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Rubén Juárez, el Álbum blanco en tiempo negro

El 13 de febrero de 1947, se firmó el acta de compra de los ferrocarriles británicos y, el 1 de marzo de 1948, el Estado Nacional tomó posesión formal. Para los argentinos, manejar los ferrocarriles era visto como un acto de soberanía. El proceso de industrialización que estaba desarrollando el país requería un Estado fuerte y ferrocarriles en manos estatales para impulsar la producción nacional. La red ferroviaria continuó creciendo hasta 1954, año en que se llegó a los 47 mil kilómetros de extensión, la mayor conseguida en nuestra historia.

En 1949 es reformada la Constitucional Argentina, conocida como Constitución de 1949. Tal reforma se llevó a cabo durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón (1946-1952) y se incluye dentro de la corriente jurídica mundial del constitucionalismo social. Entre sus principales normas, incorporó los derechos de segunda generación (laborales y sociales), la igualdad jurídica del hombre y la mujer, los derechos de la niñez y la ancianidad, la autonomía universitaria, la función social de la propiedad, la elección directa del presidente y el vicepresidente y la posibilidad de su reelección.

En ese contexto, procedentes de la provincia de Córdoba (más precisamente, de la localidad de Ballesteros), llegan, a Estación Retiro, Jorge Rubén (de apenas dos años), su madre, llamada Miguelina, y su padre, Jorge. Es posible que, al salir de la gran Estación Terminal de trenes, tomaran el tranvía eléctrico número 22 que, en su extenso recorrido, desde Retiro hasta Quilmes, pasaba por Avellaneda/Sarandí, provincia de Buenos Aires. Allí, se bajaron, en aquella barriada populosa donde comenzaría una nueva vida para la familia.

Seguramente, Miguelina Gauna y Jorge Juárez, por aquellos años de pleno peronismo, venían en busca de un futuro mejor. La inmigración interna era permanente y, como decía el refrán, “Dios es argentino, pero atiende en Buenos Aires”. Años más tarde, Rubén Juárez contaría: «Cuando yo tenía dos años, mi vieja se fue a Buenos Aires y consiguió trabajo para todos: incluido mi viejo y los hermanos de ella. Volvió a buscarnos y allá fuimos. Nos establecimos en Sarandí, en una casa grande, con tíos y abuelos»

Pibe inquieto y futbolero, Jorge Rubén creció en una familia que, siempre, estaba dispuesta a encontrar algún motivo de celebración. Jorge, su padre, hincha de Independiente, lo asocia al rojo de Avellaneda. Para ese momento, Jorge Rubén, con 6 años de edad, había comenzado sus estudios de bandoneón con Domingo Fava, músico de la orquesta de Héctor Varela y vecino del barrio. Un par de años más tarde, todavía en pantalones cortos, pasó a integrar, como bandoneonista de fila, la orquesta de tango del Club Atlético Independiente.

Luego, llegaron los asaltos, los pic-nics y el camino de la música se iba haciendo de a poco. A los 16 años, actúa en un conjunto de rock, integrado por muchachos de su barrio. Con el nombre The Black Coats, participan en fiestas y reuniones juveniles. Dos años después, integra el conjunto rockero Los Tammys, donde actuaba Johny Allon. El conjunto adopta el nuevo nombre de Los Telestars, donde Juárez actuaba con el seudónimo Jimmy Williams. Así, debutan en Radio El Mundo, presentados por María Moreno y Silvio Soldán. Esta experiencia dura cerca de dos años.

Pero, ya para ese entonces, con 17 años de edad, había trocado su afición futbolera y se había hecho hincha fanático del Racing Club de Avellaneda. Similar a ese giro futbolístico sería el cambio rotundo y definitivo musical, al ir a ver una actuación de Julio Sosa, con la orquesta de Leopoldo Federico, que sucedió, quizás, no casualmente en Racing Club. Dice Rubén Juárez: “Comenzó la orquesta de Leopoldo y entró Sosa recitando un poema de Celedonio Flores: ‘Pido permiso señores, este tango habla por mí, y mi voz entre sus sones dirá por qué canto así…’. ¡Me morí! Y, al otro día, ni bien me levanté, para ir a trabajar, le dije a mi vieja que quería ser cantor de tango. Ya para ese entonces, iba seguido a la casa del que fue guitarrista de Julio Sosa, Héctor Arbelo. Y uno de esos días, me dice Arbelo: ‘¿Sabés qué, Rubén?: dejá el laburo, vos naciste para cantar y tocar el bandoneón’”.

Rubén Juárez. Foto: álbum familiar de Rubén Juárez.

Esta y otras historias están narradas por Rubén Juárez y Héctor Arbelo en una parte del documental que acabamos de finalizar, con idea argumental de Gastón Varela y mi dirección (Carlos Varela), titulado Álbum blanco en tiempo negro. Allí, Rubén dice: “Yo tenía 17 años y Héctor (Arbelo) fue a pedirle permiso a mi mamá ¡A mi mamá!, para que me dejara ir de gira por el interior del país. Y, así, comenzó todo”.

Me gustaría agregar, a las palabras de Juárez, un comentario fundamental de José Pepo Ogivieki, director musical de Rubén Juárez por 23 años: “Sin Arbelo, no hubiera existido un Rubén Juárez”.

Y, ya que mencioné el documental Álbum blanco en tiempo negro, quiero agregar que se trata de una obra que cruza el proceso de producción del último disco de Juárez con el contexto histórico-político-social en que fue realizado: las nefastas jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, que dejaron 39 asesinados en todo el país a manos de las fuerzas represivas estatales y provinciales, continúan con el recambio de 5 presidentes en 12 días. Y, luego, concluyen en otros crímenes de Estado, de los militantes sociales Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, en junio de 2002, en Estación Avellaneda, también, asesinados por fuerzas policiales.

Como dije, mientras todo eso acontecía, con Rubén Juárez y José Ogivieki íbamos realizando la grabación del que sería el último disco de estudio de la carrera artística del Negro: El Álbum blanco de Rubén Juárez.

Podría extenderme mucho sobre su figura, sobre su film Tango bar, con Raúl Juliá, sus giras, sus noches del Caño 14, sus presentaciones en la TV Argentina -en los Sábados Circulares de Mancera-, el padrinazgo de Aníbal Troilo, sus discos, su amistad con El Polaco Goyeneche, las actuaciones memorables en el Café Homero de la calle Cabrera -en Palermo Viejo-, los escenarios compartidos con Litto Nebbia, Charly García, Juan Carlos Baglietto y tantos otros. Podría, pero sería interminable.

Prefiero resumir las cosas diciendo que el Negro Rubén Juárez fue un artista único e irrepetible: como cantante, como músico y como compositor. Y ha dejado un legado importantísimo en la juventud, a la que supo reunir, sumar, pasarle yeites, armonizaciones, formas de fraseo y demás en esos mano a mano que compartía en las Recaladas. Recaladas que él comprendió, casi pedagógicamente, que iban más allá de un escenario y que eran integradas por amigos, colegas y compinches de la noche y la bohemia.

Todo eso es Rubén Juárez. Y a 10 años de su partida, quiero recordarlo en presente, porque el tango lo pone en presente a manos de los músicos jóvenes, que lo adoran tanto como los más veteranos.

Por eso digo: ¡Viva el Tango y viva Carlos Gardel, que era de Racing! ¡Y Viva Juárez, carajo!


Carlos Varela es cantor, productor discográfico, artístico, televisivo y radial.

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