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Familia y espíritu de aventuras en El final de la Calle Oak

En la nueva película de David Robert Mitchell, la aparición de lo insólito opera como una oportunidad para recuperar el tándem familia-barrio-acción y, con él, cierto espesor dramático propio del cine de aventuras de los ’80.

 

Tal vez porque con Te sigue (It follows, 2014) logró darle un sello distintivo al terror, haciendo del espacio barrial todo un epicentro dramático, David Robert Mitchell parecía, a priori, una buena elección para este retorno al universo de los dinosaurios como elemento invasivo. Elemento que esta historia pone en tensión con una familia en crisis. Así, al menos, lo entendió el productor J. J. Abrams, director de Super 8 (2010), otra película que también se nutre del espíritu de aventuras ochentoso. Tanto aquel opus (habría que cambiar a los dinos por los ET’s) como El final de la Calle Oak transcurren en esa década. Ingresan en la órbita de productos audiovisuales como It y Stranger Things, que les enseñaron a las nuevas audiencias cómo era crecer en tiempos analógicos, en los que la aventura pasaba por salir en grupo a andar en bici y no en estar todo el día con un smartphone en la mano.

Y si de emociones se trata, El final de la Calle Oak nos ilusiona en unos pocos fotogramas con el cuadro de la familia feliz, pero no pasan ni cinco minutos y ya sabemos que mamá Denise (Anne Hathaway, en un gran año gracias a El diablo viste a la moda 2 y La Odisea) y papá Greg (Ewan McGregor) no están en su mejor momento, sobre todo porque él está teniendo problemas con el alcohol y ella pretende ser “algo más” que una ama de casa, algo que recuerda cada vez que se encierra en el sótano a escribir una novela. Un libro que, tal vez, la pueda sacar de la medianía. Y todo se hace más duro, porque hay un acuerdo más o menos tácito para que los hijos, Audrey y Brian, no se vean afectados por la crisis marital. Pero todo estallará por los aires (de modo más o menos literal), cuando mediante un extraño evento cósmico el barrio se vea “encapsulado” en un tiempo prehistórico. Lentamente, irán notándolo, percibiendo un peligro que los puede llegar a matar.

El espíritu de aventuras que emana la película es deudor de películas como E.T. y, en menor medida, Los Goonies, en donde además de superar barreras insólitas había que seguir creciendo al ritmo de la “vida normal del suburbio”. Pero la saga que inevitablemente pone en la mente del espectador un parangón ineludible es Jurassic Park, con sus reptiles extintos queriendo destruir a todo y a todos. En ese sentido, si bien las secuencias de acción tienen vuelo propio, no asombran porque ya hemos visto mucho de eso antes (y mejor, además). Sin embargo, la película juega con cartas nobles, a riesgo de ser tildada de naif; genera secuencias sólidas en términos dramáticos, como la del momento en el que Greg posa para una foto que, ante los ojos de su esposa más adelante, adquiere un nuevo y emotivo significado. 

Sin ser una obra maestra ni lograr que la suma de las partes (estrellas globales, un director con ímpetu creativo, un productor y un estudio poderosos) genere un relato memorable, El final de la Calle Oak emociona, da un par de buenos sustos y nos conecta con un tipo de cine que todavía tiene mucho para dar.


Ezequiel Obregón es Profesor en Letras por la UBA y periodista cultural. Es estudiante de la Carrera de Artes Audiovisuales, con orientación en Realización (UNLP). Asimismo, integra el Área en Investigación de Ciencias del Arte del Centro Cultural de la Cooperación. Es votante de los Golden Globes y del Premio Teatro del Mundo (UBA) e integra la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina. Vive en San José, Temperley, provincia de Buenos Aires.

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