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Discepolín

Enrique Santos Discépolo nació en Buenos Aires el 27 de marzo de 1901 y falleció en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1951. Fue un compositor, músico, dramaturgo y cineasta argentino. Es recordado, especialmente, por componer tangos fundamentales, ​ entre los que destacan Yira, yira (1929), Cambalache (1934), Uno (1943) y Cafetín de Buenos Aires (1948).​ Norberto Galasso, uno de los más reconocidos biógrafos de Discépolo, expresó que su vida “fue un permanente desgarrarse en una sociedad injusta […] sólo comprensible en el marco de la sufrida Argentina del siglo XX”.

​En 1928, compuso el tango Esta noche me emborracho, popularizado por Azucena Maizani. Más tarde, entre 1928 y 1929, escribió Chorra, Malevaje, Soy un arlequín y Yira, yira, entre otros.

Entre 1931 y 1934, escribió varias obras musicales, entre ellas, Wunderbar y Tres esperanzas. En 1935, viajó a Europa y, a su regreso, se vinculó al mundo del cine como actor, guionista y director. Simultáneamente, escribió y compuso sus tangos más notables: Cambalache (1934), Desencanto (1937), Alma de bandoneón (1935), Uno (con música de Mariano Mores, 1943) y Canción desesperada (1944).

 

Decreto 7695

 

En 1938, durante la presidencia del Dr. Roberto M. Ortiz, se estableció la Comisión de Estudio y Reorganización de los Servicios de Radiodifusión en la República Argentina (Decreto 7695). La comisión presentó un informe y un proyecto que no llegó a concretarse. Sin embargo, trajo como consecuencia un incremento en la aversión contra el lenguaje de las canciones populares.

Alarmadas, las agrupaciones gremiales de artistas escribieron una dura carta dirigida al presidente de la República:

“Hasta qué punto una medida como la que se preconiza, de restricción a la transmisión de obras representativas de la literatura y cancionero popular y eliminación lisa y llana de estaciones, perjudicaría la difusión de aquellas, como perjudicaría a la vez, a millares de hogares argentinos al dejar sin trabajo a muchos artistas y músicos vinculados con la radiofonía”.

El 20 de agosto de ese mismo año, la revista SADAIC publicó un editorial titulado

En defensa del cancionero popular argentino.

Allí, se defendía que el nivel común de sus letras no es inferior al de las similares que se cantan en el resto del mundo y, en muchos casos, acusan una destacada superación (…) Lo que está cayendo son, a la postre, expresiones nacidas en las calles de nuestra ciudad, es cierto, pero, aceptadas luego en los hogares porque no llevaron a ellos ninguna resonancia bastarda o canallesca.

El Estado debe controlar. Es lo que sostiene la Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música, porque, su propia importancia la obliga a sostener invariablemente lo que estima justo y necesario (…) sabrá dirigirse, a quien corresponda, ostentando sus títulos para ser la única autorizada a revisar lo que en las emisoras se canta y ser una censora sin el adusto ceño de los tercos ni la mediocre pedantería de los cursis, sino con la clara mirada de los comprensivos. Entonces habrá llegado el momento de echarles un vistazo prolongado a esas canciones extranjeras que corren y se multiplican por las ondas hertzianas.

A partir de 1943, en el marco de una campaña iniciada por el gobierno militar, que obligó a suprimir el lenguaje lunfardo, como, así también, cualquier referencia a la embriaguez, la prostitución y el proxenetismo o expresiones que, en forma arbitraria, eran consideradas inmorales o negativas para el idioma o para el país se incluyó al tango Uno dentro de los censurados para su difusión radiofónica.​

Las restricciones continuaron al asumir el gobierno constitucional del general Perón y, en 1949, directivos de SADAIC le solicitaron al administrador de Correos y Telecomunicaciones, en una entrevista, que se las anularan, pero, sin resultado. Obtuvieron, entonces, una audiencia con Perón, que se realizó el 25 de marzo de 1949, y el Presidente -que afirmó que ignoraba la existencia de esas directivas– las dejó sin efecto y Uno, al igual que otros muchos tangos, pudo volver a la radio.​

 

Directivos de SADAIC con Juan Domingo Perón.

Desde los estudios de la radio, identificó con el apodo de «Mordisquito» a los que consideraba “carneros” de la oligarquía o cipayos, combatiéndolos activamente. Su participación en ese programa y la defensa del peronismo le trajo el odio de muchos, al punto de comprarle todas las entradas de sus espectáculos a fin de que, cuando saliese a escena, viera el teatro vacío. Estos hechos, de gente a la que consideraba amiga, lo llenó de profunda tristeza, lo cual precipitó su fallecimiento en 1951.

 

Discépolo cuenta cómo escribió Yira, yira

 

“Yo no escribí ‘Yira… yira…’ con la mano. La padecí con el cuerpo. Quizás hoy no la hubiera escrito porque los golpes y los años serenan. Pero tenía veinte años menos y mil esperanzas más. Tenía un contrato importante con una casa filmadora que se empeñaba en hacerme hacer cosas que me desagradaban como artista… Como hombre digno. Y me jugué. Rompí el contrato y me quedé en la calle. En la más honda de las pobrezas y en la más honrada soledad…

‘Yira… yira…’ surgió, tal vez, como el más espontáneo, como el más mío de los tangos, aunque durante tres años me estuvo ‘dando vueltas’ inspirado en un momento de mi vida. Yo, sin un centavo, me fui a vivir con mi hermano Armando a la calle Laguna. Ahí surgió ‘Yira… yira…’, en medio de las dificultades diarias, del trabajo amargo, de la injusticia, del esfuerzo que no rinde, de la sensación de que se nublan todos los horizontes, de que están cerrados todos los caminos. Pero en aquel momento, el tango no salió. No se produce en medio de un gran dolor, sino con el recuerdo de ese dolor.

Discépolo con Carlos Gardel.

‘Yira… yira…’ nació en la calle. Me la inspiraron las calles, el hombre y la rabia de Buenos Aires… La soledad internacional del hombre frente a sus problemas…

La letra de esa canción yo la padecí más de una vez. Pero nunca tanto como en la época en que la escribí. Hay un hambre que es tan grande como el hambre del pan. Y es el hambre de la justicia, de la comprensión. Y la producen siempre las grandes ciudades donde uno lucha, solo, entre millones de hombres indiferentes al dolor que uno grita y ellos no oyen. Londres gris, Nueva York gris, Buenos Aires…, todas deben ser iguales… Y no por crueldad preconcebida sino porque los hombres de las grandes ciudades no pueden detenerse para atender las lágrimas de un desengaño. Las ciudades grandes no tienen tiempo para mirar el cielo… El hombre de las ciudades se hace cruel. Caza mariposas de chico. De grande, no. Las pisa… No las ve… No lo conmueven…

‘Yira… yira…’ fue una canción de la calle. Grité el dolor de muchos, porque de esa manera estoy más cerca de ellos. Usé un lenguaje poco académico porque los pueblos son siempre anteriores a las academias. Los pueblos claman, gritan, ríen y lloran sin moldes. Y una canción popular debe ser siempre el problema de uno padecido por muchos…”.

 

Fuentes

Escritos inéditos de Enrique Santos Discépolo, Buenos Aires, Ediciones del Pensamiento Nacional, 1986, págs. 28-30.

El tango y las instituciones de Julián Barsky.

 

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