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El regreso de El Eternauta

La Casa de Claypole es un espacio de resistencia civil y de insurrección cultural, donde, gente de la música, el teatro, la radio, el cine y de varias disciplinas artísticas es recibido/a como un/a aliado/a. Y no es sólo un lugar para actuar, sino, para acercarse, participar, planificar, para sentir que se forma parte de ese colectivo. Una idea que habría que replicar a lo largo y a lo ancho de la Argentina, animarse a lo cooperativista. Decía Stephen Nachmanovitch, en su libro Free Play: el artista como alguien que bucea en su inconsciente y lo pone al servicio del inconsciente colectivo. La Casa entrega ese pasaporte.

Llegué temprano a la cita, luego de una travesía en el 160. El bar estaba semi oscuro, una radio se vestía de jazzera y la tarde suburbana se arrastraba rumbo a una noche impropia. Lo vi sentado, sonrió sabiamente mientras me acercaba y, antes de comenzar a hablar, lanzó un ruego: “no hagas hincapié en lo personal, por favor”. Yo sabía que él tenía, para entregarme, un relato mítico acerca de un héroe colectivo, algo así como un Eternauta de Claypole. No se veía por la ventana una tormenta de nube tóxica, pero, por lo bajo, se hablaba de un virus que se acercaba desde los aviones. Entonces, comenzó a recordar esos días, cuando un grupo de futuros sobrevivientes, se preparaba para la Batalla Cultural. Ellos ya lo sabían: el protagonismo, siempre, es virtud de un grupo de personas, más allá de la cantidad, que construyen un héroe en grupo y no el clásico héroe individual, que triunfa sin ayuda ajena.

Marcelo Montero, un Juan Salvo de Claypole, es un viejo vecino del barrio. Vivió a pocas cuadras de lo que, hoy, es La Casa. Un barrio de piberío, barro, fútbol de baldío y las tardes en el cine del cura. Militando el cristianismo, creyendo en la espera, pateando calles de tierra para ir a ver tres películas en continuado y soñar desde la magia orillera del Gran Buenos Aires. Una tarde vio a su padre, junto a otros vecinos, actuar en ese mismo escenario, justo el del cine, y fue su primer roce con el teatro comunitario. Sin duda, esa herencia de la infancia y adolescencia marcó a fuego el deseo de tener un lugar de encuentro en el barrio. Ese pibe, hincha de Huracán, quería un equipo lírico, como aquel del ´73, con toques y goles, pero, de la Cultura Popular. Después, llegó la guitarra, las primeras canciones, una, en especial, que los rememora, hablando de todo aquello y que les grabó, nada menos, que Litto Nebbia (https://youtu.be/GBaqueJk9Ss).

En la primavera de 2011, ya nadie recordaba a los Cascarudos, ni la invasión, la Batalla de Claypole había sido ganada y, allí, se juntaban, una vez más, decenas de eternautas a saludar al nuevo tiempo que, quizá, fuera el mismo de los 70, ahora, sin Brindisi, sin Houseman, pero, con un equipo compacto que se inventaba en cada partido y que, siendo local, sería imbatible.

Salí del bar pensando que, en parte, había cumplido, traté de no hacer hincapié en lo personal, pero, no pude evitar recordar mis lecturas de El Eternauta y recordar a Juan Salvo, ese héroe colectivo. Cuando me alejé de La Casa, el espíritu era el mismo, antiguo, ardiente, pero, remozado y sin el terror que los había demorado.

Fervor: Seguramente que, en esta historia que vamos a contar, hay una épica, una epopeya barrial que huele a gloria ¿Cómo nació La Casa, en qué contexto?

Marcelo Montero: En el 2009 pudimos comprar, con un par de amigos, una casa bastante destruida en el centro de Claypole, con la idea de formar un espacio de encuentro, con charlas y cine-debate. La comenzamos a reformar y, en la calentura del hacer, nos metimos a construir un teatro en la parte del terreno baldío. Así que, después de un año y medio, el fin de semana del 14 octubre del 2011 pudimos inaugurar. Con el tiempo, el espacio fue incorporando talleres de formación artística, muralismo, elenco vecinal de teatro y un grupo de cine comunitario, entre otras actividades. En el año 2013, se creó una pequeña productora audiovisual y se instaló una radio on-line, donde los espacios son gratuitos y abiertos a las propuestas de vecinos y alumnos, que mantienen el lugar con un aporte solidario grupal.

Viglieti. Foto: Pablo Villares.

F: Me gustaría que nos hables sobre una propuesta que conmueve -y sé que es uno de los baluartes de La Casa- y que, también, genera un inmenso capital simbólico: la idea de un ciclo de Jazz en Claypole:

M: El fin de semana de la inauguración, vino, un viernes, Litto Nebbia y el sábado, queríamos traer algo más alternativo, vino Escalandrum. La sala se llenó los dos días, pero, particularmente, con Escalandrum la cosa fue increíble. Gente que, seguramente, nunca había ido a un show de jazz, escuchaba con un respeto sorprendente, aplaudía los solos, una ovación en cada tema. Eran vecinos de toda la vida, con quienes nunca nos habíamos encontrado alrededor de la música. A partir de esa noche, surgió la idea de hacer un ciclo de jazz en Claypole.

Finalmente, organizamos dos ciclos de cuatro meses cada uno, en 2012 y 2013, todos los fines de semana. Traíamos un par de figuras para moverlo y, después, se armaba el resto del ciclo con artistas locales. Así que tuvimos la suerte de ver pasar por la casa a Hugo Fatorusso, Gillespie, Escalandrum (cuatro veces), Aca Seca, bandas de Francia, Suiza y Paraguay. En fin, una movida muy linda. Del ciclo salió un documental, que, además de tener bastante música, habla del involucramiento de los vecinos en la producción de un DVD, filmado en La Casa, para Suiza. Jazz en Claypole, así es el nombre del documental, lo que intenta narrar, en realidad, es la experiencia de apropiación, por el barrio, de un género artístico que, a priori, puede juzgarse ajeno, que no corresponde al imaginario y la cultura barrial.

Finalmente, el documental ganó algunos premios, por ejemplo, fue Premio al mejor documental en la XIII edición del Festival de Cine inusual, seleccionado para el Festival de Cinema Latinoamericano de Trieste, en Italia, y un par de exhibiciones más en Suiza e Italia, además de varias veces, acá, en el conurbano. En fin, una hermosa experiencia de laburo colectivo.

(Ofrecemos, a continuación, la página del documental: http://www.hecultura.com/jazzenclaypole. El mismo se puede ver en el siguiente link: https://youtu.be/yU5P0doGpDg. Vale la pena, para entender la movida de La Casa).

F: Cuando escuché hablar del trabajo de ustedes, en un lugar como Claypole, me sorprendí. Es un barrio chico, lejos del monopolio del Obelisco. Me imaginaba lo difícil de semejante patriada y, con el tiempo, me enteré que se iban expandiendo hacia barrios de los alrededores ¿Cómo es la movida cultural, en el barrio, a partir de la apertura de La Casa?

M: Creo que, en el principio, el espacio se orientó, específicamente, a la ampliación de los repertorios culturales. Entendemos que, el acceso de los vecinos de un barrio como el nuestro, a la producción cultural que no circula por los medios masivos de comunicación es extremadamente limitado y funciona, finalmente, como un dispositivo de discriminación simbólica, que define los gustos existentes. La movida, obviamente, es difícil, porque, después del interés inicial por un espacio diferente en Claypole, en estos 9 años, la convocatoria se hace cuesta arriba y nos genera una serie de contradicciones. Por un lado, porque es una realidad que lo reflexivo, en el contexto actual, no es convocante y que, si bien, desafiar los gustos impuestos rescata desde una rebeldía primitiva la autovaloración de un grupo frente a la segregación espacial (“¿y por qué no un festival de jazz en Claypole?”), muchas veces, propuestas tan distantes de los consumos populares establecidos refuerzan la autodiscriminación de los sectores más vulnerables que no se acercan al espacio.

Pero, finalmente, seguimos firmes en esa búsqueda: frente a la idea del arte como vehículo exclusivo de divertimento, el espacio propone el encuentro y la reflexión, a partir de un disparador artístico que genere descubrimientos y reflexiones comunes, en temas que estén dramáticamente vigentes en el cotidiano del barrio, como la diversidad, la discriminación, los derechos humanos, las migraciones, etc., mediante la implantación de debates, después de cada evento.

F: Sé que esto que estamos charlando podría ser como una especie de hoja de ruta, de disparador para proyectos de este tipo, para mucha gente que visualiza lo cooperativista, pero, lo ve como algo lejano y se queda en la expresión de deseos. Ustedes se organizan de una manera particular, pero, realizable. Contanos, por ejemplo, ¿qué son las Temáticas  Anuales?

M: Después de los primeros dos años, donde la propuesta se centraba, exclusivamente, en la oferta de repertorios culturales alternativos, a finales del 2014, nos comenzamos a cuestionar nuestras propias prácticas. Si entendíamos el arte, realmente, como una herramienta de transformación, debíamos concebir el accionar de las prácticas culturales como un conjunto de intervenciones y procesos sociales que trasciendan la simple suma de espectáculos, teniendo claro dónde intervenir, por qué hacerlo y cuáles son sus objetivos. Se deciden abordar las actividades del espacio amalgamadas por una temática anual transversal a todas ellas. Así, las temáticas que se fueron sucediendo fueron: Mujer, cultura y género; Latinoamérica; Diversidad e integración; Derechos humanos; Tierra y medio ambiente; y, justamente, este año, la temática es Cultura en resistencia.

Creo que esta es una de nuestras prácticas más ricas como grupo, ya que, de aquí, surgió la necesidad de implementar, anualmente, jornadas de reflexión con vecinos, alumnos, profesores y gestores para discutir los resultados de los trabajos temáticos y, a partir de estas prácticas, se generó nuestra Carta de Valores y Compromisos. Que, hoy, es la guía de nuestro laburo.

F: ¿Qué nos puedes adelantar acerca de los proyectos de La Casa para el futuro?

M: Queremos seguir profundizando en la producción cultural comunitaria. La producción vecinal de cine, teatro y radio nos lleva ser a protagonistas como comunidad, ya no sólo accediendo a los derechos culturales como espectadores, sino, como partícipes de los procesos de creación de información, entretenimiento, expresiones artísticas y material culturalmente relevante generado en el barrio. Nos proponemos ser vecinos responsables, construir una identidad desde la perspectiva simbólica.

La cultura como resultado de una construcción colectiva, como la posibilidad de imaginarnos y construirnos comunitariamente. En la que participamos todos e, igualmente, todos elegimos, libremente, desde qué elementos construir, dialogando con experiencias, saberes y elementos diversos.


Copiamos, a continuación, el link de un video, para conocer algo de la producción de cultura vecinal, el proyecto de Muralismo: https://youtu.be/YcIwXi9eFfI.

Esta es su página web: http://www.hecultura.com

Las producciones audiovisuales están en el canal de youtube de La Casa: http://www.youtube.com/lacasaclaypole


Jorge Garacotche es músico, compositor, integrante del grupo Canturbe y miembro de AMIBA.

 

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