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110 años de Miguel Hernández

«El limonero de mi huerto influye más en mi obra que todos los poetas juntos».

                                     Miguel Hernández

 

Hace unos días, el 30 de octubre. se cumplieron 110 años de que Miguel Hernández viera la luz en Orihuela, en 1910.

Sin duda, para la relativa indiferencia posmoderna resultaría inimaginable. Pero, las pasiones que encendió la guerra civil española (1936-1939) continuaron vigentes durante mucho después y en todo el mundo. Es que la heroica y espontánea resistencia del pueblo español contra una de las primeras agresiones del fascismo y la concomitante ilusión de estar construyendo un mundo mejor (que parecía, literalmente, al alcance de la mano, en aquella segunda mitad de la década de los treinta), asociadas con sus originales y emocionantes características, convirtieron a ese acontecimiento, no sólo, en legendario, sino, directamente, en mitológico.

A ello contribuyó el decidido, masivo alineamiento de una más que brillante generación de escritores, artistas e intelectuales en defensa de la legalidad republicana. Que, no pocos, de ellos hayan pagado con su vida y, muchos más, con el exilio aquella decisión ejemplar, no dejó de agregar buena leña al gran fuego. Como el asesinato de García Lorca, tronchado en mitad del camino de su vida, o Antonio Machado, agonizando en el destierro de Collioure, a pocos pasos de la recién traspasada frontera francesa.

Pero, quizás, nadie como Miguel Hernández encarna, en vida y obra, la profunda relevancia de esos hechos. Auténtico hijo del pueblo, humilde pastor en su Orihuela natal (30 de octubre de 1910), sin ninguna premeditación ni posibilidad alguna de preparación previa, sintió crecer en su interior la riqueza, entonces todavía fresca, corriente, saludable e irresistible de la lengua de todos, tan de uno. Y, así, pudo ofrecer unas primicias donde se vuelve a respirar el temple y el esplendor del Siglo de Oro, devolver al soneto su frescura abrumada por antiguas glorias y reavivar el auto sacramental, que querían congelar en venerable.

Cuando llegó la hora, sin pensarlo dos veces, instintivamente, eligió (como muchos y, no sólo, españoles) la primera línea de fuego. Pagó su precio y, después de salvarse, casi por milagro de la pena de muerte ya dictada, tras haber sido paseado por todas las prisiones del régimen, su breve existencia fue apagada por la tuberculosis en la cárcel de Alicante, cuando sólo tenía treinta y un años, el 28 de marzo de 1942.

Una vida tan limpiamente entrelazada con su época, con su gente y con su tierra, hasta el punto de volverse emblemática e integrada, a la vez, como vimos, en un mito mayor, no podía evitar que su alta voz fuera enmarcada por las circunstancias. Algo similar le ocurrió a César Vallejo, ese indoamericano que, también, murió prácticamente de amor a la España desangrada, sobre cuya dolorosa gesta escribió el libro, para mí, más tocante y más logrado: España, aparta mí este cáliz. Y, en ambos, es posible advertir cómo se encarnan los más dilatados alcances de la poesía, con su autenticidad, sus razones y sus actos, sin ocultar que había, allí también, vertientes más fecundas y no menos nutritivas.

“Yo no quiero más bienes / que tu persona”, me repite siempre desde el disco uno de los grandes cantaores del flamenco. Y en la hondura del cante alto la palabra, sin dejar de ser auténticamente popular, se vuelve sentimiento vivo, que se transmite más por empatía que por mero concepto. De idéntica manera, pero a un nivel que se me hace acaso superior, por belleza y dominio, el pobre Miguel Hernández, internado en la cárcel franquista, rumiando la derrota, separado de su mujer y de su primer hijo muerto, y que no conoce al nuevo hijo recién nacido (al que dedicará las indelebles Nanas de la cebolla, como casi todo lo suyo también ligado con una circunstancia significativa, la de sólo tener eso para comer), pudo decir magníficamente: “Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío”, logrando así hacer relampaguear en esos papeles escritos a escondidas de sus guardianes, entre 1938 y 1941 (que la Argentina tuvo el honor de ver editados, por primera vez, en 1958, por la editorial Lautaro y al cuidado del poeta paraguayo Elvio Romero) aquellos intensísimos momentos de lenguaje vivo que constituyen el Cancionero y Romancero de ausencias.

No era la primera ocasión en que Miguel Hernández, prohibido por la censura franquista, alcanzaba a ser publicado en Buenos Aires. Conservo la entonces corajuda edición de El rayo que no cesa, incluyendo su primigenia versión de El silbo vulnerado, que, en 1949, su amigo y protector José María de Cossío logró hacer publicar por Espasa Calpe en la Argentina. Y la segunda, pero, en realidad, primera versión circulante del sintomático Viento del pueblo (cuya tirada original, de 1937, se distribuyó en el frente), que también Lautaro lanzó, aquí, en 1956.

Entre el resplandor de sus primeros poemas, como labrados intuitiva pero certeramente en el cuerpo del idioma, y la evidencia flagrante y comunicativa de los textos encendidos por el aire de su época, esos papeles sueltos que constituyen su Cancionero y Romancero de ausencias, rescatados del presidio, reconcentrados, quizá por ello, en su deslumbrante e intensa brevedad, pero, de hecho, probablemente enfrentados de forma ineludible y, por lo tanto, escueta, con la dimensión trágicamente deslumbradora de su destino, resuenan todavía con lumbre inextinguible. Desde Quevedo, no recuerdo haber experimentado intensidad ni identidad mayores de sonido y sentido, de lenguaje y perspectiva, a la vez decididamente carnal y hondamente metafísica, que la de ese sucinto texto que comienza “Menos tu vientre / todo es confuso”, que, en términos de poesía, me animaría a defender como uno de los de mayor alcance de la lengua. Y que no hacen sino certificar la deslumbrante claridad que irradia, por lo general, todo el conjunto.

Es como si, desde el fondo de las cárceles que pretendieron negarlo, enmudecerlo y más allá de las legítimas pasiones de los hombres de su tiempo, en las que supo tomar partido decididamente por los desheredados, un resplandor generoso y general se hubiera hecho carne, finalmente, en la voz de este “hijo de la luz y de la sombra”. Visto lo cual, ¿seremos capaces de estar a su altura, de encendernos en su luz contagiosa, en su enorme transparencia?

Lanzado por Baudelaire como la prosa flexible y musical que puede evocar la vida urbana, el poema en prosa fecundará la poesía moderna, en Francia y en el mundo. Estos magníficos poemas de Miguel me parecen pioneros. Y originales por su contexto: la vida campesina. Fue como pagar una deuda, devolviéndolos a su Poesía, que los editara un sello universitario: DENTRO –de luz, poemas en prosa juveniles de Miguel Hernández. Recopilación, prólogo y notas de Rodolfo Alonso, Eduvim, Córdoba, 2016. Hasta ahora, en todas las antologías y obras completas del autor que los incluían, solían aparecer desperdigados entre sus prosas.

 

Con quien tanto quería

Por Rodolfo Alonso

 

¡Ah gloria de la brisa,

del cielo echado al sol,

del pleno mediodía,

de la tarde callada

 

y de la noche abierta!

¿Son las hojas del son

o el son es de las hojas?

¿Se mecen con el aire

 

o el aire es quien las mece?

Miguel, Miguel, Miguel

Hernández de la tierra,

 

la luna, el sol, la sangre,

Miguel por derramarse

de Hernández derramados.

 


Rodoldo Alonso es poeta, traductor y ensayista.

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