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La revancha de los indios

La Argentina se conmovió, le clavó a la indiferencia -de más de dos años de padecimientos, tristezas en blanco y negro y voces mudas- un puñal bañado en oro. Todo para despedir a una de las más descomunales personalidades de la Cultura Nacional y Popular: el entrerriano Carlos Alberto “Indio” Solari.
La trayectoria del Indio y de Los Redondos las conocemos casi todos, la leímos, la escuchamos y respetamos a quienes las ignoran, pero mucho no los entendemos. Lo que nadie se imaginó es que la muerte iba a encontrar a Solari tan acompañado y en un momento fatal para el país, instantes en donde Vamos las bandas es entonado por los mafiosos o los chorros de la ultraderecha, para darse manija y saquear lo poco que van dejando a su paso.
La Argentina se deshace anestesiada, la buena gente corre detrás de la mala suerte y al rato la alcanza, por más que renguee. Transcurren días en donde en las esquinas reparten bajones y miserias esos a los que sólo les podríamos decir “rajá, turrito, rajá”. Donde una compañera psiquiatra te asusta diciendo: “ojo que hay una epidemia de salud mental”. Mientras reina un Gobierno de repugnantes que se hacen amigos de Videla, pero no se quieren juntar con la gente del Conurbano, con los que llegan de las provincias. Gente de mierda que deja pudrir los alimentos para los pobres, que les roba las billeteras a los familiares de los discapacitados, que persigue médicos y científicos, pero como soñaba con la gorra ahora no hay quién se la saque.
La familia Solari comprendió muy pronto que no se podía velar al Indio en el Congreso, no por razones de logística, sino porque queda en Buenos Aires, un lugar que no está en condiciones morales de planear eventos sentimentales. Acá hay demasiada gente que, por la mañana, se levanta de la cama, desayuna con vinagre, se calza el traje del odio y sale a putear, a repartir veneno inestable, a mirar con ojos de hiena gritando que el dinero es su dios.
Uno observaba finamente en Avellaneda ese desfile de milagros, la entrega en mano de sensaciones afectivas, aquel culto por el compañerismo y la buena onda que estaban exiliados, el saludo y el abrazo a quien no se conoce pero se sabe que es gente nuestra y lo vivía como un regreso al pasado, ese que nos está pateando la puerta.
Uno cuando va a un velorio ve caras tristes, congojas nuevas, lágrimas desbordadas, el antiguo curso judeocristiano de “no pare de sufrir”, sin embargo, acá se escuchaba música todo el tiempo, alguna gente cantaba, otra saltaba, las banderas conversando acerca de sus barrios, el alcohol cumpliendo con su histórica tarea: unirnos. Éramos una máquina más de los talleres del Conurba fabricando consuelos. Sobre uno de los costados de la populosa y sureña avenida Mitre, la cola de familiares de alma camina lento, blusea sin saberlo; por el centro, en infinidad de gazebos y mesas, los comerciantes hacen de las suyas, pero uno ya está acostumbrado. Los bafles de moda corren carreras para ver quién hace sonar a Los Redondos más fuerte. “Esto es efímero, ahora efímero, como corre el tiempo…”, y no, esto no es efímero, es sólo un rock and roll del país. El cielo con su actualizada promesa de esperar, como arrojando los baldazos hacia adentro, sólo cierra los ojos, sucede que supo siempre que no es de tipo gamba interrumpir una fiesta. Esta era la del pueblo que estaba triste, por supuesto, pero la alegría y el agradecimiento una vez más se pusieron a bailar apretados, para las delicias de los buenos corazones. Los Redondos hace rato que renunciaron al mundillo musical, si es que alguna vez estuvieron allí. Siempre trajeron a la Capital a esos que se mojan los pies en la fuente, sólo que esta vez llegaban para moverse, cantar, pensar en otras cosas, aunque sea sábado y todos estén obligados a boludear por orden de la “maquinaria de la noche”.
La psiquiatra esta vez no quiere asustarme, se dulcifica, se acerca y susurra en mi oído inquieto: “el Indio tradujo la poesía del pueblo y la convirtió en canciones”. Asiento al verla feliz frente a una épica suburbana. La neblina me recuerda que estamos frente al Parque de los Derechos del Trabajador, casualmente inaugurado en 1949, cuando nacía el Indio y el peronismo llevaba a la clase obrera al paraíso. La misma neblina que inventa una mítica vigilia. Se infla en el aire una hermandad de laburantes que vocifera que nuestra identidad solamente durmió una siesta, ya está de regreso, en el duelo colectivo, en los rostros acostumbrados de los que saben que la vida es pelea, por eso el peregrinaje es pagano, pero no se olvida de la fe.
Siempre se me arrimaba alguien diciendo: “pero las letras del Indio son crípticas, ¿por qué toda esa gente lo sigue?”, y yo tratando de responder sin ofender: “y, mirá, tan crípticas no deben ser, por ahí es un código de otra gente que vos no tenés en tu radar, eso debe ser”. No siempre somos agretas, ¿no?
Qué cosa los grandes, hasta cuando se van no dejan de conmover, de enseñar, de revolear mensajes al aire, pero tranqui, sobrevuelan ahí nomás, uno los alcanza estirando un toque las manos. Conozco gente que me dice: “pero el Indio vive en un barrio cerrado, ganó mucha plata, yo no le creo”, pero después poniendo cara de piola te dice que vota a Macri…
El Gobierno de nuestra fascistoide Buenos Aires no quiso brindar un espacio para que el pueblo despida a uno de los suyos, pero abre su cielo para mostrar los aviones de guerras viejas que compran los chupamedias, esos que sólo le pueden disparar a los desarmados. No había que regalarle a la Ciudad una película que odia, esta es una ciudad donde una banda de delincuentes habla de orden, pero roba desordenadamente, una ciudad que hace de la represión un lenguaje, de la violencia un modo de educación y de la estafa un modus operandi. Alguien dirá, “este que escribe seguro que es un provinciano resentido”, y no, soy mucho más porteño que esos pelotudos que van por ahí repitiendo: “va a estar bueno Buenos Aires…”. Esos, seguro que tuvieron pesadillas tremendas, alucinados con un nuevo aluvión zoológico.
Lo que vi en Avellaneda no tiene nombre, no sé cómo definirlo, lo único que les puedo confesar es que me hizo feliz, volví a recuperar una vieja casa en donde amigas, amigos, gente nueva, se reúne para escucharse, escuchar, cantar, hacer lo que se le ocurra sin preguntarle a la gilada qué le parece.
Nos quieren adoctrinar para que nos volvamos malos. Buscan amigarnos con países que defenestran a la humanidad todos los días, territorios alquilados para matar y organizar un show de limpieza étnica. Y en medio de todo eso al Indio se le ocurre partir, seguramente cuando dicen por ahí “tenemos que componer nuevas canciones”, el tipo tomó nota, y bueno, se ve que el Indio publicó, sin avisar, un álbum inesperado. No sabíamos nada, pero, de puros brujos de barrio, fuimos todos y todas a la presentación. Ahora es trabajo nuestro comenzar a interpretar esas canciones y hacer giras por todo el país. En mi humilde opinión, les diría que vayamos tranquilos hacia los cuatro puntos cardinales, hay un montón de gente dispuesta a pagar para escucharnos y los que no tengan un mango también podrán ingresar, porque esos son los verdaderos autores de las canciones.
Jorge Garacotche es músico, integrante del grupo Canturbe y Presidente de AMIBA, Asociación Músicas/os Independientes Buenos Aires. Vive en Villa Crespo, Comuna 15, CABA.






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