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Notable antología de poesía japonesa traducida por el poeta mexicano Édgar Trevizo
Édgar Trevizo, Bajo la sombra silvestre de un naranjo, Interzona, 2025

Debo comenzar esta reseña señalando la exquisita edición, cuya tapa y contratapa poseen la reproducción de una obra realizada por el gran artista japonés Hiroshige (1797-1858), admirado e imitado nada menos que por Van Gogh. Asimismo, debo señalar que no sé japonés, con lo cual no puedo cotejar las traducciones con sus originales. Pero, sí puedo expresar que las versiones de Trevizo son realmente poéticas y de una consumada sensibilidad y sutileza. La edición no es bilingüe, tampoco posee un prólogo ni datos sobre las/os poetas traducidas/os. Édgar Trevizo es poeta, traductor, editor y promotor de la poesía. Publicó tres poemarios y una decena de antologías y traducciones.
Las/os lectoras/es se encontrarán en este volumen con poemas de una profunda sensibilidad y una honda expresión de la belleza y la sabiduría de la naturaleza. Destacamos que la mayoría de los poemas no llevan título. Quizá sean las dos palabras que más están presentes en este libro luna y flores (“…como si la luna / hubiera florecido”; “…el brillo / de la flor del ciruelo es / la luna nocturna de la primavera”; “en la claridad de su escarchada luna”; o “Ese que mira, / también le aporta algún color / a la luz de luna”) y el recurso poético más utilizado la personificación: “esta lenta luna”; “el cielo nunca ha visto”; o “el agua duerme”. Asimismo, está muy presente el oxímoron y de modo poco usual, como aquí: “la blanca noche”, donde posee ese color debido a la luz lunar. No deja de sorprenderme la capacidad de las/os poetas japonesas/es para crear imágenes de la belleza de la naturaleza con escasos recursos y el mínimo de palabras: “Tras una ráfaga de viento, / el blanco rocío en el pasto de otoño / se esparce / como un collar de perlas roto”; o “escucho las campanas de la tarde / vibrar entre pétalos flotantes”. De igual modo, son sorprendentes las maravillosas metáforas que pueblan estas páginas: “…la flor / de las olas del mar / no conoce el otoño” (se refiere a la espuma); “…las sonrisas de la tierra brotan…” (obviamente, son las flores); “…gotas / de luna…” (la lluvia); “pétalos de nieve a la deriva / en la primera luz de la mañana” (son las flores de los cerezos); o “Una flor de olas” (nuevamente, la espuma).
La sutileza es otra de las características principales de esta poesía y, especialmente, el modo tan tenue de transcribir en palabras los sentimientos humanos: “Tus finas promesas / fueron como el rocío de la vida / para una planta casi seca, / pero ahora, / el otoño de otro año pasa ya”. Realmente, me deslumbra esta pregunta que lanza, al final de su poema, Fujiwara No Okikaze: “¿quién de entre nosotros tiene / algo que reprocharle a la primavera?”. La comparación de la luna y las flores es permanente y siempre diferente: “La radiante luna / circula en su camino arriba, / por encima de las nubes. / Aquí abajo, son las flores / las que arrojan luz al mundo”.

En algunos poemas se hacen presentes las creencias religiosas japonesas y su interesante mitología, como en este de Gesshȕ Jukei: “Termino, de un solo trago, / el vino de mi copa en que ha caído una gota de luna; / mi pecho es ahora como el cielo: El Palacio del Frío sin Fronteras” (que se refiere, como indica el traductor, al Palacio de la Luna). Claro ejemplo de la sutileza y la sensibilidad es este breve poema de Hueshima Onitsura: “Si somos humildes, / las silenciosas flores / nos hablarán por dentro”. Los árboles aparecen en muchos de estos textos, pero en este se complementa con la música que produce el viento con sus hojas: “el viento entre los pinos ha tenido siempre una misma voz” y me remite al poema de Rodolfo Alonso La canción de las hojas y a La balada del álamo carolina, de Haroldo Conti, que comienza, no por nada, con un poema japonés.
Uno de los tópicos más presentes en esta antología es el de la fugacidad de la vida y la sabiduría que implica este conocimiento en cuanto a la vanidad humana: “Como rocío que se evapora / como un fantasma que desaparece… / …así deberíamos vernos a nosotros mismos”: “Aquel que está conmigo ahora, / y hasta mi propio cuerpo, / también, / habrán de volverse nubes / y flotar en distintas direcciones”; “Amantes, no lloren ¡Todos somos insectos! / Hasta las mismas estrellas / tarde o temprano se despedirán”; o “La sonrisa del amanecer muere por la tarde”.
El amor también se deja ver de manera muy original, por ejemplo, en estos versos: “En este mundo / el color no tiene color, / y aún así, cuán profundamente / mi cuerpo / está teñido por el tuyo”; “Me consolaría / que regresaras / aunque sea por ese instante / en que brilla y luego muere / un relámpago al atardecer”; o “…voy hacia ti, / recorriendo el camino de los sueños”.
Y un delicado erotismo: “Recordándote… / las luciérnagas en este pantano / parecen chispas / que se elevan / desde el anhelo de mi cuerpo”; o “Desde que mi corazón me trajo / a bordo de tu barca naufragante, / no ha pasado un solo día / en que no me haya empapado / el gélido oleaje”.
Algunos poemas son precedidos por un breve texto en prosa que narra la situación que lo generó. Hay también textos de tono filosófico-existencial-metafísico que, otra vez, con el mínimo de elementos nos llevan a reflexionar sobre la condición humana: “Hoy / nada en el mundo / es lo de siempre. / Esta es / la primera mañana”; “Este mundo es como / el brillo de la brisa entre las flores”; “En este mundo / caminamos sobre el techo del infierno / mirando las flores”; o “Cuando no hay ningún lugar / al que hayas / de llamar tuyo, / no importa a dónde vayas, / estarás siempre de camino a casa”.
Otro tópico muy presente es el de la capacidad o incapacidad -ceguera- para percibir la belleza de la naturaleza: “Compadezco, más que a los ciegos, / a quienes no saben alabarla- / la luz de la luna”. Debo decir que este poema de Kintsune evoca en mi memoria varios versos del poeta entrerriano Juanele (Juan L. Ortiz), donde el ser humano y la naturaleza se unifican: “Las flores se arremolinan / en el viento, como nieve / Eso que cae / soy yo mismo”. También, en diferentes poemas encontramos aquel tópico de la poesía universal tan querido por Calderón de la Barca: “Que la vida de un hombre no es más que un sueño”.
En estos tiempos en que la vida humana se torna tecnológicamente virtual y la inteligencia artificial, estos poemas nos obligan a sumergirnos en la naturaleza: “Huele el ciruelo: / ¿no es un aire de luna / llegado desde el cielo?”.
Santiago Julián Alonso es artista visual, escritor, dramaturgo, licenciado en Letras (UBA), periodista e investigador en el Centro Cultural de la Cooperación. Vive en Villa Ciudad Parque, Córdoba.





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