
Narración oral, escena y comunidad en el ciclo El Rojas Cuenta (Centro Cultural Ricardo Rojas, UBA). Se llevará a cabo del jueves 20 al sábado 22 de agosto en la sede de Av. Corrientes 2038, CABA. Las entradas generales tienen un valor de $15.000 (20% de descuento para estudiantes y jubiladas/os). Ana María Bovo, Claudia Stella, Diana Tarnofky, Verdevioleta Cuentos (Laura Finguer y Silvina Mennuti) y José Luis Gallego serán sus protagonistas. Con Fervor dialogó con gran parte de los elencos del ciclo.
Antes de que existiera el escenario, hubo alguien contando una historia. Alrededor del fuego, en una habitación, al borde de una cama o en cualquier lugar donde una voz pudiera encontrarse con otra, contar fue -y sigue siendo- una forma de construir comunidad. Una práctica tan antigua que parece confundirse con nuestra propia condición humana.
Quizás por eso, cuando hablamos de narración oral, hablamos de algo que parece sencillo y, al mismo tiempo, difícil de definir. Porque narrar no es solamente decir palabras. Es poner en juego el cuerpo, la voz, la mirada, los silencios, la respiración y, fundamentalmente, la presencia de quien escucha. Hay algo de ceremonia en ese encuentro. Una invitación.
Eso fue, en buena medida, lo que apareció en la conversación que mantuvimos con Claudia Stella (curadora y gestora del ciclo, junto a su director, Gabriel Yeannoteguy, y Pablo Bontá, coordinador del Área de Teatro del Rojas), Diana Tarnofky, Laura Finguer, Silvina Mennuti y José Luis Gallego, quienes participan del ciclo El Rojas Cuenta, que comenzó alrededor de la programación de este ciclo y que rápidamente desbordó sus límites para preguntarse qué es la narración oral, quiénes son sus públicos, qué lugar ocupa dentro de las artes escénicas y qué dificultades atraviesan quienes hacen de esta práctica su oficio.
Laura Finguer nos adentra en la transición de la narración oral a la narración como espectáculo: “El oficio de contar los sucesos que acontecen, muy en sus orígenes ligado a lo sagrado, a los saberes, a las prácticas cotidianas (todo el mundo le cuenta algo a alguien) y, también, ligado a lo vincular, se muda en el siglo XX a los escenarios y es Francisco Garzón Céspedes (Cuba, 1947, escritor, periodista, hombre de la escena teatral, narrador oral y formador de narradores), quien introduce la palabra Narración Oral Escénica”.
La narración es una “invitación” expresa Diana Tarnofky y, quizá sea esa la palabra que mejor permite acercarse a la experiencia. Porque quien narra invita a alguien a entrar en una historia. Y quien escucha tampoco permanece en pasividad. Completa aquello que escucha con sus propias imágenes, recuerdos, asociaciones y emociones. “Es una invitación a imaginar y sentir”, agrega Silvina Mennuti.
La narración oral tiene, entonces, una particularidad que la diferencia de otras artes escénicas. La historia no está completamente cerrada. Hay una estructura, un repertorio, un recorrido; sin embargo, existe también algo vivo, algo que se modifica en el encuentro. Incluso una historia contada cientos de veces puede cambiar. Porque cambia quien la cuenta. Cambia quien escucha. Cambia el espacio. Cambia la respiración. Cambia el presente. “Es un misterio lo que va a pasar. Vos contás la misma historia cien millones de veces y, sin embargo, decís: ¿Qué pasó? ¿Quién cruzó esa línea? Esta historia que es parte de mi ADN, se transformó”, agrega Diana.
La frase señala algo fundamental: la narración sucede en presente. No es simplemente reproducir un texto aprendido. Hay una negociación permanente con aquello que está ocurriendo. El público, sus silencios, sus reacciones, el espacio y hasta aquello que sucede alrededor forman parte de la experiencia.
José Luis Gallego diferencia, justamente, entre la narración en ronda y la narración escénica. En la primera, el contexto puede modificar el relato: se corta, se retoma, se cambia el ritmo, se incorpora algo que aparece en ese momento. “La ronda se adapta, es parte del contexto, el repertorio lo decide el contexto.” En la escena, en cambio, existe otra relación con la estructura.
Y ahí aparece una pregunta que atraviesa toda la conversación: ¿Dónde termina la narración y dónde empieza el teatro?
Quizás la respuesta no esté en establecer una frontera sino, justamente, en mirar aquello que ocurre en los bordes. La narración puede ocupar un escenario sin convertirse necesariamente en teatro. Puede incorporar recursos audiovisuales, música, sombras, poesía, movimiento. Puede construir una dramaturgia. Puede acercarse a la performance, a la docuficción o a otras formas contemporáneas.
Por otro lado, Gallego define a la persona narradora como una suerte de demiurgo/a, alguien que construye todo aquello que sucede: “Somos el proyector, somos la cabina, somos el público, somos el actor, somos la luz que proyecta todo.” Hay en esa definición una enorme potencia y también una explicación posible para algunas de las dificultades que atraviesa el sector. En muchos casos, quienes narran producen, gestionan, difunden, arman sus espectáculos, buscan espacios, consiguen financiamiento y convocan al público. “Hacemos todo, nos ponemos un objetivo, vemos cómo conseguir los fondos, muy autogestivo, muy propio de lo artesanal”, indica Laura.

¿Quién escucha una historia? La conversación también se detuvo en una pregunta aparentemente sencilla: ¿existe un público específico para la narración oral?
Al parecer, por sus propias prácticas, la narración puede entrar en una escuela, una cárcel, un centro cultural, un barrio o un teatro. Porque, contar historias es una práctica humana, escuchar también lo es. Sin embargo, una cosa es la existencia de un público potencial y otra muy diferente es conseguir que un público llegue a una sala. Ahí aparece uno de los problemas centrales: la circulación.
Y la existencia de este ciclo quiere contribuir a la creación de nuevos públicos. Las narradoras presentes explican que en Buenos Aires existe una enorme cantidad de propuestas, talleres, encuentros, festivales y narradores. Hay una comunidad activa y diversa. Pero esa actividad no siempre consigue atravesar el circuito de quienes ya conocen la disciplina.
Claudia Stella: “Existe un público formado alrededor de los talleres. Personas que comienzan asistiendo como espectadoras/es y luego se convierten en narradoras/es. Personas que siguen a determinadas/os artistas, que conocen las agendas, que circulan de un espacio a otro”.
Pero la pregunta persiste: ¿Cómo llegar a quienes todavía no saben que la narración oral existe como experiencia escénica? La respuesta de Claudia aparece en la conversación y tiene que ver con la “continuidad”. Y el ciclo de El Rojas emerge como una oportunidad para eso: poner la narración en una institución cultural a la que ya asisten personas que quizás no irían específicamente en busca de una propuesta de narración oral. Una entrada accesible. Un espacio conocido. Una programación que puede despertar curiosidad. Una puerta.
La narración como comunidad. No necesariamente una comunidad organizada, homogénea, con una única manera de pensar la disciplina. Más bien una comunidad en construcción.
En la Argentina existen narradores/as con trayectorias, formaciones, estéticas y objetivos muy diferentes. Hay profesionales, aficionadas/os, docentes, artistas que trabajan desde la escena y personas que llegan a la narración desde otros campos. La tradición oral argentina es enorme. Está hecha de relatos populares, memorias familiares, historias de pueblos y comunidades, relatos de pueblos originarios y voces que no necesariamente ingresaron a los circuitos institucionales de la cultura.
Durante la conversación aparece el nombre de Berta Vidal de Battini (1900-1984, folklorista, escritora, investigadora y docente), cuya tarea de recopilación permite dimensionar apenas una parte de ese universo. Porque antes de los talleres, los festivales y los escenarios, existían -y existen- innumerables personas contando historias. Laura Finguer: “Hay otro mundo, mucho más grande: en la Argentina hay muchísimas/os narradoras/es espontáneas/os”. Claudia Stella: “Si hoy hubiese una agenda como fue Cuentos al día” (Formato Papel 1997 – 1999, Transición Digital 1999 – 2002, coordinada por Marta Lorente y José Campanari), sería muy nutrida porque hay muchas propuestas diferentes de narración en el AMBA”. Y Diana agrega: “Y los 30 años del Encuentro Nacional de Narradores en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires”, que motoriza a otras/os narradoras/es, incluso internacionalmente, con la idea de generar talleres, reflexión y diálogo”. Laura nos suma la existencia del CNOA, Colectivo de Narradoras/es Orales en la Argentina, “ya que hay profesionales del mundo que viven y trabajan acá, organización que tiene su encuentro federal donde se distribuye información y se trabaja en la Mesa Cuentera para hablar de la financiación, gestión, es decir, donde se piensa y motoriza el oficio”.
La frase abre una cuestión que excede a la narración escénica: ¿qué historias escuchamos y cuáles dejamos de escuchar? La oralidad también puede ser una forma de recuperar memorias que quedaron fuera de los relatos oficiales.

Un arte que todavía busca su lugar. La discusión inevitablemente llega al trabajo. ¿Cómo se sostiene un/a narrador/a? ¿Cómo se financia una producción? ¿Cómo se paga una función? ¿Cómo se construye profesionalidad en un campo que todavía muchas veces es percibido como una actividad espontánea, cercana al relato familiar, al entretenimiento o al taller? Uno de los problemas señalados es la falta de una institucionalidad específica.
La narración suele aparecer incluida dentro de categorías más amplias: teatro, literatura, artes escénicas. “Siempre estamos en Otros”. La frase funciona casi como síntesis de una situación.
No se trata necesariamente de reclamar una frontera cerrada, sino de preguntarse qué sucede cuando una práctica necesita reconocimiento para poder sostenerse. También aparece la falta de prensa y de circulación de la información.
Las propuestas existen. Las/os artistas trabajan. Los encuentros se realizan. Los talleres forman nuevas generaciones. Los festivales tienen historia, sin embargo, muchas veces cuesta que esa actividad alcance al público que está fuera del circuito.
La narración ocurre, pero no siempre se la ve.
Una casa para las historias. Por eso la elección del Centro Cultural Ricardo Rojas adquiere un significado especial. Para quienes participan del ciclo, El Rojas no es simplemente una sala. Es un lugar ligado a la formación, a la juventud, tiene algo de regreso. Claudia lo expresa desde esa perspectiva: “El Rojas fue como una casa. Un lugar donde muchos de nosotros estuvimos haciendo cursos, dando vueltas. Volver ahora a contar historias me pareció hermoso”.
El misterio de contar. ¿Con qué se va encontrar el público con sus propuestas?
Tracks: Alquimia de voces fugaces es una invitación a compartir una historia donde el desafío donde la voz, el cuerpo, el cantar y el contar sean una misma esencia. Cuenta la historia de una canción y sus múltiples variaciones que un padre le deja como herencia a su hija y la invita a emprender la aventura de encontrar su propia voz.
La que escucha son tres historias recopiladas de mujeres que fueron contadas a la que escucha de distintas maneras y donde se pone en juego también la escucha, como en un juego de Mamushkas, donde se espera que quien escucha, luego vaya y cuente.
Seven cruza narración, sonoridades, teatro de sombras, entrevistas, la simbología de los números para construir una experiencia alrededor de la transformación, a través de la historia de Diego Tejerina quien cumplió una pena penitenciaria y se recibió de sociólogo en contexto de encierro y hoy es mi compañero de trabajo, referente de trabajo territorial y derechos humanos.”
Remolino de Voces busca llevar la narración a otro espacio de El Rojas, en la sala de exposiciones, jugar con poemas, voces, relatos y dinámicas con el público.
Ana María Bovo, pionera de este arte en la Argentina, dramaturga, directora, docente de teatro del relato y protagonista clave de este ciclo, nos cuenta sobre En confianza, que el público va a encotrarse con historias íntimas de la vida cotidiana, atravesadas por el humor, invitándonos a oscilar entre la risa y la emoción profunda.
Todas propuestas diferentes, maneras de acercarse a una misma pregunta ¿Dónde está la narración? Quizás no esté solamente en el texto. Ni en el escenario. Ni siquiera exclusivamente en quien cuenta. Está en ese espacio intermedio que se produce cuando alguien dice “había una vez” y otra persona acepta escuchar.
Porque, en definitiva, la narración oral parece recordarnos algo que sabemos desde siempre pero que quizás necesitamos volver a experimentar: que una historia necesita de alguien que la cuente, pero también de alguien dispuesto/a a recibirla. Y que, durante ese breve tiempo en que una voz y una escucha se encuentran, algo se construya entre ambas partes. Una comunidad mínima. Efímera. Irrepetible. Una pequeña ceremonia. Una invitación. Y tal vez allí, en ese gesto tan antiguo y tan contemporáneo, esté todavía la potencia de contar historias.
El ciclo recupera así una dimensión que excede la programación. Es también una posibilidad de volver a poner la oralidad en circulación, acercarla a otros públicos y que dialogue con otras disciplinas. En las propuestas aparecen historias, poesía, voces, música, audiovisuales, sombras, participación del público. Pero hay algo que permanece. Una persona frente a otras personas. Una voz que empieza y alguien que escucha.
Programación del Encuentro
- Tracks: Alquimia de voces fugaces: Jueves 20 de agosto a las 20:30 h (Auditorio Abuelas de Plaza de Mayo). Narración e interpretación: Diana Tarnofky. Dirección: Deby Wachtel.
- La que escucha: Viernes 21 de agosto a las 20:30 h. Texto, narración e interpretación: Claudia Stella. Dirección y producción: Claudia Stella y Gabriel Yeannoteguy. Diseño de iluminación: Lucas Orchessi. Vestuario y escenografía: Laura Poletti. Entrenamiento: Eleonora Cannistraci (corporal) y Mariana Accinelli (vocal).
- Siete: Sábado 22 de agosto a las 18:00 h (Auditorio Abuelas de Plaza de Mayo). Dirección: Gabriela Civale y José Luis Gallego. Producción/Compañía: Presentado en colaboración con La Luminaria Artes Escénicas
- Remolino de voces (Acción poética narrativa): Sábado 22 de agosto a las 19:30 h (Galería de arte, entrada libre y gratuita). Dirección: Silvina Mennuti y Laura Finguer. Elenco / Compañía: Integrado y presentado por la agrupación Verdevioleta Cuentos.
- En confianza: Sábado 22 de agosto a las 20:30 h (Sala Batato Barea) Dirección: Ana María Bovo. Intérprete y elenco: Ana María Bovo (espectáculo unipersonal).
Claudia Quiroga es licenciada en Artes. Dramaturgia, Dirección, Docencia y Actuación. Mediación y Gestión Cultural. Artivismo y Género. Co-Fundadora de la Colectiva Feminista Artivista, MAT – Mujeres de Artes Tomar. Integrante Asociada y docente en el CELCIT (Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral). Integra la Colectiva de Autoras. Vive en Villa Sarmiento, Morón, Provincia de Buenos Aires.









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