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Cuando la mentira es la verdad

El hombre que llegó a un pueblo, de Héctor Tizón (Mil botellas)

Un hombre, del que nunca sabremos –del que nunca necesitaremos saber- su nombre, llega, montado sobre un burro, a un pueblo perdido y abandonado (el pueblo, pero, también, el hombre). Para su sorpresa, en aquel lugar, todos lo reciben con bombos y platillos: están esperando a un cura que les prometieron, hace muchos años, les iban a enviar desde la gobernación para hacerse cargo de la liturgia del pequeño poblado.

No obstante, la necesidad y el apremio del recién llegado, un fugitivo que huyó de la cárcel una semana atrás -dato que se nos revela inmediatamente-, el hombre no tardará en confesarles, a quienes lo reciben, que él no es aquel que piensan que es. Sin embargo, a los vecinos y vecinas les importa poco o nada quién (no) es este forastero, y así, sin mayores dilaciones, lo incorporarán a la vida monótona, aunque organizada, de esa extraña comunidad.

Con una casa en la que hospedarse, limpieza semanal y comida diaria, el nuevo habitante del pueblo será aclamado durante un buen tiempo: se lo cuidará, respetará, defenderá y hasta se le pedirá todo tipo de consejos. Y, como el pueblo funciona como un rompecabezas en el que cada habitante es una ficha que tiene un rol determinado, el recién llegado cumple la función de cura y, por lo tanto, deberá hacer todo lo que le pidan, desde dirimir todo tipo de cuestiones hasta dar la extremaunción.

Pero, como en toda comunidad que se precie de tal, la novedad tiene fecha de vencimiento y lo que, en un principio, llama la atención, pronto -o ni bien comience a entorpecer el funcionamiento establecido de las cosas- pasa a ser reemplazado por algo más nuevo aún. He aquí la cuestión. Y la segunda parte de la historia, también.

Más allá del argumento, que abarca una temática universal de manera profunda y con un uso sutil de la ironía, otro punto a favor de esta gran novela es la construcción que Tizón hace del relato. La historia, que pretende ser una crónica, está contada por un narrador testigo que se esfuerza por ser lo más objetivo posible en su versión de los hechos, tanto como en las descripciones minuciosas de los lugares en donde se desarrolla la acción: “de la dilatada construcción de esta carretera que unió la capital con viejas poblaciones diseminadas hacia el norte y hacia el este, hay testimonio fehaciente, con cifras, estadísticas, tres mapas y dieciséis planos con cota de nivel”.

El hombre que llegó al pueblo, reeditada este año por Mil botellas, cuenta, además, con un breve prólogo del autor -escrito en 2004- que es un lujo: a sabiendas de que la historia, por su prosa tan sencilla como prolija, transmite sin fisuras una profunda reflexión filosófica acerca de la verdad y la mentira, Tizón deja flotando, como yapa, una bella interrogación retórica: “¿somos hechura de nuestra propia historia, de nuestros deseos e ilusiones, o hechura de aquello que nos atribuyen?”.

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