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De lo poco que nos pudimos reír durante la pandemia

Las nuevas auto-cámaras indiscretas

En los ‘90 fueron un furor los bloopers. Tanto es así, que, cuando comenzaron a quedarse sin material posible, pasaron a realizar las cámaras ocultas.

En los bloopers captados por cámaras domésticas (viajes, fiestas, actividades deportivas, etc.), principalmente, aparecía un error por descuido, por impericia, por distracción. Digamos un accidente. Algo involuntario. Henri Bergson diría que la risa aparece cuando vemos lo mecánico calcado sobre la vida. Una falta de elasticidad. Una mala adaptación.
En las cámaras ocultas se trata de forzar el error, sobre la base de una confianza en la vida cotidiana, de hacer caer en la trampa. Romper, dañar, ensuciar un objeto personal de la víctima.

Sobre la base de la metonimia. Cualquier elemento personal, por extensión, es parte de la persona, su identidad. Se busca la risa a partir de la degradación de un objeto personal, porque, la imaginación del público no diferencia la persona, por ejemplo, de la vestimenta. Son una.

Sin embargo, tenían un alto costo. Muchas veces la víctima se avivaba y todo se echaba a perder. Económicamente, no era viable. Incluso, recibían demandas por daños y perjuicios, por el mal momento vivido. Luego, se encontró una salida para poder seguir. Se buscó un cómplice para evitar el contratiempo judicial. Pero, el riesgo de que no saliera bien la cámara oculta seguía estando latente.

Por lo tanto, se optó por ficcionalizarla en su totalidad. Por supuesto, sin decirlo abiertamente. Pero, era más que evidente que todos eran actores o, en el caso de una víctima famosa, estaba avisada. Sin duda, exponerse a esa burla traía aparejado un beneficio. Una publicidad muy importante, sobre todo, por el rating del programa que hacía la broma.

El Gran Hermano estaba en la misma lógica. Por un lado, satisfacer cierto grado de voyerismo del público, mirar por la cerradura de la puerta las 24hs. En este caso, sin el costo de la vergüenza inherente si somos descubiertos. Por otro lado, exponer e incitar a los participantes a dar rienda suelta a lo que, en la sociedad, se trata de aplacar. A saber: los impulsos eróticos y violentos. Por eso, se impulsaba a que surgiera entre los participantes -que, si bien, era una competencia- tonos muy agresivos, alianzas y complots. Claro que no quedaba exenta la risa del público cuando se suscitaban momentos de fuerte degradación entre los participantes.

Los nuevos formatos de realytis, también, abusan de la degradación del otro. Cocinar, bailar, cantar, etc. Toda actividad competitiva que lleve a un objetivo o un logro, entonces, es susceptible de burla si no se llega al resultado esperado. Por eso, se muestra, también, el proceso y el detrás de escena, que, siempre, tiene múltiples errores en la tentativa de llegar al resultado. David Le Bretón relata, en uno de sus libros, la experiencia de un antropólogo. Como prueba etnológica, ofreció una canasta llena de manzanas a un grupo de niños de una tribu. La consigna era una carrera. El primero que llegara a la meta se llevaría toda la canasta. Cuando da la señal de partida, los niños se agarraron de las manos y, así, cruzaron todos a la vez la llegada. Cuando el antropólogo preguntó por qué habían hecho eso, les respondieron: porque si ganaba uno solo, el resto no tendría manzanas. Sin competencia, parte de la burla se pierde.

Podríamos decir que un impulsor tenue fue Roberto Galán. Con programas de competencia como Si lo sabe cante y Yo me quiero casar y… ¿usted?. Donde forzaba y exponía a los participantes  a un cierto lugar de patetismo irreversible.

Con la multiplicación de las cámaras, a partir de  los teléfonos móviles, y la proliferación de cámaras de seguridad en casas y calles, de nuevo, se obtuvo mucho material de bloopers.

Pero, con la pandemia nos encontramos con una nueva modalidad. A través de las cámaras de las computadoras, en los encuentros con los otros, en las distintas plataformas. Uno pasa a ser un espectador involuntario de los devenires de cámaras y micrófonos abiertos.
Erving Goffman, sociólogo canadiense de la escuela de Chicago -década del 30-, nos ayuda a entender ciertas características de la interacción social, que podemos, mutatis mutandis, adaptarlas a las nuevas modalidades.
La puesta en escena en el zoom. Mostrar y no mostrar, esa es la cuestión.
Toda interacción social se da en base de un intercambio de status y de poder. Esto implica, también, una puesta en escena, tanto del cuerpo como del entorno. Goffman utiliza la metáfora del teatro para describir las prácticas sociales. Y usa, justamente, los mismos términos del teatro: decorado, utilería, detrás de escena, vestuario, etc.

Claramente, el espacio cibernético, que no deja de ser un intercambio simbólico, necesita de una puesta en escena. Hay cosas que se ocultan y, otras, que, deliberadamente, se dejan ver (se muestran). Para eso, nos fuimos convirtiendo en pequeños cineastas. Corregir la luz, el sonido, dirigir bien la cámara, etc.
Los decorados que se  muestran detrás son variados. Desde la más extrema neutralidad, como una pared lisa, hasta un biombo que no deja ver que hay detrás, pero, que invita a imaginarlo. El fondo biblioteca, para cierto sector social, está dentro de los más usados. También, jardines al aire libre constituyen parte de un decorado posible. Es un juego entre mostrar y no mostrar. Todo lo que se pueda ver es susceptible de interpretación. Y lo que brilla por su ausencia también.

La vestimenta constituye otro factor de la puesta en escena. Ya que es el lugar de nuestra voluntad y la mirada del otro (Todorov).

Es sabido que, si no necesitamos levantarnos durante el zoom, sólo nos vestimos presentables de la cintura para arriba. En una charla de dos mujeres en la calle, una le decía a la otra, que, últimamente, sólo se maquillaba los ojos, que los labios no valían la pena, ya que, estaba todo el tiempo en el trabajo con el barbijo.

 

Ciberbloopers

 

Sin poner ejemplos concretos, todos tenemos varios en la memoria (retina) y se podría decir que existen, en un conjunto más o menos invariante.

Depende de la posición que ocupemos (profesor, conferencista, entrevistado, oyente, etc.) en el intercambio online. Existen grados de gravedad en los errores, según los roles. Hay un orden de la interacción y un orden expresivo que respetar.

Es muy común que aparezcan (como los gatos en el escenario), detrás de cámara, terceros que se cruzan, en el mejor de los casos con ropa. O que interrumpan hablándole al conferencista, sin saber que estaba in live. O que se den cuenta, cuando ya es demasiado tarde, que son tomados por la cámara y traten, disimuladamente, de escaparse de la situación, lo cual es mucho más gracioso.
Otras, de las más habituales, son los micrófonos abiertos, que captan incorrecciones verbales o sonidos de dudosa moralidad.

Pero, el premio mayor se lo lleva, siempre, la cámara encendida cuando se cree que está apagada. Accedemos a la hipérbole de la intimidad. Cuando los actos más privados se hacen públicos. Nunca sabremos, a ciencia cierta, hasta dónde el voyerismo incita a cierto exhibicionismo virtual.

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