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Charly, cada día canta mejor

Gran parte de la Argentina festejó el cumpleaños número 70 de García, el Grande. Con Fervor se suma y lo recuerda en anécdotas sobre su calidad de músico y su virtuosa generosidad. Un capítulo fechado a mediados de 1979, los tiempos de La grasa de las capitales.

El sábado 23 de octubre de este 2021, un número importante de argentinas/os festejaron, de modo muy especial, el cumpleaños de Charly García, ya que, este grande del rock nacional, ya cuenta 70 abriles. Llamó la atención la profusa difusión de la conmemoración, pero, siempre pensando en positivo, uno diría que está bien que la prensa, en general, reaccione de ese modo, como pagando viejas deudas. Es probable que, en la Argentina de hoy, sea el último de los grandes héroes nacionales y populares, con un corpus de canciones memorables que atravesó a varias generaciones. Hay una patria rockera y estoy seguro que García es uno de esos grandes patriotas. De los pocos ídolos a los que se le perdona casi todo. Hasta sus intervenciones políticas, como cuando, en un concierto en Córdoba, se sumó al público cantando aquel viejo hit de 2019 que puteaba a Macri. O cuando, la noche en que fue reelegida Cristina Fernández, se subió a un escenario, montado en Plaza de Mayo, para festejar junto a la gente con su música.

En estos días, hemos escuchado varias voces que recordaban anécdotas vividas junto a Charly, de manera que, desde nuestra tribuna de Con Fervor, voy a sumar la mía. Espero que mi aliada, la memoria, no desafine ni se vaya de tiempo.

Corría el año 1979, un año muy duro para el país, en general, y para la cultura, en particular. Con un mundial en los bolsillos de la Dictadura Cívico, Militar y Eclesiástica, se hacía muy difícil eso de andar en cuestionamientos y, menos, de índole política. Las matanzas seguían siendo un secreto y los desastres económicos, fabricados por Martínez de Hoz y su asociación ilícita, tenían carta blanca. La censura hacía de las suyas y la estupidización tenía jornada completa. Por ese entonces, yo era un pibe que estudiaba en la Escuela de Jazz del gran Walter Malosetti y que salía de aquellas clases sumergido en una inmensa emoción por los conocimientos recibidos, pero, al término de dos o tres cuadras, comenzaba a preguntarme para qué servía saber todo eso en un país disciplinado por monstruos.

Tenía un grupo, que intentaba fusionar el rock argentino con aires tangueros, producto de venir escuchando a Invisible, Alas, el propio García, Litto Nebbia, Rodolfo Mederos y otros. Por eso, lo denominé Canturbe, algo así como el canto urbano. Tocábamos en teatros y clubes, algunos colegios, no era fácil armar una agenda. Nos acompañaba una pequeña prensa escrita y algún que otro programa de radio, que difundía esa corriente. Las actuaciones en vivo, el famoso boca en boca rockero, notas en las revistas del palo y un contacto con el famoso productor de rock El Gordo Martínez (aquel que llevó a Los Gatos al disco y produjo La balsa) acercaron a un productor artístico del sello Phillips, quien podría contratarnos para lanzar nuestro primer álbum. Todo se fue acelerando, ese tipo vino a escucharnos a un ensayo y comenzamos a conversar para nuestro ingreso al sello multinacional.

Todo parecía lejano y reducido al mundo de los sueños, dada la época, pero, había indicios y entusiasmo como para equilibrar. Se contrató un estudio conocido, un técnico experimentado y el proceso de grabación tomó formas reales.

En la afamada y cuestionada revista Pelo, yo tenía un aliado, Andrés Alcaraz, quien, por esos días, era el jefe de redacción. Me había hecho un par de notas, anunciaba recitales nuestros y, un día, me preguntó si para el disco teníamos algún músico invitado en mente. Le dije que no, que éramos nuevos, de barrio, que no veníamos de parte de nadie y eso complicaba las relaciones. Me dijo que, por el tema de las canciones nuestras, su temática, la musicalidad reinante, nos vendría como anillo al dedo la participación de García. Lo miré como si me propusiera grabar en Abbey Road, con esa misma fe, pero insistió, asegurando que Charly era más accesible de lo que parecía, así que me facilitó su teléfono y dirección en el barrio de Constitución.

Como no lo conocía y supuse que, al anunciarme, no me iba a atender elaboré un plan: llamarlo desde cerca de la casa, un teléfono público de Entel, y constatar si estaba en su casa. Si era así, iba hasta el departamento y, ni bien alguien abriera la puerta, ingresaba. Claro que no estaba el problema de hoy en las puertas de los edificios, las inseguridades eran otras y mucho más graves. Una mujer llegó con unas bolsas, la ayudé con la puerta, simulé hablar por el portero eléctrico y ya estaba adentro. Toqué timbre y, de inmediato, salió Charly. Me anuncié a velocidad supersónica, expliqué qué hacía ahí, hablé sin parar, como copando la parada, y, entonces, él me hizo pasar. Conocía nuestro grupo de nombre y un amigo, que nos había visto en vivo, le contó que hacíamos algo medio tanguero. Se mostró abierto y simpático. De inmediato, dejó ver que, si lo nuestro le gustaba, no tendría problemas en participar. Sólo me pidió un cassette para escuchar lo que estábamos grabando y me anotó, con su mano izquierda, el teléfono.

En la próxima sesión de estudio, le pedí al técnico, Julio Presas, una premezcla para hacérsela escuchar a un productor; no quise decir qué tenía entre manos. Al otro día, volví a la casa de Charly, le di el cassette y me fui, porque él salía, al toque, rumbo a los ensayos de La grasa de las capitales. Lo llamé a los dos días con una carga inusitada de ansiedad, pero, sabía que era de esas para masticar solo en un bar, los psicólogos no debían ser consultados. Me dijo que el tema le había encantado, le gustaron los acordes y la armonía, que la letra era muy porteña y veía la canción más cerca de Spinetta que de sí mismo, lo cual era cierto, pero, saqué una carta de la manga: le argumenté que el palo nuestro era lo urbano, que ese era el concepto y, en ese marco, el tecladista que reinaba era él, sin ninguna duda. Arreglamos un encuentro en la casa para ver detalles y yo volví a la calle con un traje que nunca me había calzado. Empecé a pensar que los sueños podían acercarse si uno los llama por su nombre, que el deseo no era sólo una imagen con forma de mujer y que la música me abría una puerta hasta ese momento desconocida. Mientras tanto, seguí grabando lo que era mi primer disco. Pero, llegaba y hacía mi trabajo todavía vestido con ese traje que me regalaron en la puerta de la casa de Charly.

Foto: Freddy Berro.

Una tarde, estábamos en ese departamento de la calle Constitución, casi esquina Tacuarí, preparando los temas, charlando de las letras, de cosas del rock nacional y de una pasión enferma compartida: Los Beatles. Me contó que, con el primer disco de Serú Girán, había perdido más de 3 mil dólares, dado los pocos ejemplares vendidos. A esto se le sumaba la despiada crítica que lo destruyó. Hasta hubo una periodista que catalogó al tema Seminare como una canción de chetos, por aquello de “esas motos que van a mil”. Le conté que estuve en Obras Sanitarias en aquel concierto donde presentaron ese disco, que definí como una joya. Se sorprendió cuando le conté que mi novia se emocionaba hasta las lágrimas con la canción El mendigo en el andén, un temazo que me enseñó varias cosas. Se quedó pensando en algo que lo entusiasmó, se acercó al teclado y me dijo que recordaba un tema de ese disco, una letra que rememoraba una gira con La máquina de hacer pájaros. Y cantó, para mí, la hermosa canción Separata, con cierto aire Beatle y una dulcísima melodía tanguera. Lo escuché como si una radio me trasmitiera sonidos del cielo, la luz del sol apenas entraba y los ruidos de Constitución se quedaron mudos. Me habló de esa letra y vi un hombre solitario, rodeado de mucha gente, pero, solo. Esto es algo que, siempre, estuvo reflejado en sus canciones, que, en general, marcaban dos cosas, entre tantas: la soledad en la gran ciudad y el relato, en forma poética, de nuestra historia contemporánea.

Llegó el día D. Apareció, en el Estudio Edipo, sobre la calle Muñecas, en pleno barrio de Villa Crespo. En su abrazo ya percibí que me traía los planos de un mundo mejor. Me dijo que había limpiado la tarde y que se la dedicaba a Canturbe, el tiempo estaba de nuestro lado.

Comenzamos a trabajar y se me acerca nuestro bajista, Luis Blanco, por ese entonces, un pibe de 20 años y me dice: “por favor, no le digas que soy yo el que toca el bajo”. Lo miré sorprendido, pero, lo entendí. Luis era un gran bajista intuitivo, pero el laburo de Aznar, por esos años, metía miedo. A todo esto, el guitarrista, Alejandro Fiori, y el baterista, Gerardo Antonel, nunca llegaron, pensaban que la participación de Charly era un invento mío para ilusionarlos. Se lo perdieron por el horror de no creerle a un compañero. El resto de los pibes adolescentes que eran asistentes, plomos y amigos, que tenían puesta nuestra camiseta, seguro que hoy piensan que esa tarde estuvieron cara a cara con la gloria.

Charly grababa todo rápido, me daba ideas geniales y ya adelantaba planes para la futura mezcla. Todo lo comentaba con una gran seguridad. En el estudio, prepararon dos teclados de lujo: un String Ensamble Elka Rhapsody (el mismo que usaba Genesis) y un histórico Synth Minimoog, con sus sonidos deliciosos, casi místicos. Hizo un solo exquisito, con un sonido aflautado, en el tema Amurado en tu puerta y, sobre el final, descubrió una parte de guitarra que le encantó. Preguntó si me parecía bien hacerlo doblado con el teclado y, luego, agregar unas cuerdas. Por supuesto que asentí sin dudar. Me pidió un cuaderno pentagramado, le dijo al técnico que pase esa parte y, mientras eso iba sonando, él lo iba anotando en el pentagrama, sin necesidad de corroborar la notas, su oído absoluto se las iba revelando. Le pidió a Presas que mande esa parte otra vez, ahora, para grabar. En esa toma, hizo ese unísono y quedó. Una genialidad de la cual fuimos testigos privilegiados. En las partes que hizo sobre Los perros de Villa Gesell, confesó que era sencillo inspirarse: “amo Villa Gesell, un lugar hipón y lleno de perros. Y esta canción me cabe mucho”.

Cuando encaramos la canción De todos los inventos, explicó que lo que necesitaba esa letra era un armonio que le haga un colchón melancólico. Dio el ejemplo de la canción de Los Beatles We can working out ¿De dónde sacamos un armonio?, nos preguntamos todos. Charly pidió una caja de fósforos Fragata, la desarmó y, con la parte interna, trabó la última tecla del Elka, lo cual producía un sonido grave en modo pedal. En el sinte hizo los acordes de la canción y todos nos miramos, de inmediato, sin entender por qué escuchábamos un armonio. Charly es una cosa seria cuando se decide a frotar la lámpara.

Terminamos de grabar y salimos a la ciudad. Muñecas es una calle concurrida por muchos autos y dos líneas de colectivos. Esperamos un taxi y metí la mano el bolsillo para darle ese dinero: “¿qué hacés? hoy invito yo, no jodas”. Su voz, al decirlo, sonó a Paternal en pleno Villa Crespo.

Fui a su casa una tarde, preocupado y desorientado, a mostrarle el contrato leonino que me presentó el sello Phillips. Casi no entendí nada de lo que decía, lo único que me quedó claro es que había un gran acueste provocado por ellos y que duraría muchos años. Fue hasta un cuarto y trajo un contrato de Serú Girán con el sello Sazam Records. Era igual, salvo los nombres. El porcentaje para nosotros era del 4%, mientras que en el de Serú decía 6%, pregunté por qué tan escasa diferencia entre un grupazo y una banda nueva. Como con bronca y junando, explicó que era sólo un papel, “en la realidad nunca vamos a ver un mango”.

Ya en 1980, lo llamé para avisarle que el disco estaba por editarse y que tenía un ejemplar para llevarle de regalo. Recordó su promesa de invitarme a cenar para festejarlo y arreglamos una noche cercana. Llegué a su nuevo departamento alquilado en la calle Sánchez de Bustamante, a media cuadra de Avenida Las Heras y frente al Hospital Rivadavia. Me recibió junto a Zoca, su mujer brasileña, que lucía hermosa y luqueada como para una fiesta. Ella puso, todo el tiempo, una sonrisa y una simpatía venidas de otra época. Cuando hablaba encendía todo, en especial, los ojos y los colores de Charly. Parecía todo producto de un sueño, pero, este tipo es una gran verdad y, por eso, sabe cómo transformar los sueños. En un momento, volvió a mencionar su viejo problema con la crítica musical, a la cual respondí con una observación: “vos tenés un problema serio, estás tres años adelante, cuando sacás un disco es criticado, pero, a los tres años, todos quieren tocar algo así”.

Recuerdo una noche en la que estaba escuchando el programa de radio de la benefactora Graciela Mancuso, que enamoraba las noches desde radio Mitre. Estaba anunciada una nota a Charly. Habló de nuestro disco y su participación, de las letras y melodías, hasta del hermoso y politizado arte de tapa de Jorge Vizñoveski. Yo, en mi casa, escuchaba tan atento como agradecido las palabras de uno de los que marcó el camino de los músicos argentinos. Por esos años, Charly no era esa explosión masiva que ocurrió en su etapa solista y pos Malvinas, pero, nosotros, los rockeros, sabíamos muy bien quién era y su significado, su legado musical ya estaba rodando.

Siempre, pienso en esa virtud de los grandes, en dejar caer de su saco, de marcar con sus zapatos, esas huellas que sólo deja la generosidad. Quizá, en todo esto haya sobrevolado la idea de una corporación, de defender a capa y espada la continuidad de una especie de secta en desarrollo que sólo se proponía mejorar el mundo a golpes de canciones, a pura poesía. Además, no es un dato menor que, por esos años, el rock argentino fue atacado, perseguido y ninguneado. Muchos de sus cultores debieron irse del país, los recitales servían para justificar razias policiales y diversas formas de disciplinamiento. Entonces, los músicos, el público y la gente que nos rodeaba tenía que cuidar y cuidarse, difundir los trabajos, acompañar las propuestas y lanzar una batería de situaciones que nos ayude a sobrevivir, a tratar de superar una verdadera tragedia que, recién años después, fue escrita como tal. Charly, como tantos otros, cantó sobre todo eso, mandaba mensajes secretos a los que escuchaban, le puso fondo musical a un tiempo en donde los odiadores del arte lanzaban puñales hacia los cuatro costados y no todos podían esquivarlos.

Por esos años, no eran pocos los que cuestionaban a García, los que mentían en los bares acusándolo de comerciante, de falso, de oportunista, de todas esas razones que sólo los envidiosos saben esgrimir. Pero, no hay gilada mayor que prestarle atención a los carcomidos por la insana envidia. Todo esto que fue relatado pone en claro que el personaje nunca se desvió, jamás renunció a sus ideales. Que cuando le pedían daba, que sabía muy bien lo que era acompañar. Los comienzos de García, de la mano de Sui Generis, también, fueron teñidos por sinsabores, derrotas, largos plazos, abandonos y todo eso que se percibe en aquellas maravillosas letras.

Está bueno hablar de su bigote bicolor, de su metro noventa, de una flacura extraña y un modo de hablar sarcástico, pero, pienso en esa foto de una figura oscura dibujada en una pared de Nueva York, del álbum Clics modernos. Muestra un corazón que brilla, mientras, más abajo, Charly fuma tranquilo, sabiendo que su corazón brillante le pone a esas canciones todos los condimentos. Claro que está muy bien recordar anécdotas con Charly García, pero, dejemos en claro que la sensibilidad y la generosidad son algunas de sus mejores banderas.


Jorge Garacotche es músico, compositor, integrante del grupo Canturbe y miembro de AMIBA (Asociación de músicas/os Independientes Buenos Aires).

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