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Continuidad de los barrios

Pinta tu aldea y serás universal. La frase, que algunos voluntariosos le atribuyen a Tolstoi y que, seguramente, Tolstoi jamás pronunció, puede llevar a confusiones: ¿qué significa pintar tu aldea? Deliberadamente o no, todos los escritores pintamos nuestra  aldea o lo que, en modo urbano, sería nuestro barrio. Pero, ¿para satisfacer esa consigna basta con realizar una minuciosa descripción, un  meticuloso inventario de la geografía que rodea a los protagonistas de las historias? No, no basta. En enero de 1963, en un irreverente comentario bibliográfico que publiqué en El Escarabajo de Oro, escribí: “Nos molesta un poco encontrarnos con un Buenos Aires que se lee, pero que no se siente, como, también, nos molesta que el Buenos Aires fantástico y algebraico de La muerte y la brújula, del ‘europeizante’ Borges, siga siendo más auténtico que estas burdas caricaturas, donde se toma lo espurio, lo convencional, lo pintoresco de nuestra ciudad”.

No recuerdo que Kafka, tanto en sus cuentos como en sus novelas, haya mencionado las calles de Praga. Pero, me bastó con ir a Praga, caminar por sus calles, para encontrarme con los textos de Kafka. Visitar el célebre castillo fue volver a las páginas de El Castillo, entender la novela en toda su dimensión. James Joyce publicó un volumen de cuentos, Dublinenses, ambientado en la capital de Irlanda. Su novela Ulises narra el deambular de Leopold Bloom por esas calles. Desde hace más de medio siglo, todos los 16 de junio, innumerables personas repiten el mismo itinerario que, en aquel 16 de junio de 1904, hiciera Leopold Bloom. Bloomdays se llama esa celebración. Lo curioso es que, en ese mismo año 1904, James Joyce se marchó de Irlanda, para no regresar jamás. Esto no impidió que Dublin fuese el escenario de la totalidad de su obra.

Kafka, que vivió la mayor parte de su vida en Praga, casi no se refirió a los barrios de Praga. Joyce, que abandonó definitivamente Irlanda, se ocupó de mencionar, tenazmente, las calles de Dublin. Tanto en Kafka como en Joyce, ya sea por omisión o por inclusión, esos barrios están ahí, inmortalizados.

Cuando los devotos lectores de Joyce recorren las calles de Dublin, del mismo modo que cuando los fervientes lectores de Kafka recorren las de Praga, se topan con algo más profundo que la mera mención geográfica. Si únicamente se tratara de la topografía, ese paseo tendría poco valor, ya que, como bien se sabe, los barrios, fatalmente, se transforman: las calles cambian de nombre, edificios que ayer estaban hoy no existen, aquel viejo bar se ha transformado en un repetido local de McDonalds, y otros tantos desastres. Esta fatalidad, nos lleva a aventurar que hay una Praga privativa de Kafka, como hay un Dublin privativo de Joyce, estén o no pintados. Esta circunstancia se repite en toda la gran literatura.

La Mancha, esa región de España que se extiende por las provincias de Toledo, Cuenca, Ciudad Real y Albacete, comenzó a ser, adquirió otra dimensión, a partir del Don Quijote. Cuando uno llega a la manchega llanura, que cantara León Felipe, siente la presencia del Quijote, aunque ya no estén los molinos de viento, las tabernas o las posadas que describiera Cervantes.

Los barrios romanos de Moravia son diferentes a los de Pasolini. Ambos, a su vez, son distintos a los barrios romanos reales. Sucede lo mismo con los florentinos de Pratolini o los palermitanos de Vittorini o de Sciacia. Esto, invariablemente, lo encontraremos en la literatura del mundo entero. Y, por supuesto, también, en la literatura argentina. No es casual que haya mencionado a la república Checa, a Irlanda y a Italia. Esos países contienen barrios de larga data, con extensa historia. Nuestros barrios, en cambio, son muy jóvenes, apenas superan los doscientos años de vida, una cifra modesta comparada con Europa y Oriente. Ni siquiera cargamos con un honorable pasado precolombino, como del que se enorgullecen México, Colombia o Perú. El sitio en el que, primero Mendoza y luego Garay, clavaron sus espadas fundadoras no era otra cosa que un dilatado páramo, con tribus que estaban lejos, no sólo por razones geográficas, de las civilizaciones incaica y azteca.

Leopoldo Marechal.

Curiosamente, ese desamparo demandó que la reciente Buenos Aires fuese contada y cantada sin descanso. Si carece de pasado, se lo inventa: “La juzgo tan eterna como el agua y el aire”, establecerá Borges en su Fundación Mitológica. A pocos días de la Revolución de Mayo, Esteban de Luca y fray Cayetano Rodríguez publicaron poemas en los que mentaban las escasas calles de la joven ciudad. A partir de ese momento, los barrios de Buenos Aires se incorporarán, definitivamente, en la literatura argentina. Los habrá afables, como los supuestos por Juan Cruz Varela en La gloria de Buenos Aires. Y los habrá feroces, como el evocado por Esteban Echeverría en El matadero. No es casual que los dos grandes movimientos literarios de esta ciudad adoptasen los nombres de Florida y de Boedo. En el primer caso, la calle que representaba a la burguesía, elegante y atildada. En el otro: el barrio que contenía al proletariado vehemente y combativo.

Podríamos aventurar que, con los barrios, en literatura se repite algo parecido a lo que sucede con los camellos en el Corán, no es preciso nombrarlos: están. A veces, sólo basta con una mínima mención. A los 21 años escribí un cuento que comenzaba así: “Vivíamos en la esquina de Gaboto y Brandsen, a una cuadra del puerto”. Era la crónica de una traición y tenía por protagonistas a dos ladrones de poca monta. Sólo mencionaba a las calles de La Boca en esa línea inicial. Por aquellos años, ahora no recuerdo bien si una biblioteca o una sociedad de fomento, convocó a un concurso de cuentos. Los participantes debían cumplir con una premisa ineludible: las historias tenían que suceder en La Boca. Envié El Bocha, le dicen (así se llama el cuento) y tuve la fortuna de obtener el premio. Entonces, comprendí que, aunque no me hubiese demorado en una sola descripción, La Boca del Riachuelo, de una u otra manera, estaba en ese relato.

¿Habrá que pensar que esto, fatalmente, sucede? ¿Qué, más allá de nuestras intenciones, el entorno, siempre, aparece? Pero, no es casual que casi todos los clásicos contemporáneos de nuestra literatura aludieron a los barrios de la ciudad. Cada cual lo hizo a su manera. Roberto Arlt mostró calles por la que transitan marginales, soñadores fracasados y  delatores: Leopoldo Marechal, que en ninguno de sus poemas se ocupó de Buenos Aires, escribió una de las grandes novelas argentinas en la que menta a la ciudad desde el título. Adolfo Bioy Casares eligió las calles del barrio norte, lo que no le impidió deambular por los suburbios. Ernesto Sábato optó por una ciudad nocturna, subterránea, con laberintos de cloacas pestilentes. Julio Cortázar, desde la distancia, tal como sucediera con Joyce, no pudo eludir a la ciudad que dejara en 1951. En uno de sus cuentos memorables, El otro cielo, cumple con el pacto por partida doble: pone en movimiento a un personaje que, fantásticamente, vive en dos épocas y en dos ciudades distintas: París, por los alrededores de 1870; Buenos Aires, a mediados de 1940. Este mismo personaje entra por la Galería Güemes, en Buenos Aires, y sale por la Galería Vivienne, en París.

Arlt, Marechal, Bioy Casares, Borges, Sábato, Cortázar y un vasto número de autores argentinos cumplen con aquella supuesta frase de Tolstoi con la que comencé esta nota. Claro que la calidad de todos ellos no se limita en pintar la aldea: referirse a un barrio es apenas una excusa, una apoyatura, con el fin de entrar en asuntos más universales y menos folklóricos. Si sólo nos dedicáramos a pintar la aldea, a contar al barrio, no seríamos escritores, sino, diligentes redactores de coloridas guías de turismo.


Vicente Battista es escritor y guionista.

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