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La Julita: Strindberg otra vez

Comencé a trabajar sobre La señorita Julia después del conflicto con “el campo”, por la Resolución 125, en 2008. La conexión con Strindberg fue el conflicto de clases: uno de los núcleos de esta obra, escrita en 1888. En la Argentina, desde la última dictadura y con la consolidación del neoliberalismo en los años 90, ese concepto fue desplazado del centro del debate público. La discusión por la 125 lo trajo de vuelta: ¿Quiénes concentran la riqueza? ¿Quienes ejercen el poder real? ¿De qué manera esas relaciones moldean nuestra vida cotidiana?

La Julita no pretende ilustrar un clásico, sino ponerlo nuevamente en funcionamiento. Me interesaba recuperar el extraordinario laboratorio humano construido por Strindberg, ese estudio feroz sobre el deseo, la dominación, la humillación, la lucha entre los sexos y las tensiones de clase, para hacerlo dialogar con nuestra historia y con nuestro presente.

El teatro de Strindberg es para mí como un equivalente al cine de Ingmar Bergman. Una aparente sencillez formal que contiene una complejidad emocional inmensa. Bajo una superficie austera laten volcanes afectivos, resentimientos y pulsiones que, tarde o temprano, encuentran una vía de erupción. Ese mecanismo dramático es el que intentamos trasladar a la Argentina.

Por eso, la acción se desarrolla en una estancia bonaerense durante la noche del 31 de diciembre de 1978. La señorita Julia se convierte en La Julita, hija de un alto militar conocido como “el Embajador”, una figura omnipresente cuya autoridad organiza el universo de la obra. Ella ya no tiene veinte años: ronda los cuarenta y cinco. El deseo deja de ser una provocación juvenil para transformarse en una urgencia existencial, la rebeldía ya no expresa inmadurez, sino el peso acumulado de las frustraciones, del tiempo y de las oportunidades perdidas.

Pablo Finamore.

La Julita irrumpe en el espacio de los trabajadores creyéndose protegida por el privilegio de su clase y por la impunidad que le otorga el apellido. Provoca, seduce y desafía convencida de que nada puede alcanzarla. Pero el poder suele producir una ilusión de invulnerabilidad. Lo que sigue es la caída de alguien que descubre demasiado tarde que ninguna jerarquía garantiza el control absoluto sobre los acontecimientos.

Esta versión incorpora además un nuevo personaje: el Capataz, apenas mencionado en el original. Su presencia amplía el conflicto hacia nuevas formas de competencia, resentimiento y violencia entre los mismos trabajadores, revelando que las estructuras de dominación también se reproducen entre quienes las padecen. 

Durante años la obra permaneció en espera. Hasta que me encontré con Daniela Rizzo y ella encontró en esta Julita un desafío que hizo inmediatamente propio. Cuando vi a Jonás Volman en Las Hermanas Feller, supe que tenía la singularidad y la potencia que imaginaba para Juan. Sang Min Lee estuvo siempre, desde aquel 2008 en La Carbonera. Y Ezequiel Martelliti se me hizo presente cuando comencé a imaginar al Capataz. Con ellos fue posible transformar una idea en una experiencia escénica concreta con la satisfacción de la plenitud.

La puesta condensa toda la acción en la cocina de la estancia, reducida a una gran mesa alrededor de la cual se ubica el público. Las/os espectadoras/es comparten el mismo plano que las/os intérpretes y quedan atrapadas/os dentro de un campo energético cerrado, sin la distancia tranquilizadora de la cuarta pared. El objetivo no es reproducir el naturalismo, sino tensarlo hasta llevarlo a una dimensión expresionista donde el cuerpo, la palabra, el silencio y la proximidad física producen una experiencia de enorme intensidad.

Pienso La Julita como una autopsia emocional. Un dispositivo de exposición donde las relaciones humanas quedan abiertas sobre la mesa para revelar cómo el autoritarismo, las desigualdades económicas y las jerarquías sociales modelan los vínculos privados hasta contaminar, incluso, los gestos más íntimos.

Pero, también, podría leerse como una metáfora sobre nosotras/os mismas/os. Durante mucho tiempo nos pensamos como un país joven o como una democracia inmadura. Quizá, haya llegado el momento de abandonar esa comodidad y asumir que nuestro presente exige otro grado de responsabilidad colectiva. Madurar implica aceptar errores, revisar decisiones y hacerse cargo de las consecuencias.

En ese sentido, La Julita no es sólo una mujer que enfrenta el límite de su propia existencia. También encarna una sociedad que parece repetir, una y otra vez, los mismos mecanismos de sometimiento, frustración y autodestrucción. Pensarla en esa edad, atravesada por la conciencia del tiempo y por la imposibilidad de seguir postergando las decisiones, es también una invitación a interrogarnos sobre nuestra propia madurez histórica. Porque crecer no garantiza la salvación, pero seguir actuando como si aún fuéramos inocentes sólo prolonga la tragedia.

 

 

Ficha artístico-técnica:

Actuación: Daniela Rizzo (La Julita, hija de “El embajador”), Jonás Volman (Juan, el chofer de “El embajador”), Sang Min Lee (Cristina, cocinera de la estancia) y Ezequiel Martelliti (Capataz de la estancia)

Dispositivo escénico, luces y vestuario: Equipo de trabajo La Julita

Diseño gráfico: Paco Fernández

Prensa: Valeria Franchi

Asistente de dirección: Ezequiel Martelliti

Dramaturgia y dirección: Pablo Finamore

Sobre textos de: August Strindberg

 

La Julita puede verse los viernes a las 21.30hs. en La Carpintería Teatro, ubicada en Jean Jaures 858, CABA (el 24 y 31 de julio no habrá funciones). 


Pablo Finamore es actor, director y dramaturgo, con una extensa trayectoria en la escena argentina. Ha integrado elencos del Complejo Teatral de Buenos Aires y del Teatro Nacional Cervantes. Su trabajo ha sido reconocido con algunos de los principales galardones del teatro argentino, entre ellos los premios ACE, María Guerrero, Trinidad Guevara y Estrella de Mar.

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