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Piazzolla, viajero de la música

Entrevista al regisseur Carlos Branca

“La música es el arte más directo, entra por el oído y va al corazón… Es la lengua universal de la humanidad.”

Astor Piazzolla

 

En un marco nacional e internacional de enorme zozobra e incertidumbre, una gran cantidad de países del mundo se preparan para rendirle homenaje a uno de los compositores más sobresalientes del siglo XX. En esta sociedad que nos conecta, cada día, con el riesgo y la muerte, no es poca cosa aferrarnos a la belleza del acto creativo y rendir homenaje a quien, en vida, aceptó el desafío de ser diferente. Transgresor, genio, polémico, rebelde, ecléctico, combatido dentro de los ámbitos más conservadores de la música clásica y del tango, decía sobre sí mismo: “Mi audacia está en la armonía, en los ritmos, en los contratiempos, en el contrapunto de dos o tres instrumentos, que es hermoso y buscar que no siempre sea tonal, buscar la atonalidad”.

La bella tradición del 2 por 4 no le perdonó sus notas de jazz, música clásica y música popular judía, entre otras mixturas y mucho le costó vencer la resistencia para ser escuchado y reconocido en la tierra que lo vio nacer.

El centenario del nacimiento del maestro Astor Piazzolla nos convoca a una serie de conciertos y una vasta programación. Italia, tierra a la que lo unían sus abuelos, no podía estar exenta de este homenaje. El director de teatro, regisseur y actor argentino Carlos Branca, radicado en Italia hace muchos años, se dispone a estrenar dos espectáculos dentro de la serie de homenajes, con el apoyo de la de la Embajada Argentina en ese país.

Con Fervor: María de Buenos Aires es una ópera en dos partes con una fuerte impronta surrealista. La única que escribió Piazzolla y que narra la vida y la muerte de María, habitante de la ciudad. Sería interesante que describas las características de este proyecto, en el contexto de los 100 años del nacimiento de Astor.

Carlos Branca: María de Buenos Aires se puede definir, musicalmente, como una obra inusual por su ritmo y su sonoridad, que surge de una mezcla intrigante, donde la tradición tanguera se fusiona con el jazz y la música contemporánea, pero, el tango es el rey.

El libreto es de Horacio Ferrer, quien escribe una historia surrealista y visionaria, en la que se vincula lo sagrado y lo profano, el amor y la muerte. En la obra, María es Mujer: virgen, ingenua y prostituta; es Buenos Aires, con todas sus contradicciones. La historia de María, también, es una metáfora. En la historia de la protagonista vislumbramos la historia de la Ciudad de Buenos Aires (metrópoli cosmopolita: se dice que los habitantes de Buenos Aires son, casi todos, europeos en el exilio) con sus numerosas caídas y renacimientos y con una visión más amplia: la historia de la sociedad contemporánea.

A partir de esta lectura, el concepto de dirección, sin apartarse de las sugerencias de la maravillosa y universal música de Astor Piazzolla y del relato surrealista de Horacio Ferrer, propone un espectáculo que pretende suscitar, en el espectador, reflexiones sobre las implicancias negativas derivadas del comportamiento humano sobre sus semejantes, sobre sus obras y sobre el planeta mismo, sin renunciar, al final, a un sentimiento de esperanza: María dará a luz una hija, otra María, que iniciará un nuevo ciclo de vida.

La versión que haremos cuenta no sólo con solistas y cantantes de primer nivel, sino, con un ballet de 10 bailarines. Se estrenará el 7 de julio en la Rocca Brancaleone, sede del Ravenna Festival. Este prestigioso Festival de ópera y música, cuyo director musical es el maestro Riccardo Muti, se celebra en la ciudad italiana del mismo nombre. Esta ópera de Piazzolla, que él mismo estrenara en 1968, tiene asegurada una tournée (gira) en los principales teatros de lírica italianos y festivales internacionales, si la pandemia lo permite.

Luis Bacalov y Carlos Branca.

CF: En este mismo marco, estás trabajando, con el Ballet de Roma, en una pieza llamada Astor ¿Cómo surge esta propuesta de trabajo y qué ideas se pusieron en juego en él?

CB: Este trabajo se estrena, en Italia, el 29 de julio y, también, tendrá una tournée internacional. Que empieza en agosto, en Brasil, y continuará en China. Sería maravilloso llevarlo, también, a nuestra querida Argentina.

Este concierto bailado, además de celebrar el viaje musical del artista, pretende contar algunos aspectos cruciales del hombre: el encuentro de Piazzolla consigo mismo. Su coraje ostentoso, a veces arrogante, proviene de una fragilidad íntima y casi invisible, que se traduce en una ira interior por la incapacidad de encontrar un canal artístico que corresponda a su yo más auténtico. En su país natal, Astor Piazzola fue odiado y obstaculizado por tangueros tradicionales, que creían que sus composiciones no eran tango verdadero. También, por críticos de música clásica que lo consideraban un simple autor de música folclórica.

En realidad, Piazzolla, nacido en Mar del Plata, de padres de origen italiano, tiene el tango en su ADN. Creció en Nueva York, en los barrios más pobres, donde se tocaba jazz y donde se escuchaba música clásica. Supo fusionar, con su gran eclecticismo, estos dos ríos que le cruzaban las venas convergiendo en un maravilloso mar nuevo, una música eterna.

El cuerpo de Piazzola, también, fue un campo de sufrimiento. Nació con una dismorfia en su pie derecho, hecho que influyó en toda su vida, pero, que logró transformar en una fortaleza. De hecho, precisamente, sobre la frágil pierna él se apoyaba el bandoneón, tocando de pie. En esta postura original, introdujo la fuerza visual y expresiva de su instrumento y su poder comunicativo e intensidad.

La idea es trabajar con un Piazzola periférico, con un músico que se encontraba al borde de las cosas, no sólo para cruzarlas, sino, sobre todo, fusionarlas.

Luis Bacalov decía que “siempre pasan cosas importantes en la periferia de la vida” y nos recuerda cómo Piazzolla, siempre, ha operado con una fuerza que se mueve de la periferia al centro.

Las metáforas de la poesía de Borges enmarcarán la invisibilidad de la música que, a su vez, generará imágenes, recuerdos y olores en nuestra mente, haciéndonos bailar, no sólo, los silencios, sino, también, las palabras.

Cien años después de su nacimiento, nos damos cuenta de que, si una música no muere, el tiempo no existe gracias a Astor.

CF: Dirigiste varios espectáculos junto a Luis Bacalov, músico, director y compositor argentino que, al igual que Astor, fue reconocido internacionalmente. Fue compositor de bandas sonoras inolvidables, de películas como Django, His Name Was King, Kill Bill y La cittá delle donne. Fue nominado dos veces al Oscar: en 1966, por Il Vangelo secondo Matteo, de Pier Paolo Pasolini, y otra, en 1995, por Il Postino, de Michael Radford, obteniendo la estatuilla en esta ocasión ¿Cómo fue el encuentro con este referente indiscutido de la música?

CB: Fue el encuentro artístico más importante de mi vida, junto con el de mi gran maestro Raúl Serrano. Nos conocimos en el 2006, yo ya estaba casi radicado en Italia, donde él trabajaba hacía muchos años. El destino quiso que nos viéramos en Buenos Aires. Yo estaba buscando un compositor para realizar una ópera con temas y música argentina. Mi pareja, que es italiana, lo conocía perfectamente, dado que, en Europa, es sumamente popular. Compuso, junto a Ennio Morricone, su socio y amigo, para la RCA Victor, música para cantantes italianos de la talla de Mina, Baglione y Rita Pavone, entre otras (la lista sería enorme). Además, fue autor de bandas sonoras para films fantásticos realizadas solo o en colaboración con Morricone (uno escribía la música y el otro orquestaba o viceversa), para directores de cine de la talla de Federico Fellini, Pier Paolo Pasolini, Ettore Scola, Sergio Leone, Michael Radford, Quentin Tarantino, etc.

Juntos, hicimos muchas obras de teatro y líricas con música compuesta por él mismo y tocadas en vivo con su maravilloso piano, en tournée por toda Italia. Fueron más de 15 y podría mencionar Mi Buenos Aires Querido, Baires concierto, Y Borges cuenta que…, realizada en Italia y en París, una Di-vino comedia, para la EXPO de Milán 2015/2016. Pero, la más significativa fue Estaba la Madre.

Balletto di Roma- Ensayo.

CF: Estaba la Madre es un extraordinario trabajo, una magnífica ópera de su autoría, que pusieron juntos en escena. Hablanos de esa experiencia.

CB: La experiencia fue maravillosa, porque se unió la música urbana de Buenos Aires a la llamada música académica. Pudimos realizarla en nuestro país, en 2007, en el Teatro Argentino de La Plata y, en 2015, en el CCK. Fue la primera ópera lírica realizada en la Ballena Azul, en versión semi escénica.

En Italia, Estaba la Madre tiene una vida muy activa. En el 2004 y 2005, se realizó en la Ópera de Roma; en el 2009, en el Festival de Emilia Romagna, en colaboración con el teatro Comunale de Bologna; en el 2016, en la ciudad de Nápoles, en la Piazza del Plebiscito, una de las plazas más grandes de Europa, para la celebración de la Semana Santa; en el 2017 y 2018, en Roma, en el Auditorium Santa Cecilia; en el 2019, se realizó, en el Día Internacional por los Derechos Humanos, en la ciudad de Trieste. Mi deseo es que siga teniendo larga vida y que, más allá de ser un trabajo artístico, sea un documento histórico.

A lo largo del proceso de concepción y desarrollo de la puesta de Estaba la Madre, volví, recurrentemente, a Walter Benjamin, el autor de las Tesis sobre filosofía de la historia”, quien sostenía que hasta los actos más bárbaros pueden convertirse en documentos de cultura. Esta creación de mi amigo Luis Bacalov, es una prueba de ello. La perfecta fusión de los sonidos clásicos con la música urbana de Buenos Aires conforman una magnífica partitura. El bandoneón, convertido en instrumento fundamental, suena como el clave de Bach. Al mismo tiempo que brinda una referencia geográfica, aporta las resonancias trágicas –y hasta sacras- que mejor le convienen al tema.

Las equivalencias entre lo considerado mundano y lo calificado de sagrado están subrayadas, por supuesto, por la referencia al Stabat Mater (Estaba la Madre). Una equiparación que aparece avalada por la propia historia. En efecto, cuentan que, para componer su Stabat Mater, Pergolesi se inspiró en un hecho que él mismo presenció: el dolor desgarrador de una madre cuyo hijo, que había robado frutos para comer, fue colgado, en Nápoles, por orden de los Borbones.

De cualquier modo, está claro que llevar a escena la mayor tragedia de toda la historia argentina constituye un enorme desafío. Se corren, entre otros, los riesgos de banalizar los sufrimientos más indecibles y de suavizar, con los fines de la representación, las aristas más irrepresentables del horror.

Al idear la puesta, reparé en las características de la pieza de Bacalov, que me sugerían la conveniencia de un tratamiento ajustado a los postulados del distanciamiento brechtiano. Al mismo tiempo, busqué acentuar las implicancias universales de nuestro drama nacional. Concebí, entonces, la escena al modo de una suerte de tragedia griega referida a los atropellos del poder en todo tiempo y lugar.

Creo que las desventuras de las madres argentinas de los desaparecidos sólo pueden volcarse a las formas del teatro cantado, siguiendo su propio ejemplo: fueron ellas las que demostraron que el dolor puede transformarse en conmovedora lucha y amorosa entrega. En el caso de esta obra, el dolor se sublima en la dulzura del canto. En especial, en el canto de tres de las cuatro madres que protagonizan esta pieza (hay una cuarta, que no tiene parte vocal, pero, aparece en escena). Tres madres que constituyen, en realidad, una sola, porque representan, de modo separado, el proceso que atravesó cada una de las progenitoras concretas de los desaparecidos: primero, el estupor ante lo ocurrido y la brutal pérdida de la inocencia, luego, la rabia que se transforma en lucha, más tarde, el reclamo judicial de esclarecimiento y castigo.

Al final, en el epílogo, el canto mancomunado de todas las madres, la multiplicación de sus presencias en escena, constituye una invocación colectiva a la esperanza. Expresa el anhelo de que nunca más vuelva a repetirse, entre nosotros, lo ocurrido y la convicción de que sólo una voluntad social expresa de reparación, podrá trazar el camino de la redención.

Estaba la Madre – Ópera.

CF: Italia tiene una extraordinaria tradición lírica, sin embargo y teniendo acceso a esta Meca, elegís un repertorio alejado de lo tradicional, ¿por qué?

CB: Cada país europeo tiene su tradición operística, que hace al repertorio operístico del mundo. En la Argentina, tenemos una tradición folclórica y de tango que son famosas en el mundo. Principalmente, es muy reconocida nuestra música urbana. Suele decirse que es más fácil hablar de ópera de compositores argentinos que de una ópera argentina propiamente dicha. Es que, salvo raras excepciones, el género lírico se ha hecho poco cargo de nuestras realidades políticas, históricas y culturales.

¿Por qué me gusta tanto el trabajo con Bacalov o con compositores argentinos contemporáneos? Porque es indispensable que los músicos argentinos, también, hablen con su propio lenguaje de lo que, realmente, somos o de las cosas que nos suceden y nosotros, los registas, tengamos que confrontarnos con ellos y sus músicas como un hecho tremendamente vivo.

Entonces, ¿por qué no luchar por una ópera de repertorio realizado por músicos argentinos? Obviamente, ya las hay, pero, es aún un repertorio chico, el Estado debe ayudar a fomentar y apoyar a los músicos argentinos. Tengo la suerte de poder trabajar con las óperas de Piazzola y de Bacalov, pero, también, me encantaría hacer óperas primas de autores y músicos argentinos, para seguir una tradición que me llena de orgullo, porque, antes que nada, soy, siempre, un argentino que trabaja y vive fuera de su maravilloso país. País que me dio una excelente formación, que, hoy, me permite desarrollar, donde quiera, mi trabajo.

Buenos Aires, se sabe, es una de las capitales mundiales del teatro, con experiencias únicas, como la del teatro independiente realizado con el esfuerzo de excelentes artistas. Mi corazón y mi pensamiento están, siempre, allí y ese es mi alimento artístico cotidiano. La vanguardia, allí, es, para mí, la mejor del mundo. Hay algo que falta, en general, en el viejo continente: la pasión y el esfuerzo de hacer teatro a pesar de todo. En la Argentina, sobra pasión y esfuerzo. Por supuesto, que no desconozco las enormes dificultades económicas por las que pasan, lamentablemente, los artistas argentinos y que deberían ser reparadas mediante políticas culturales que atiendan esta y otras problemáticas, porque el bagaje cultural argentino es amplio y valioso.


Gabriela Perera es actriz, directora, dramaturga, investigadora en Arte y Educación en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini y docente de Teatro en el Instituto Vocacional de Arte M. de Labardén.

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