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Una novela psicológica protagonizada por un asesino serial
Edgardo Scott, Yo soy como el rey de un país lluvioso, Interzona, 2025

«Vamos por partes -dijo Jack el Destripador»
Dicho popular argentino
Con gran maestría, Edgardo Scott creó una novela psicológica -emparentada con Crimen y castigo, Memorias del subsuelo, Madame Bovary, Rojo y negro y El extranjero– donde es más importante lo que ocurre en la mente de los personajes que las acciones que llevan a cabo. Quizá por este hecho nunca se describa de qué modo el protagonista mata a sus víctimas. El verdadero escenario de esta novela son las mentes del asesino anónimo argentino y la doctora en criminología alemana Claudia Brücken. Recalcamos que el relato está muy bien narrado, sin excesos vanguardistas o experimentales y en el más puro realismo psicológico de origen europeo.
Un dato a destacar es que nunca sabremos el nombre del protagonista , «el perverso asesino serial de mujeres», sí nos cuenta que pertenece a una familia de la clase trabajadora que los domingos, como un paseo, iban a la Costanera frente al Aeroparque y, a veces, pescaban ahí. Gran parte del libro es un monólogo interior del asesino, que alterna capítulos narrados en primera persona por este y otros, en tercera persona, por un narrador omnisciente. Es muy interesante la estructura narrativa que empleó el autor para escribirla. Por un lado, hay que explicar que la temporalidad no es totalmente cronológica. Tiene dos saltos temporales, comienza en Alemania en 2012 en la primera parte y, luego, hace un relato cronológico, donde se narran los crímenes, del 2004 al 2011 y, más adelante, salta al diario del asesino fechado en 2003, o sea, anterior al primer homicidio, para concluir con la declaración de la doctora sobre cómo capturó a su posible asesino, con quien tuvo un breve romance.
En cuanto al espacio, el escenario principal es Buenos Aires y, el segundo, Wiesbaden, pequeña ciudad cercana a Frankfurt, donde le asesino se esconde por un tiempo. Dentro de Buenos Aires, aparecen dos escenarios que se reiteran, el Aeroparque, junto con el Río de la Plata, y el aeropuerto de Ezeiza, junto con sus bosques, lugares en los cuales el asesino se siente a gusto y divaga sobre temas diversos que, siempre, se conectan, de algún modo, con su pasión criminal. En la segunda parte, se alternan capítulos titulados Aeroparque -a los que ya se hizo mención-, otros con los nombres de sus víctimas -a las cuales el autor describe magníficamente- y otros con las fichas del archivo criminológico de la doctora. En la tercera parte, el Aeroparque es reemplazado por el aeropuerto de Ezeiza y el fichero por una conferencia de la doctora, lo que le permite incorporar otra voz narrativa. En la cuarta parte, que comprende el diario ya mencionado, se indaga sobre el germen psicológico del criminal e incluye fragmentos de poemas eróticos de Las flores del mal, de Baudelaire, traducidos por el autor, uno de cuyos versos da título a la novela. En la quinta parte, última del libro y última también temporalmente (2015), aparece nuevamente la voz narrativa de la doctora y comprende su declaración de cómo atrapa en Frankfurt al asesino, quien casi la engaña y mata y con quien tuvo, asimismo, un breve romance.
Podría decirse que uno de los temas principales de la novela es la indagación de las causas que crean, en nuestra caótica sociedad, la aparición de un asesino serial. Digo uno porque, relacionados con este, aparecen profundas reflexiones sobre la cultura y la sociedad moderna, la vida en las grandes ciudades, las relaciones humanas -especialmente entre mujeres y hombres-, el amor, el sexo, la misoginia y misandria, la pornografía, la violencia, entre muchos otros. Como ya mencionamos, no se describe cómo mata a sus víctimas ni, tampoco, cómo hace para que no sean hallados sus cadáveres. Sí hace referencia al método, por ejemplo, recalca que debe evitar las repeticiones y las cámaras. Tampoco hay detectives, pero podría decirse que, en un espacio reducido de la novela, la doctora ocuparía ese lugar del clásico personaje del género policial. En esto, también, es muy original este libro.
Algunas descripciones de las víctimas y los pasados que les imagina son realmente deliciosas: «Un cuerpo nunca consigue unidad, siempre conserva zonas anárquicas, reinos aislados; ciénagas y acantilados, valles y desiertos. Siempre hay territorios, siempre hay algo incongruente, excesos, carencias, desvíos. La Viuda tenía un cuerpo de niña. Su cuerpo era mucho más joven que su cara. Y no sólo más joven. Su cara era el rostro de una bruja. Las marcas, las arrugas, las grietas que cruzaban ese rostro definían una pasión envilecida».
Entre las cuestiones psicológicas que aparecen, es interesante mencionar el hecho de que el protagonista mencione a una bestia que lo acecha y, por ejemplo, lo obliga a comerse las uñas. En otro momento, habla de su fascinación y temor por las serpientes. En otro, describe su gran carencia de amor: «Deliciosas criaturas perfumadas… (…) Hadas que atesoran o quieren atesorar la inocencia: esa forma sin culpa de la ignorancia. Mujeres eternamente jóvenes, eternamente niñas. Quiero el beso de sus boquitas pintadas. Tuvo casi todo de ella, pero no tuvo su boca, sus besos, ninguna caricia, ninguno de los usuales y arcaicos signos del amor». O en la tercera parte, donde tiene un romance con Julieta, la actriz masoquista, que será una de sus víctimas y que enterrará en los bosques de Ezeiza, donde se produce una transformación en su personalidad y empieza a sentirse inmortal. En el diario aparecen explicitados sus grandes problemas para relacionarse con las mujeres, narra cómo se las ingeniaba para manosearlas en el subte y el colectivo y una oportunidad en que manoseó a una ciega a quien ayudaba a caminar por la calle. Acá también narra que violó a una de sus víctimas.
Por otro lado, la novela desarrolla una visión muy negativa de la sociedad y de la humanidad en general: «la especie antinatural y solitaria, la especie perdida» y «el único lobo salvaje es el hombre». Con lo cual, debemos concluir que, además del plano psicológico que prepondera en el texto, también, en algunos pasajes, se hace presente un plano metafísico que nos lleva a reflexionar ya no sobre los motivos que dan lugar en nuestra sociedad a un asesino serial, sino acerca de qué es el ser humano.
Santiago Julián Alonso es artista visual, escritor, dramaturgo, licenciado en Letras (UBA), periodista e investigador en el Centro Cultural de la Cooperación. Vive en Villa Ciudad Parque, Córdoba.





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