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Se cumplieron 46 años del fallecimiento de Manuel J. Castilla

El gran poeta y letrista Manuel J. Castilla nació en la casa ferroviaria de la Estación de Cerrillos, provincia de Salta, el 14 de agosto de 1918 y murió, también en su provincia, el 19 de julio de 1980. Entrar en su poesía es como sumergirse en un inmenso río que refleja la belleza natural de su comarca y las injusticias sociales que padecen sus compatriotas una y otra vez. No sé si fue Alfredo Zitarrosa el que dijo que el mayor logro de un/a artista es volverse anónimo/a en la boca de su pueblo, pero Manuel lo ha hecho, ya que innumerables de sus versos son cantados sin que la persona ni siquiera recuerde quién los escribió. Sus letras, la mayoría musicalizadas por el Cuchi Leguizamón -fantástico pianista-, han sido cantadas por las/os más auténticas/os cantoras/es populares de nuestro país. Son memorables las versiones del Dúo salteño, Jorge Cafrune, Mercedes Sosa, el Chango Farías Gómez, Tomás Lipán y aquel disco de Juan Falú y Liliana Herrero titulado, justamente, Leguizamón-Castilla.
Fue uno de los fundadores del grupo La Carpa, donde se dieron a conocer grandes escritoras/es del noroeste argentino, como María Adela Agudo, Raúl Aráoz Anzoátegui, Julio Ardiles Gray, el mismo Manuel J. Castilla, José Fernández Molina, Raúl Galán, María Elvira Juárez, Nicandro Pereyra y Sara San Martín. Publicó los siguientes poemarios: Agua de lluvia (1941), Luna muerta (1944), La niebla y el árbol (1946), Copajira (1949), La tierra de uno (1951), Norte adentro (1954), El cielo lejos (1959), Bajo las lentas nubes (1963), Amantes bajo la lluvia (1963), Posesión entre pájaros (1966), Andenes al ocaso (1967), Tres veranos (1970), El verde vuelve (1970) Cantos del gozante (1972), Triste de la lluvia (1977) y Cuatro carnavales (1979). También publicó el libro Coplas de Salta (1972).
Cantó la imponente hermosura natural de su región, en poemas como Los árboles y Padre verano, donde la visión panteísta del mundo andino nos recuerda que los humanos somos sólo una parte de la naturaleza y no sus dueños. Cantó las culturas que viven en su región, en poemas como La baguala, La caja o Carnaval. Y cantó la injusticia social, por ejemplo, en su libro Copajira, que está dedicado “A los mineros de Oruro y Potosí” -recordemos que copajira es el agua ácida que sale de los desechos mineros y que tiene muchos minerales dañinos, como sulfato de cobre, hierro o cinc. Además, escribió dos libros en prosa: De solo estar (1957) y ¿Cómo era? (publicado póstumamente).
Se han publicado dos veces sus obras completas, la primera realizada por la editorial Corregidor y, la segunda, por EUDEBA y la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta. Las dos son muy valiosas, pero en ambas faltan sus maravillosas letras, como Balderrama, La arenosa, La pomeña, Maturana, Zamba de Lozano, Zamba de Juan Panadero o Canción de las cantinas. Tampoco están allí sus conferencias y otros textos que se han desperdigado por revistas y diarios. Es innegable que los versos de Castilla, que cantan la belleza y la lucha de nuestros pueblos americanos, están muy presentes en los tiempos actuales y es preciso leerlos y cantarlos siempre.
Los árboles
Ahora digo
Limpio de corazón, los ojos puros,
El nombre de los árboles de la tierra que habito,
Su alta serenidad, su lenta sombra
Y su resina cristalina y triste.
Yo voy a la madera y de ella vengo
Doblado en luz, quemado en arenales,
Con una sombra más entre los brazos
Como quien se recuerda con el alma del aire.
Vengo desde las vigas
Cenicientas, caídas, asoleándose,
Con la baba brillosa todavía de los bueyes
Y desde las semillas de los naranjos viejos
Sembradas por carreros en Orán y por loros
Sobre un camino solo y sin regresos.
Desde allí,
Desde el yuchán panzudo
Donde los peces miran su memoria de limo
Cuando los sapos rezan a la tierra,
Desde los urundeles serenísimos,
Quema la voz alzada de chaguancos y tobas
En el baile que muele maíces y dolores.
(¡Oh, pura levedad de los chañares!
¡Oh, doliente algarrobo,
sobre tu pensamiento los hermanos
siguen muriendo para hacerse pájaros!)
Si es que digo quebracho y digo brea
viene la sangre con sus polvaredas
y vienen los abuelos pensativos
doblados en la sal, juntando leña
sobre la costra ardida que le crece a Santiago del Estero.
Vengo desde el laurel que huele como el hombre,
Desde el fondo del cedro donde dormita la rosa
Su amanecer de greda
Y de los guayacanes donde comienza el ébano.
Vengo de allí, desde sus hojas vivas,
Desde el incendio en paz de los lapachos
Cuando los tarcos pierden un tierno olvido lila.
Yo sé de sus raíces
Por donde Dios camina lleno de barro y savia
Ciego y doliente, pero jubiloso.
Yo sé de sus veranos interiores
Y de los vendavales cuajados en sus vetas
Cuando el hombre era apenas
Un blando mineral sobre la tierra,
Una memoria enamorada.
Voy a sus huesos verdes,
Bajo el solazo que tritura cañas;
Me pierdo por la sombra rota de las papayas
De cuyos frutos pende
El semen de todas las primaveras venideras;
Me entierro entre bambúes
Y por los molles lloro
Y en las orejas negras del pacará que trepo
Oigo los pasos de agua que están viniendo
Desde la aún callada certitud de la vida.
Voy a sus huesos verdes
Con un iluminado destino de semilla.
Entonces mi alegría se arrodilla en el fruto
Donde se cumplen dulces agonías.
Santiago Julián Alonso es artista visual, escritor, dramaturgo, licenciado en Letras (UBA), periodista e investigador en el Centro Cultural de la Cooperación. Vive en Villa Ciudad Parque, Córdoba.





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