Cultura y espectáculosDestacadasNotas de Opinión

El arte que usa al Estado para denunciar al Estado

Foto reportaje a Tiziano Cruz, ganador de la última edición de la Bienal de Arte Joven

«Mi nombre es Tiziano Cruz y soy de la provincia de Jujuy. He venido a contarles que mi casa de la infancia se está quemando. Es el fuego que hace arder el espanto de una vida que no es vida. Es el fuego el que permite soportar el frío de la soledad y de la indiferencia. El fuego que hace arder mi casa surge del roce entre los granos de arena que forman el desierto que llevo adentro. Tuve que infectarme de muerte para sobrevivir, para entender la vida y el dolor del mundo».

1° Manifiesto. Adiós Matépac (un ensayo sobre el recuerdo o la despedida).

Entrevistamos al artista Tiziano Cruz, ganador de la última edición de la Bienal de Arte Joven. Nació en la provincia de Jujuy, Argentina, en 1988. Es un artista internacional e Interdisciplinar. Su obra reúne, fundamentalmente, el lenguaje visual y teatral, la performance, la intervención artística del espacio público y la Gestión y Mediación Cultural en Instituciones públicas y privadas. Asimismo, es Intérprete Dramático, egresado de la Universidad Nacional de Tucumán, y realizó el Pos Grado en Gestión Cultural, por la Universidad Nacional de Córdoba.

Nos citamos en el nuevo acceso a la Villa 31, entre las estaciones ferroviarias de Retiro. Allí nos esperaba Macarena, la amiga de Tiziano, quien, como vecina, nos guiaría por la renovada estructura, hasta toparnos con el coloso edificio del Ministerio de Educación, luego, por el playón de misceláneas y las apretadas callecitas. Macarena es su amiga de infancia. Trabaja en el Comedor, dando asistencia a la niñez. Está cursando su ingreso a enfermería en la UNSAM (Universidad Nacional de San Martín). Me cuenta que eligió esa carrera porque le gusta ayudar.

Foto: Claudia Quiroga.

Fervor: ¿Cuál es la misión de un artista?

Tiziano Cruz: Ser un artista es un privilegio en los tiempos que estamos. Tenemos una gran responsabilidad con la sociedad, porque, en la desigualdad que plantea el capitalismo, donde todo es consumo, hacer lo que realmente queremos es un gran privilegio. Si este compromiso se vuelve una estética frívola, poco involucrada con lo que pasa, te aleja del arte. Esto lleva al artista a dejarse seducir por el mercado y olvidarse del mundo en el que vivimos. El arte es transformación, esa es la misión: poder alterar la realidad. A través del arte, se han concebido grandes revoluciones a lo largo de la historia.

F: En Adiós Matépac habita una historia personal, ¿cómo es su lugar y surgimiento hacia la escritura?

T: Hace cinco años que inicié el proyecto, el 20 de Mayo del 2015, con la muerte de mi hermana, en un Hospital de Jujuy. Ella fallece, a los días la enterramos y, al volver del cementerio, me senté a escribir en un cuadernito, desarrollando un cuento, desde la ciudad donde ocurrió, hasta el pueblo donde la enterramos. Conté esa peregrinación como una carta de despedida a mi hermana. Ese fue el germen de la obra, sabía que quería hacer algo y no sabía qué formato iba a tener, si una carta, un poemario, un libro, una obra de teatro, una performance… Fueron cuatro años de investigación constante.

F: ¿Cómo se investiga?

T: No sé si hay una receta. Mi proceso fue tratar de comprender qué quería. La obra ha ido mutando, antes tenía otro nombre, pensaba que hablaba de una cosa, pero, en realidad, hablaba de otra. En la obra, hay un posicionamiento fuerte con respecto al arte. Matépac es la etimología de “padre”. En el  teatro, nuestros padres son los griegos y Adiós Matépac era como despedirme de mi padre artístico y, también, despedirme de mi padre biológico. Esa era la búsqueda en sus principios y, tres años después, había algo que no me cerraba y, al pensar en mi padre, descubrí que lo que verdaderamente nos relacionaba  era el dolor, la pérdida. Esto lo descubrí en el 2018, en un viaje que hice a México (Beca de Creación de Obra, Iberescena).

Fue muy angustiante saber que lo único que me movilizaba y unía a mi padre era la tristeza. Y, también, poner en valor el camino que había hecho mi papá en relación a esta pérdida que nos unía. He estado muchos años peleado con mi papá, prácticamente, me he criado solo. Como que mi papá estuvo y no estuvo y la muerte de mi hermana ha venido a sanar la distancia que había con mi padre biológico. Pude valorar, comprender otras cosas.

Foto: Claudia Quiroga.

F: Decís que tu hermana «fallece», ¿hay personas, instituciones responsables de ese fallecimiento?

T: Hay tres instituciones imputadas, el Hospital Oscar Orias, la Clínica Lavalle y el Hospital Héctor Quintana, dos en la capital de Jujuy y, el tercero, en la localidad de San Martín y hay alrededor de 24 médicos relacionados con la causa.

F: Hay un hecho que nombrás en la obra y que posibilitó este encuentro con tu padre, el día en que él salió a encabezar la Marcha Ni Una Menos en tu provincia.

T: Esto ocurrió en el 2015 y es cuando, en Jujuy, se realiza una de las primeras marchas de NUM. Mi papá iba a comenzar el juicio. Yo estaba aislado en Tucumán, no queriendo saber nada. Unos meses después me contactan por Facebook, desde la agrupación Pan y Rosas, conocían el hecho y a mí en Tucumán y los asociaron. Me avisan que habían encontrado a mi papá en la marcha y que él se había acercado a pedirles si podía marchar con ellas.

F: Hasta ese momento, tu papá no había podido hacer ninguna demostración de ese dolor.

T: Era la primera vez que salía. Él no me contó que iba a ir a la marcha y me llega la fotografía. Fue muy fuerte, yo no estaba haciendo nada, me autoexiliaba y mi papá estaba encabezando la marcha con una cartulina blanca con la foto de mi hermana pegada que decía: Betiana Cruz Justicia. Hasta tenía la silueta de una mano. Me imaginaba cómo mi papá había creado ese cartel y salió a marchar.

«Ésta es mi casa de la infancia, esta es la pieza del medio, la puerta daba a la galería de la cual se podía ver cómo la gente llegaba y se iba del pueblo. Esta era nuestra cocina, que nunca pudimos usarla, porque, siempre, estaba llena de hormigas, entonces, cocinábamos acá. En esta parte de la galería, se hacía el fuego para preparar la comida y, por las noches, enterrábamos las brasas entre las cenizas para que el fuego nunca se acabara. Este es el río que bordeaba mi casa y, acá, mi mamá se sentaba por las tardes a lavar la ropa. Y acá crecían sus plantas, sus dalias. Y éstas son las plantas de duraznos de mi papá, rodeaban toda la casa y se unían unas con otras. Con mi hermana, nos gustaba jugar a rodear la casa. Entonces, trepábamos los duraznos e íbamos de rama en rama, cada tanto nos deteníamos a comer algunos o, simplemente, a mirar desde lo alto a mi mamá sentada al lado del río, veíamos cómo sus plantas crecían y, luego, seguíamos así hasta rodear toda la casa. Un día todo esto se quemó.»
2° Manifiesto. Adiós Matépac (un ensayo sobre el recuerdo o la despedida)

Foto: Claudia Quiroga.

En una entrevista que le hacen, mi papá dice: «no me van a devolver a mi hijita, lo hago para que esto no vuelva  a pasar».  Ahí es donde me replanteo mi rol como artista, ¿qué hago con esto? Porque no es solamente el caso de mi hermana, son muchas cosas que denuncio. Me cuestiono el rol del artista, problematizo el por qué uso ese acontecimiento para hacer obra. Denuncio a las instituciones, me meto a hablar de las instituciones dentro de una institución. Logro que las instituciones del Estado, de las cuales, también, dependen esas instituciones que han matado a mi hermana, financien este proyecto. Ese era uno de los mayores desafíos, me mataron a mi hermana, pero, voy a hablar de este acontecimiento y de todos aquellos que suceden financiados por el Estado. Que el Estado me haga decir esto que, también, es una posición política. El Estado tuvo la falla.

F: ¿Encuadrás el caso de tu hermana como un femicidio?

T: Sí. No sólo en Jujuy, sino, en los lugares más vulnerables, por el sólo hecho de ser mujer, joven y quedar embarazada. Betiana tenía 18 años, era joven y pobre, cursaba un embarazo de 8 meses. El bebé casi muere, primero le indicaron que podía esperar hasta los nueve meses, aún con grandes dolores. Luego, ya con rotura de bolsa, que no tenían atención neonatológica y la derivaron, sola, con una criatura en camino. No la trasladaron. Le practican una cesárea de urgencia, la peridural formó un coágulo que la iba a dejar con parálisis. Finalmente, eso desencadena un tumor cerebral y muere a los 20 días de dar a luz.

Ese trato es, siempre, para las que son pobres y que no han terminado el secundario, que están solas, que no tienen una figura masculina que se haga cargo. Hay una frase que, siempre, se usa allá: «así como has tenido la valentía de abrir las piernas para que te cojan, ahora bancate ésta»

F: ¿Qué es Matépac?

T: Es la etimología en griego de padre.

F: ¿Qué aprendiste de esa palabra?

T: Mi papá es una persona sumamente religiosa. Nos ha inculcado la fe cristiana como lo máximo. Mi papá es sano, va a la Iglesia, cree un montón. Y esa idea de padre, que marca el sendero del hijo de Dios, siempre, está en todos mis trabajos, porque me he criado con eso. Cuando decido llamar a esta obra Adiós Matépac, hago dos lecturas, tengo a mi papá biológico y a mi padre artístico, ¿qué hago con esto?

La formación que recibí de teatro es estructura. Ambas figuras te marcan un recorrido en la vida, formas de ser, de la cual he tratado de correrme siempre. También, era despedirme de una manera de hacer teatro, el teatro ya no es así y asá. Mi papá siempre me decía: «naces acá, terminas la escuela acá, trabajas en la municipalidad, armas tu familia». Eso es lo que tienen muchos de mis compañeros de la primaria y no he querido eso para mí. En algún momento de mi infancia y adolescencia, he dicho: yo no quiero esto.

Foto: Claudia Quiroga.

F: Participaste de la última edición de la Bienal de Arte Joven, ¿pudiste ver en otres compañeres, esta necesidad de correrse de este lugar, de matépac? ¿Hay nuevas dramaturgias y formas de contar?

T: Sinceramente no. Dentro de los cinco proyectos de escénicas, cuatro eran de Buenos Aires. Lo que se producía ahí era, más o menos, lo que se produce, lo que está de moda, la típica comedia que ves en muchos teatros, algo de teatro físico. Lo que vemos, en general, en el ambiente porteño. Para mí, no muestra disidencias y corrimientos estéticos. En cuestiones prácticas, mi obra ha sido un fracaso, porque la gente no empatizaba con mi obra. No sé sabía si era obra de teatro o performance. Era un chabón que venía de Jujuy, totalmente diferente, a contar la historia de él y con una estética en choque.

F: Postularte a participar de la Bienal era parte de tu estrategia, usar al Estado para denunciar al Estado, por la negligencia de la muerte de tu hermana, ¿cómo fue ese proceso de aportación?

T: Así como me postulé a la Bienal, me he postulado a otras convocatorias. Unas han salido y otras no. Cuando me llaman de la Bienal, en mayo del año pasado, me dicen que mi proyecto había quedado preseleccionado. No lo podía creer, quedar entre casi 500 propuestas de todo el país. Me asignan una fecha para el coloquio de defensa del proyecto, era el 7 de Mayo. Ese día había nacido mi sobrino, el hijo de mi hermana fallecida, y siento que hay algo del orden del universo que se empezó a mover. Vengo a hablar de mi historia y, además, es un día especial.

Fechas, fechas… El día de la conmemoración del fallecimiento de mi hermana me avisan que quedé seleccionado en la Bienal, que mi proyecto es uno de los cinco. Cuando termino de hacer las funciones, mi papá me llama para contarme que habíamos ganado el juicio al Estado Provincial de Jujuy, cuatro años después. La sentencia toma decisiones sobre esas instituciones imputadas por negligencia médica e indemniza a la familia. Fechas, fechas… ¡Algo se movió!

F: ¿Cómo ves el teatro de tu provincia?

T: Yo casi no produje en mi provincia, casi no me relacioné. Lo intenté, no se interesaron.

F: ¿Cuándo te fuiste?

T: Al ver a mi mamá, a mi sobrino nacido, era mucha responsabilidad, mis hermanos, mi papá. Tenía 25 años, sentí que no podía quedarme ahí. Me dije: si me quedo acá, voy a morir de tristeza y no puedo morirme. Me sentí culpable de haberme ido.

Foto: Claudia Quiroga.

F: ¿Cómo viniste?, ¿a dónde?

T: Primero me fui a Tucumán. Comencé a gestionar becas, no quería venirme desamparado. Sólo tenía una amiga que estaba acá. Me decía a mí mismo: «tengo que hacerme una carrera, trabajar, independizarme y, también, demostrar por lo que alguna vez me fui de mi casa, hacer arte. Que sí, que pude. Mi papá nunca quiso que estudie arte, hubiese querido que estudiara algo más útil. Me vine para acá con una beca que duraba cuatro meses, con la intención de que, en esos cuatro meses, pudiera jugármela a todo. En Tucumán, ya tenía un recorrido, tanto del público como de la prensa, pero, eso no me interesaba, porque sabía que mi búsqueda artística no se hallaba ahí. Entonces, me vine con toda la esperanza. Llegué, la beca se atrasaba en el pago, me había venido con unos ahorros y empecé a tirar CV por todos lados, ir y venir. Tenía claro que no quería trabajar en algo que no tuviera que ver con lo que yo había estudiado, quería algo con afinidad al arte. Hasta que un día me llaman del Recoleta, me entrevistaron y a los días empecé a trabajar ahí. Para mí, El Recoleta es como mi casa.

F: Al mismo tiempo que decís casa, es un lugar de contraste con tu casa biológica.

T: Sí. Trabajo en el área de atención al público y siento que milito todo el tiempo esa idea de democratización con el equipo que coordino, de tratar a todos por igual. El tipo de público que viene ha cambiado, porque hemos apuntando a la diversidad, ya no es un público tan selecto, está abierto a otros barrios. Hay gente de la Villa 31 que va al Recoleta, hay mucha gente en situación de calle que pasa por el Centro Cultural. Todos tienen el mismo derecho, porque es una institución pública. Nosotros somos anfitriones, somos el nexo entre la institución y el público. Es una tarea fundamental tratar a todos por igual: «lo que necesites, estoy, trabajo para vos».

F: Cuando te propuse un foto reportaje, te pedí que eligieras un lugar y estabas entre El Recoleta y la Villa 31, ¿por qué elegiste la Villa?

T: Los dos lugares marcan mi estadía acá, en Buenos Aires. Elegí el barrio porque El Recoleta, a veces, me aísla, como una burbuja, en algún punto, a la que no pertenezco. Cuando siento que estoy metido de lleno en esa burbuja, me vengo para la Villa. Tengo a mi tía y a mi amiga Maca, que viven acá, me siento en mi casa. En el playón venden las cosas que compramos allá, los olores son los mismos, me identifico con mi color de piel, con mis rasgos, es como si estuviera caminando por mi barrio. Cuando estoy triste y necesito bajar a tierra y no olvidar de dónde vengo, me vengo para acá.

F: ¿Para qué no olvidar de dónde venís?

T: Lo único que tengo es saber de dónde vengo. No sé dónde voy a estar mañana, pero, sí sé que vengo de un pueblo en el que me relacionaba de una manera y, eso, es lo más valioso que tengo para contar.

F: ¿Cómo es tu pueblo?

T: Es un pueblo chico, donde hay mucha gente, nos conocemos todos y, de alguna manera, somos familia.

F: ¿Cuál es tu misión al hacer arte?

T: Hace unos días, leía que decir lo que uno siente es un acto político, por eso, elijo hacer este arte, hablando del lugar de dónde vengo, de lo biográfico y exhibirlo como obra, diciendo: esto también es arte, la vida es arte, lo que una persona tiene para decir es arte.

F: ¿Podrías decir que tu arte te sana?

T: Sí. No podría ser otra cosa. En mi texto digo: «Tuve que infectarme de muerte para sobrevivir, para entender la vida y el dolor del mundo». El mundo parece bello y no lo es. La tristeza puede ser una obra de arte.

Foto: Claudia Quiroga.

«Un artista debe ahuecarse.
Un artista debe abrir el vacío en el cual la obra pueda tener lugar.
Un artista debe luchar, resistir y persistir
Un Artista debe luchar, resistir y persistir Un Artista debe luchar, resistir y persistir
Un artista debe hacerse camino en la selva de las cosas
Y a la vez perderse por el camino en la propia selva del olvido.
El mundo parece bello y el mundo nos aniquila.
Un artista debe mirar detrás de la fachada de la normalidad
Para descubrir que detrás de la fachada más impoluta hay siempre dolor y miseria.»

1° Manifiesto. Adiós Matépac (un ensayo sobre el recuerdo o la despedida).


Claudia Quiroga es directora teatral, dramaturga, actriz, investigadora, fotógrafa y artivista.

Comentarios de Facebook

Etiquetas

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cerrar
Ir a la barra de herramientas