Notas de Opinión

Como quiso Sandino

Breve crónica sobre El Salvador y el lenguaje

La tristeza de los trópicos se parece al discurso de la inseguridad. La derecha se limpia la boca con el tema, pero, permanece indiferente a la falta de agua potable, problema eterno del país, funcional a las postales que muestran lavanderas en los ríos.

Frente a la tumba de Monseñor Romero, un hombre inventa milagros y la promesa de santidad es una demanda incumplida, porque, el tercermundismo, como la revolución, aquí se ha vuelto un capítulo en un manual de historia.

En una parada de autobús, la embajada norteamericana señala, desde la publicidad, que las visas no se obtienen por arte de magia. La galera del Tío Sam oculta a un marero como garantía del status quo. Aunque, el FBI agregue la mara Salvatrucha a su lista de organizaciones delictivas. En algún momento, la palabra “mara” (apócope de “marabunta”) era un modo de definir al pueblo de El Salvador. Pero, las maras de hoy ya no son el pueblo. Y, en este Salvador de economía dolarizada, el sueño americano ha venido a reemplazar las esperanzas de emancipación y soberanía.

Allí está Roque Dalton, memorizado por un estudiante de secundaria en su libro de lectura. Habla de la Patria y de la Justicia, mientras, sus asesinos pasean por las calles de San Salvador sin Patria y sin Justicia, con la impunidad de los cobardes que atesoran la infamia.

La escritora chilena Gabriela Mistral bautizó a este país “pulgarcito de América”. Y la definición, aparentemente peyorativa, no fue más que una constatación de la balcanización que sufrió Centroamérica gracias al Goliat del Norte, tan hábil para sembrar la división según sus conveniencias, que no valió Sandino ni Martí ni Bolívar.

Pero, de todos modos, aquí se sobrevive. El mar es generoso, igual que el maizal, origen del tamal y la pupusa (tortilla de maíz mezclada con frijoles, tal vez, con chicharrón o queso fresco). Y, en los pueblos pequeños, el tiempo se ha dormido, celebrando la calma. Lejos de la ciudad y el imperio asesino. Lejos de la obviedad, la red de agua potable, los mareros que matan.

¿Y cómo traducir esos colores, esa forma de hablar, ese voceo? ¿Cómo no ser traidor desde el lenguaje a esta realidad que muta y vive? Lo mismo pasa acá, al sur del mundo.

Toda representación lleva su límite. No es posible explicar ni el Aleph ni el origen, ni la marcha feroz ni las pancartas, sin saber que hay un borde que obtura lo visible, lo que no pudo ser, lo que sería.

El mapa es territorio, y el que escribe lo sabe. Algunos se resignan. Así pasa, sin más, que pactan con lo obvio, dispuestos a inventar lo que quiere el turismo: gauchos, cambistas cínicos y jueces de servilletas llevando la vileza a lo más bajo.

¿Cómo puede el lenguaje aprehender lo complejo? Diez años de un lugar, ¿cómo se dicen? Brota la realidad convertida en un canto que ilumina una parte del país y su gente. Con gigante Goliat, como en el Norte, donde vuelve a mostrar sus garras de rapiña. Tanta complejidad traducida a lenguaje, modos de selección que construyen posibles.

No hay objetividad ni cuento chino. Se está donde se está. Se inventan contraseñas. Se crean esperanzas y, al final, el lenguaje es la casa del mundo, espacio de pelea, arena del sentido donde las elecciones, en octubre, dirán un resultado.

Allá, en El Salvador, aquí en la esquina, hay relatos que empujan y que chocan, poemas de lugar, metáforas intrépidas y descripciones sensibles que explican quiénes somos. Como quiso Sandino, nuestros pueblos se nombran. Por el Sur ya empezamos, aunque vengan los jueces de la mentira espuria. Centroamérica espera. La forma del decir es lo que importa.

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