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Tres versiones de Eduardo Galeano. Conferencia del 22 de abril de 1996 (Tercera entrega)

Prólogo, notas, revisión editorial y texto desgrabado: Alicia Poderti.

 

Galeano íntimo. Diálogo y confesiones

 

Eduardo Galeano: Termino con una confesión íntima. Perdón, porque no es una cosa tan política: es una confesión íntima. Pero, el alma, también, es una zona importante de uno y me pareció que, ahora, tenía que aprovechar que los tenía a todos ustedes juntos, porque, una cosa, es confesarse ante un confesor o ante dos o tres miembros de la familia y, otra, confesarse ante tantos compañeros cariñosos, ¿verdad?, que yo siento que pueden llegar a comprenderme. Me cuesta, pero, es necesario:

los peluqueros me humillan cobrándome la mitad. Hace unos veinte años, el espejo delató los primeros claros bajo la melena encubridora y, hoy, me provoca estremecimientos de horror el luminoso reflejo de mi calva en vidrieras, ventanas y ventanillas. Cada pelo que pierdo, cada uno de los últimos cabellos es un compañero que cae y que, antes de caer, ha tenido nombre o, por lo menos, número.

Me consuelo recordando la frase de un amigo piadoso: “si el pelo fuera importante, estaría dentro de la cabeza y no afuera”. Y, también, me consuelo comprobando que, en todos estos años, se me ha caído mucho pelo, pero, ninguna idea, lo que es una alegría si se compara con tanto arrepentido que anda por ahí.

Ahora, vamos a abrir un espacio de diálogo, que no va a poder ser muy extenso, porque, estas cosas me dejan muy contento, pero, un poco frito. Y, bueno, yo les sugiero a los compañeros que se ocupen de moderar, de dar la palabra a quien quiera hacer preguntas.

Yo decía, el otro día, en la conferencia de prensa, cuando hubo un silencio al principio, decía algo que repito ahora: la única difícil es la primera pregunta, por eso, vamos a empezar directamente por la segunda, que es mi modo más práctico de liquidar el asunto.

Público: ¿Volvería a editar Crisis?

EG: Es una buena pregunta, que yo mismo me hago con cierta frecuencia. La verdad, es que creo que no. Y creo que no porque la experiencia de direc­ción de diarios o revistas y semanarios que yo he hecho, en más de una ocasión, en el Uruguay, la cometí varias veces y, en la Argentina, la hice con la revis­ta Crisis[1]. Es una experiencia muy enriquecedora, una formidable experiencia, pero, es, también, muy caníbal, muy devoradora. Y uno termina entregándole a eso toda su energía, lo que no está nada mal. Pero, simplemente, ocurre que yo, ahora, a esta altura de mi vida quiero encontrar algún ratito para poder escribir, para darme el gusto de poder escribir las cosas que quiero, las cosas que me crecen desde adentro y que quieren ser escritas o ese tipo de historias que lo escriben a uno.

Y todo eso requiere tiempo. Entonces, si yo me pusiera a iniciar, otra vez, una aventura al estilo de la revista Crisis, ese poco de tiempo que, a veces, encuentro y que, para mí, es una prueba de la existencia de Dios, pues, sería completamente devorado por la revista, porque, así fue en los tiempos de Crisis.

La experiencia fue formidable. Yo estoy muy orgulloso de esa experiencia, no lo digo en términos personales-individuales, porque, la revista fue un fenómeno posible en la cresta de una ola, como parte de la espuma de una ola de creatividad que se alzó en este país en los años setenta y de la cual esta revista formó parte. Fue parte de un proceso muy eferves­cente de cambio y que tenía una tremenda fecundidad en ese período.

La revista fue una especie de secreción natural de aquellos años, para mí, muy hermosos, que, después, terminaron siendo tan tenebrosos. Porque, el precio que algunos compañeros pagaron por hacer cosas como la revista Crisis fue un precio muy alto. En algunos casos, la vida, en otros, el exilio y, en otros, la cárcel y la tortura.

Valió la pena hacer Crisis y valió la pena hacer muchas otras cosas muy creativas y muy lindas que se hicieron en aquel tiempo, a pesar de que, después, pasó lo que pasó. Nosotros fuimos condenados desde el principio. Uno de los primeros decretos de las autoridades militares del ’76, fue un decreto que regulaba los medios de comunicación, o sea, un decreto de censura y que empezaba por establecer que quedaba prohibida la difusión de opiniones no especializadas y eso tenía nombre: eso era la revista Crisis.

Cuando iniciamos la revista, habíamos partido de la base de que la cultura es un privilegio de pocos, pero merece ser un derecho de todos y que todos tenemos algo que decir a los demás. Como yo dije en un texto: alguna vez todos tenemos algo que decir a los demás, algo que merece ser por los demás perdonado o celebrado. Y, enton­ces, la revista no se ocupaba de eso que llaman cultura popular, para opi­narla desde arriba, sino, que la mostraba en acción, en movimiento. La revista abrió sus páginas a las voces que venían desde las calles y los campos.

Además de ser, como fue, un vehículo para la difusión de las mejores palabras y de las mejores imágenes de lo que podríamos llamar la cultura profesional alternativa en América Latina y en otros lugares del mundo. Sobre todo, yo creo que el mérito primordial de la revista fue que supo conversar con la gente. Y conversar implica diálogo. O sea, que cuando se conversa con otro ya no puede haber un monólogo, como al que solemos asistir desde la inmensa mayoría de los medios masivos de comunicación que, en realidad, monologan, ¿verdad? Hay un puñadito de opinadores y, todos los demás, son opinados.

Lo que buscaba la revista era devolver la palabra a la gente y, a esa palabra, la íbamos a buscar. La íbamos a buscar en las fábricas, la íbamos a buscar en los campos, la encontrábamos en los graffitis de las paredes de las ciudades, donde tanta hermosura encontrábamos ‑esa especie de imprenta de los pobres que es la pared de las ciudades. Y yo creo que ese fue nuestro pecado. Y que, por eso, fuimos castigados, porque tuvimos la loca intención de contribuir a la democratización de la cultura. Y creo que fuimos capaces de hacerlo y de hacerlo con muy buen nivel. Modestia aparte, la revista llegó a vender 30 mil ejemplares, lo que, para una revista cultural, no es moco de pavo. Porque, además, era una revista divertida, siendo una revista cultural no era aburrida, ¡era divertida! que es una condición que yo pienso que tendría que ser exigida a todos los que tenemos la intención de trabajar en el campo de la cultura, sobre todo, de la cultura alternativa, a todos los que creemos que cultura y política están separados por fronteras artificiales. Entonces, tenemos la obligación de ser divertidos.

La revista era atractiva, era divertida, no se caía de las manos, no era aquel plomo al que la gente está acostumbrada cuando escucha: una cosa cultural, un acto cultural, una revista de cultura, ¡lo que me espera! ¡Pero, como un buen soldado de la Patria, ahí estaré cumpliendo con mi deber cívico!

No era eso para nada, así que fue lindo pecar, pecar ese pecado. Estoy muy contento de haber pecado ese pecado, así, y valga esto como homenaje a mis compañeros de pecado, que ya no están, porque fueron asesinados.

Público: En estos tiempos que se viven en Latinoa­mérica, ¿qué análisis haría usted con respecto a la producción intelectual que tenemos? Y un pequeño análisis ‑si es que usted está al tanto‑ de la bibliogra­fía y las funciones que ésta tiene dentro de la Universidad.

EG: -No, no, yo no soy quien…

(El micrófono vuelve a silbar y Galeano acota: ¡uy!, está sonando, pero, mucho más. ¡Qué extraño! Yo no he bebido más que agua. No. Está sonando demasiado, algún desastre está pasando).

Es una pregunta complicada, la verdad es que yo no soy quien para hacer un análisis así, probablemente, hay gente que puede hacerlo. Yo me animaría a bosquejar, apenas, tres o cuatro impresiones que tengo sobre los procesos que se están dando en ese campo en América Latina, lo que tiene que ver con el campo de la producción intelectual y el campo de la educación.

Te diría que creo que hay mucha gente haciendo cosas muy lindas, muy creativas y muy útiles, trabajando en la dirección que yo creo que es la mejor. Pero, eso es una opción personal, digamos que yo no soy quien para imponerla a los demás.

Yo me animaría a decir que todo acto de cultura, cuando es verda­dero, implica un propósito de comunión con otros y que, en el fondo, la cultura es comunicación o no es nada. Y que, en esa comunión con otros, es imprescindi­ble empezar por no ser sordo para ser capaz de no ser mudo. Yo desconfiaría de toda palabra nacida de alguien que es capaz de decir, pero, no es capaz de escuchar.

Todos estamos como estamos, tan metidos en una realidad asombrosamente loca y linda, horrenda y maravillosa como es la realidad latinoamericana, que vamos a tratar de ser dignos de ella, en lo que ella siente, sufre, ríe, sueña. O sea, no sólo dignos de ella en sus horas de vigi­lia, sino, también, dignos de ella en las horas en las que ella duerme o se hace la dormida, porque, también los sueños y las pesadillas son una parte muy importante de la realidad. Y, a veces, los sueños y las pesadillas son más reveladores que la realidad aparente de cada día.

Y, en relación con el tema de la educación, tendría que ir más allá de la discusión interna que se está procesando en algunas universidades y que me parece apasionante, sobre el destino de la educación en nuestros días. Discusión en la que yo no me siento del todo autorizado a participar.

Te diría que lo que me parece, sí, muy grave, es algo que veo que está ocurriendo en toda América Latina y es que se está dejando la educación de nuestros niños en manos de la televisión. Los verdaderos maestros de los niños latinoamericanos de hoy son los señores que tienen programas de televisión y que acaparan la mayor parte de horas de atención de nuestros niños y que, también, acaparan su atención más fervorosa. En gran medida, esto es así porque la educación pública está siendo, en nuestros días, más maltratada que nunca. Siempre, fue la Cenicienta del presupuesto, pero, ahora, la cosa está peor que nunca. La educación y la salud pública son los dos sectores más castigados por esta onda neoliberal, que consiste en privilegiar la libertad del dinero, castigando la libertad de las personas. Y, por supuesto, que el discurso de nuestros gobernantes es que la educación ocupa un lugar de privilegio. Todos nuestros gobernantes siempre dicen: “la educación es lo primero, la educación es lo primero”. Y, cada vez, que yo los escucho recuerdo al capitán del barco en el naufragio que dice también: “¡las mujeres y los niños primero!”. Y son, siempre, los primeros en ahogarse.

Público: Eduardo, ¿qué opinás de un joven que a los 21 años perdió sus sueños y ambiciones?

EG: Y…, es perfectamente comprensible que eso ocurra, ¿verdad? Es lamenta­ble, porque si no es por los muchachos el mundo está frito. Yo te digo que no espero demasiado ya de mi generación, creo que, ahora, todo depende de la gente nueva que aparece.

Y bueno, por otro lado, creo que está todo organizado para que los jóvenes dejen de ser jóvenes y se conviertan en viejos cuanto antes. Como que ser joven, de algún modo, constituye un delito, desde el punto de vista de un sistema universal que prefiere el orden a la justicia.

Público: Los alumnos de la Escuela de Comercio Benjamín Zorrilla hemos hecho una serie de pregun­tas, pero, vamos a formular sólo una de ellas: ¿usted cree en las palabras de José de Castro, que dicen que no hay otra solución que la violencia para América Latina?

EG: José de Castro dijo eso en un contexto, ¿verdad? La frasecita desprendida suena a terrorismo barato y, realmente, ojalá que no haya que recurrir a la solución de la violencia en América Latina. Ojalá que no, vamos a hacer todo lo posible para evitar semejante atrocidad.

Ahora bien, si yo creyera que no hay otra solución que la violencia, no sería tan salame como para venir a decirlo aquí.

Público: Pienso que la idea actual de democracia está asociada a la corrupción, el poder, las decisiones políticas…

EG: Bueno, yo también y te diría que, además, se suele olvidar con sospechosa facilidad el origen de la palabra democracia, que significa poder del pueblo. Lo que pasa es que. dicho así, poder del pueblo suena a manifiesto guerrillero y, bueno, triste mundo este mundo de fin de siglo, donde la palabra democracia, en lo que de veras significa, pueda resultar tan peligrosa.

Yo creo que la democracia es de verdad peligrosa cuando es de verdad, o sea, cuando se da en todos los planos de la vida y cuando no se reduce a una ceremonia política, al hecho de depositar el voto cada cuatro, cinco o seis años. Creo que la democracia, para no ser democasi, no tiene que ser, solamente, un conjunto de instituciones funcionando de un modo, más o menos, armonioso, sino, que la democracia, cuando es verdadera, tiene que ser, también, democracia económica y tiene que ser democracia cultural y tiene que ser democracia social y, en ese sentido, yo te diría que, todavía, todos nuestros países están muy lejos de haber alcanzado una verdadera democracia.

Yo soy de los que creen en la energía de la democracia, creo que ella puede ser perfectamente capaz de echarse a caminar, de echarse a andar. Pero, el problema de la democracia es que los políticos profesionales la tratan como si fuera una señora paralítica, entonces, la tienen ahí, en el sillón de ruedas. Y se nos dice y se nos repite, por ejemplo, que ella es incompatible con la justicia, que si el terrorismo de Estado es ¡condenado! y ¡recordado! Bueno, pues, estamos cometiendo un pecado desde esa democracia que, entonces, corre peligro ¿Qué clase de democracia es ésta, que solo puede estar sentadita en un sillón de ruedas y que depende de los señores que mandan para moverse? Yo creo que la democracia merece un mejor destino y creo que ese mejor destino va a ser alcanzado a través de la lucha de sus protagonistas: la gente del pueblo, a quienes nadie les va a regalar nada.

Y termino la respuesta recordándote una frase que, una vez, me dijo un hombre que fue mi maestro, uno de mis maestros más entrañables, más queridos, Carlos Quijano. Yo trabajé con él en un semanario uruguayo, que se llamaba Marcha. Fue un periódico espléndido, de alta calidad, y él fue el que me enseñó que, en el discurso alternativo, para decir no, hay que decirlo con belleza y con elegancia. Y hay que decirlo con placer para trasmitir placer.

Él fue uno de los grandes inspiradores que yo tuve para poder intentar la aventura de escribir en un lenguaje que fuera duro y, al mismo tiempo, capaz de hermosura.

Este maestro mío, Don Carlos Quijano, un día, me dijo una frase que yo jamás olvidé. Me dijo (porque nosotros peleábamos mucho con él, yo era el jefe de redacción de Marcha y él era el director y nos peleábamos muchísimo): “mirá que macaneaste, estuviste muy mal, pero no importa, porque estuviste muy mal en algo que no es muy importante. Te quiero decir algo y te pido que no lo olvides jamás (y así fue, no lo olvidé nunca): hay una sola cosa que es muy importante y hay un solo pecado que no tiene perdón, ¡no se puede pecar contra la esperanza!”.

Yo creo que el gran pecado de la mayoría de los políticos profesionales de América Latina que roban y que mienten es que pecan contra la esperanza y que desprestigian la democra­cia a los ojos de los jóvenes. Eso me parece tanto o más imperdonable que el terror de Estado y la impunidad de los militares. Hay, también, una impunidad de los políticos y me parece tan grave como la otra, por lo menos.

Público: Yo leí, en los diarios, que usted fue invitado al Foro Antineoliberal en Chiapas, ¿asistió?

EG: No, porque voy a ir a fines de julio a la reunión en Chiapas. Este fue un encuentro preparatorio (se han celebrado algunos encuentros previos al Encuentro Intercontinental que se va a ser a fines de julio, del 28 de julio al 3 de agosto).

Y, ahí, voy a estar con mucho gusto, porque tengo una altísima opinión del movimiento que se ha generado en Chiapas y tengo, tam­bién, una muy alta opinión del Subcomandante Marcos, que es el vocero del movimiento. Y que ha sido capaz de una doble hazaña: por un lado, ha sido capaz de expresar, de la manera más plena, el mensaje profun­do de la cultura indígena más misteriosa de América, que es la cultura Maya. Es la única cultura indígena americana en la que el espacio es hijo del tiempo: nosotros somos hijos de los días y estamos hechos de tiempo. Es una cultura llena de claves misteriosas, de enigmas muy delicados, que la ubica en un lugar muy especial. Es muy difícil poder trasmitir esa cultura y Marcos ha sido capaz de hacerlo. Y lo ha hecho desde el ángulo del amor a la tierra, de la comunión con la tierra, logrando, además, sincronizar perfectamente esas raíces culturales tan remotas y tan hondas con la vocación universal de justicia. Porque, lo que tiene de bueno esto de Chiapas, es que no sólo conmovió a Chiapas, no sólo sacudió a México hasta los cimientos, sino que, además, ha conmovido al mundo, porque, ha coincidido con una sed de justicia que es universal.

Y la otra hazaña que, creo, que Marcos ha cumplido y que no me parece de menor importancia es que ha hecho todo eso y hace todo lo que hace con sentido del humor.

En un discurso reciente, que, justamente, pronunció para clausurar el encuentro preparatorio de Chiapas, Marcos dijo: “nosotros queremos construir un mundo nuevo y la construcción de un mundo nuevo es una tarea muy seria. Y, por eso, tenemos que reírnos y tenemos que reírnos mucho, porque es una tarea muy seria y si no nos reímos el mundo nos va a salir cuadrado y no va a girar”.

Y, a mí, me ocurre, como militante que soy de izquierda desde los 13 años de edad, que llevo ya unas cuantas décadas soportando la solemnidad y el aburrimiento del lenguaje cuadrado de la izquierda, que yo me digo: ¡por fin alguien que se ríe y que da de reír y que dice no! Nosotros somos portadores de la risa, no somos gente condenada al llanto perpetuo, ni a la perpetua solemnidad. Y nos cagamos en la solemnidad. Por fin, alguien que recuerda lo que, una vez, me dijo un amigo brasileño, que de estas cosas sabe: “Nunca te tomes en serio nada que no te haga reír”.

Público: ¿Cómo se pueden transmitir a las nuevas generaciones las ideas utópicas que les permitirán construir el futuro?

EG: Yo no lo sé, o sea, me gustaría saberlo, ¿cómo se hace, verdad?

Probablemente, no hay ninguna receta para eso. Y pienso que si de lo que se trata es de trasmitir a los niños esa energía de utopías, esa lindísima energía que nos empuja a creer que es posible clavar los ojos más allá de la infamia, para vislumbrar otro mundo posible, para adivinarlo, bueno, pues yo creo que, en el caso concreto de la comunicación con los niños, habría que empezar por preguntárselo a ellos, por aprender de ellos, por recibir de ellos esa energía de frescura que los niños transmiten o son capaces de trans­mitir, a pesar de la televisión ‑lo cual es una hazaña prodigiosa‑, que los niños conserven viva la frescura y la capacidad creadora. a pesar de que son como masacrados por los medios de comunicación, que intentan convertirlos en vulgares hamburguesas.

Yo te diría, que es bastante difícil, son desafíos, sobre todo, para todos los profesionales de la cultura y de la educación. Y son, probablemente, los desafíos más difíciles que enfrentamos. ¿Cómo hacer para transmitir a la gente nueva, a la gente de las generaciones nuevas, la certeza de que este mundo no es el único mundo posible, cuando todos los medios de comunicación, con rarísimas excepciones, están al servicio de la idea contraria, nos venden la certeza de que el mundo es así, porque así ha sido y será? Y, entonces, nos obligan a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo.

Yo te diría que soy de los que creen que la única posibilidad de transmitir a la gente joven, a la gente nueva, a los chicos, a los jóvenes una energía de la memoria que no resulte abrumadoramen­te aburrida, empieza por consistir en redefinir el asunto. La memoria deja de ser lo que, tradicionalmente, se considera que es: esa visita al museo, esa contemplación del mundo que fue, para convertirse en una suerte de músculo secreto y bastante misterioso. Ya no un refugio donde esconderse de los fríos de la intemperie, sino, sobre todo, un puerto de partida. No un lugar para llegar, sino, un lugar desde el cual partir.

Y, en ese sentido, me animaría a contarte una costumbre que se ha perpe­tuado entre los indios del noroeste de las Américas y que, a mí, me parece muy reveladora de esto que te quiero decir. En todo lo que es la orilla de buena parte de los EE.UU., de Canadá y de las islas que hay sobre el Pacífico, en la costa oeste, se ha mantenido una costum­bre ritual, que viene desde tiempos antiguos y que es una de las tantas voces del pasado que habla del futuro. Porque, eso es lo que tienen de lindo las tradiciones más creadoras que vienen del pasado, pero que no se quedan en él: nos cuentan cosas que nos conviene saber, porque nos iluminan el camino hacia adelante. Y eso ocurre con este ritual, que se ha ido trasmitiendo de genera­ción en generación:

“El maestro alfarero, ya viejo, ya tembleque, casi ciego, no puede seguir trabajando y, entonces, entrega, en una ceremonia sagrada, su pieza mejor -su obra maestra, su vasija perfecta- al joven que se inicia en el oficio. Y el joven que se inicia en el oficio recibe aquella maravilla y no la coloca en algún estante para contemplarla en éxtasis por el resto de sus días, sino, que la revienta contra el piso, la arroja contra el suelo y la rompe en mil pedazos. Y recoge esos mil pedazos y los incorpora a su propia arcilla”.

En esa memoria creo y en ella los dejo. Buenas noches.


[1] Eduardo Hughes Galeano se inició en periodismo en el semanario socialista El sol de Montevideo, publicando dibujos y caricaturas políticas que firmaba Gius, seudónimo que imitaba la dificultosa pronunciación castellana de su primer apellido. Luego, fue jefe de redacción del semanario Marcha y director del diario Época. En 1976, se exilió en la Argentina, donde fundó y dirigió la revista Crisis. Su actividad política en el periodismo lo obligó, desde fines de 1976, a exiliarse en España, donde vivió hasta 1985, año en el que regresa a su país.

 

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