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Entrevista al cineasta y músico Jorge Zima, autor del libro Restos diurnos

En su reciente publicación, Zima nos ofrece una indagación introspectiva hecha en tiempos de pandemia. A través de sus poesías y relatos (complementados con singulares ilustraciones), construye un texto multiforme, melancólico, situado en la era del COVID, pero pleno en vigencia.
Con Restos diurnos nos asomamos a aquellos días de distancia social, barbijos y alcohol en gel; de momentos solitarios y el temor ante un posible contagio. No han pasado tantos años, pero percibimos ese periodo -o intentamos que parezca- lo más distante posible. Zima, que firmará ejemplares en la Feria del Libro de Buenos Aires (martes 28 de abril de 20 a 21hs. en el stand 1221, “De los cuatro vientos”) dialogó con Con Fervor.
Ezequiel Obregón: Al comienzo del libro, mencionás que una de las cosas que más emociona es la inteligencia. Recuerdo que durante la pandemia se sostenía mediáticamente la idea de que luego de que ésta terminara, “seríamos mejores”. ¿Supimos hacer de la “inteligencia” un factor clave para que se cumpla esa idea? ¿Qué aprendimos, en tal caso?
Jorge Zima: Pensé y escribí eso como algo curioso, que me llamaba la atención. Porque a la emoción se la suele relacionar más con lo artístico y no con la inteligencia, que parecería ser de otro palo. Pero, sentí la necesidad de reivindicar la inteligencia como algo bello. Como una cualidad humana que se está convirtiendo en una perla rara. Justamente en aquellos días de pandemia, hubo atisbos de humanidad, de solidaridad, que en medio de la desazón nos hicieron ilusionar. Pero duró poco. O, en todo caso, fueron eclipsados por gestos más barbáricos de una irracionalidad que comenzó a ganar la escena.
La pandemia, una calamidad que reclamaba inteligencia y sensibilidad colectiva, sirvió en cambio como un gran reflector que dejó al desnudo nuestro lado menos virtuoso. Y a juzgar por lo que estamos atravesando hoy como sociedad, acá y en gran parte del mundo, fue un caldo de cultivo para el desenfreno irracional y egoísta. Queda la esperanza de que aprendizajes más profundos, que suelen correr a otra velocidad, se manifiesten más tarde, en modos que ahora no podemos vislumbrar.
EO: Elegiste plasmar tus impresiones de aquel tiempo en formato de texto. Dado que tenés una vinculación con otras artes, ¿por qué elegiste dar a conocer tu poesía y tu reflexión en un libro?
JL: También hice canciones y escribí guiones. Pero, estos textos y dibujos fueron mi descarga más directa. No escribí pensando en que se convirtieran en un libro, para nada. Escribí por pura necesidad, para dialogar conmigo mismo, para que los pensamientos no se me metan para adentro.
EO: El universo onírico recorre todo el libro, lo cual aporta un nivel de abstracción apreciable, y en pocas ocasiones mencionás datos históricos concretos. Lo hacés con la Guerra entre Rusia y Ucrania ¿Por qué decidiste no hacer tanto hincapié en lo contextual?
JL: La sensación que tenía en ese momento, cuando estaba en mi casa, era como la de estar en un barco. Pero no en cubierta. Y mi universo era el interior de ese barco y mi interior. Cada tanto, me asomaba a alguna ventanita y se colaba algo del paisaje. Nada de lo que está en el librito fue premeditado o buscando algún efecto. El momento consciente se produjo después, cuando decidí seleccionar y ordenar el material. Ahí descubrí eso mismo que resaltás y me gustó. Me parece más potente que el contexto aparezca apenas como una pincelada.
EO: Los dibujos me llevaron a la impronta de Alfred Jarry y asociarlos al texto me resultó complejo, en el buen sentido ¿Cómo trabajaste la dosificación entre prosa, poesía e imagen?
JL: Como te decía, la única etapa reflexiva de este “trabajo” se dio en la última etapa. Una vez que los textos y los dibujos ya estaban hechos sin que hubiera mediado ningún procedimiento de elaboración artística, se fue dando que en lo que escribía se mezclara con total libertad distintos lenguajes o formatos. Y los dibujos se iban acumulando a un costado, disputándose el territorio de mi escritorio. Luego, me di cuenta de que se podían juntar, que los dibujos, al estar junto a los textos, abrían todavía más las posibilidades, las sensaciones que podían despertar en el receptor de este experimento.
Por otro lado, me parece que los dibujos le quitan solemnidad a algunos textos. Los empujan para el juego, hacen que lo grave no pierda profundidad, pero sí cierto peso y puedan danzar un poco.
EO: Si tuvieras que imaginar el lector ideal de tu libro, ¿qué podrías decir de él?
JL: Diría algo relacionado a esto del juego que acabo de mencionar. El lector ideal sea tal vez una persona que se permite dudar de todo, que no ve incompatible lo existencial con lo aparentemente banal. Alguien que, como dice Caetano en la canción Vaca profana, respeta mucho sus lágrimas, pero todavía más su risa.
Ezequiel Obregón es docente en el área de Lengua y literatura y periodista cultural. Es estudiante de la Carrera de Artes Audiovisuales, con orientación en Realización (UNLP). Integra el Área en Investigación de Ciencias del Artes del Centro Cultural de la Cooperación. Vive en San José, Temperley, provincia de Buenos Aires.






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