos el mango a casa. Cargamos las cosas en mochilas o carritos, montando cajas para armar los puestos y exponer lo más prolijamente posible esas cosas lindas que hacemos. Cubrimos los puestos con telas y los decoramos con paños que embellecen los ojos de quienes ven nuestro trabajo. Y basta que nos elogien un poco las cosas que vendemos y, así, empezar a sonreír con los primeros mates de la mañana, compartiendo charlas con nuestrxs compañerxs. Y, de esa manera, se va armando la feria, ese arcoiris turístico que, a fuerza de insistencia y creatividad, ha logrado ser una constelación de reconocimiento mundial, con menciones en la Unesco, aclamada en artículos de diarios y revistas internacionales, y reivindicada en documentales realizados por gente de otros continentes.

Represión policial a los artesanos de la calle Defensa
Somos una comunidad que late. Tenemos dificultades y conflictos, cosas que resolver. Aquí, hemos hecho enormes amistades y hemos discutido, entre nosotrxs, como en todo territorio compartido. Pero, nos une el estilo de vida que elegimos en un espacio que venimos construyendo y defendiendo desde hace años. Tiritando de frío en el invierno o abrasados por el sol de los veranos, peleando con el viento que nos sacude los paños o cubriendo los puestos de la lluvia amenazante. Pero, así vamos, porque reivindicamos la calle como nuestro lugar de trabajo, el terreno donde nos ganamos el sustento con las técnicas que fuimos aprendiendo.
Todo este universo nuestro está parado desde hace casi tres meses, porque estamos impedidxs de trabajar en cuatro de nuestras más vitales cuadras, a causa de haber quedado afectados por un acuerdo fraudulento pactado entre la cúpula de una cooperativa, que no nos representa y un Gobierno que desprecia los espacios culturales. Como única solución alternativa, nos ofrecen trabajar en lugares de donde han sido desplazadxs otrxs compañerxs. Es decir, que debemos traicionarnos lxs unxs a lxs otrxs para ganarnos un permiso. Y eso es algo que ningunx de nosotrxs está dispuesto a hacer.
El pacto que intentó desalojarnos consistía en trasladar las cuadras que arman en el 800, 900 y 1000 de la calle Defensa para reubicarlas sobre el 700 y sobre el 300 de la calle Chile (entre Defensa y Balcarce). Pero, sobre esa numeración de Defensa, ya existe una feria. Donde trabajan otrxs compañerxs en un espacio que funciona, activamente, hace, al menos, diez años. Por esa condición, es que la gran mayoría de integrantes de la cooperativa El Adoquín -beneficiaria del acuerdo- renunció a ser parte de la agrupación y se negó a aceptar la resolución.
De este modo, desde que comenzó el conflicto, a principios de enero de 2019, resistimos en nuestros lugares de trabajo, con el objetivo de ser reconocidos en ellos. Organizamos marchas, juntamos firmas, pintamos banderas y carteles, volanteamos, organizamos festivales en los que participaron numerosos músicos, hicimos sorteos de las artesanías que vendemos, dimos charlas de concientización, brindamos talleres y exposiciones, que nos ayudaron a visibilizar el conflicto y a ganar el apoyo de gran parte de la sociedad. En este tiempo, fue muy valioso el acompañamiento de gran cantidad de artistas, agrupaciones y ferias del resto del país, abogados, medios independientes y personalidades importantes en el campo de los derechos humanos, como Nora Cortiñas, Taty Almeida, Victoria Montenegro (diputada, hija de desaparecidos y nieta recuperada), Sueco Lordkipanidse (ex detenido desaparecido), Mónica Alegre (mamá de Luciano Arruga), Alberto Santillán (padre de Darío Santillán) y Margarita Meiras (Madre de Víctimas de Trata), entre otros.
Durante el tiempo que duró nuestra lucha por la identidad, la cultura y el trabajo, contra la usurpación y el desalojo, fuimos reprimidos en dos ocasiones por el Cuerpo de la Infantería: el 27 de enero y el 10 de marzo. En esta última fecha, hubo una agresión brutal, una cantidad desmedida de policías, vecinos y turistas golpeados, personas heridas, una cacería arbitraria que sumó dieciocho detenidos y una foto que recorrió el país: Cristian Benítez, el jefe del operativo, arrastrando de los pelos, salvajemente (la cara desencajada, los músculos rígidos), a una compañera artesana.
Tuvieron que suceder estos tristes acontecimientos para que apareciéramos en todos los medios del país y fuéramos noticia nacional. Así fue que, El Adoquín, renunció a ocupar la cuadra de Defensa al 700 y allanó el camino para la recuperación de una parte importante de nuestros puestos de trabajo.
Al cierre de esta edición, seguimos aguardando una medida legal que reconozca nuestra feria y nos permita armar los puestos, sin ser acosados por las patrullas del Ministerio de Ambiente y Espacio Público y sin estar amenazados por la Policía de la Ciudad.

Artesanos de la calle Defensa
Aquí seguiremos, resistiendo la mezquindad y el atropello de un Gobierno que nos desconoce y no explica por qué legaliza a unxs y expulsa a otrxs. Somos lxs artesanxs quienes hemos dado vida a esta calle durante mucho tiempo. Y de un día para otro, somos tratadxs como delincuentes, sacrificadxs en el altar de los negocios privados que intentan expulsarnos para establecer, allí, sus nuevas inversiones.
La manera en que un Gobierno tiene de abordar las políticas culturales nos dice mucho sobre el tipo de sociedad que pretende construir. El avasallamiento de territorios que favorecen nuestra identidad nos revela claramente las luchas que se vienen.

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