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Cuando cae el otoño (o una subversión sutil)

Figura clave del cine francés contemporáneo, François Ozon ha sabido construir una carrera prolífica que, casi inexorablemente, ha tenido puntos altos y algunos altibajos. Con Cuando cae el otoño, ofrece una película de difícil adscripción genérica en donde vuelve a su mejor forma.
En la historia del cine ha ocurrido que muchas/os directoras/es fueron inicialmente percibidas/os como “niñas/os rebeldes” (enfant terrible suena mejor en este caso) y, a medida que construyeron una filmografía, perdieron buena parte de su impronta disruptiva o más corrosiva. Pasó con Pedro Almodóvar, aunque -desde otra perspectiva- también ganó a la hora de obtener más recursos y poder de convocatoria de grandes actrices/actores, por ejemplo. François Ozon llamó la atención de los festivales y de la cinefilia con su ópera prima Sitcom (1998) y con los posteriores Les amants criminels (1999) y Gotas que caen sobre rocas calientes (2000). Y, desde entonces, no dejó de estrenar, casi a razón de una película por año. Tuvo críticas laudatorias con Bajo la arena (2000), 8 mujeres (2001) y La piscina (2003), pero no ocurrió lo mismo con Potiche (2010) o Joven y bonita (2013), principalmente.
Con tamaña cantidad de películas, también cuesta encontrar un rasgo de estilo o una preponderancia genérica que no se reduzca al calificativo de “autor”. Sin embargo, es bastante evidente que monsieur Ozon se ha focalizado en distintas formas de subversión ante lo ya establecido, como si cada uno de sus relatos se fundara en un “qué pasaría si…” asociado a la ruptura de una norma o de lo socialmente establecido. Así, supo darle cimbronazos a la vida en pareja en 5X2 (2004) o En la casa (2012); o salirse de la heteronorma en películas como la ya nombrada Gotas que caen sobre rocas calientes, El tiempo que queda (2005), Una nueva amiga (2014) o Verano del 85 (2020).
Y así llegó a su opus 23: Cuando cae el otoño (premiada en el último Festival de San Sebastián con el galardón al Mejor Guión y a la Mejor Actuación de Reparto), una película que restituye parte de su inicial potencia y que, al mismo tiempo, le escapa a algunos “excesos” de juventud, aunque no a otros (es altamente disonante la faceta fantástica de la película, algo ya apuntado en varias críticas). Diremos, entonces, que aquí encara una “subversión sutil”, en un relato que se apoya en la vida anciana de Michelle (estupenda Hélene Vincent), una mujer que vive en un paisaje campestre, alejada de París.
Hasta su casa llega su hija (Ludivigne Sagnier, quien colaboró con Ozon en Gotas que caen sobre rocas calientes, 8 mujeres y La piscina) y su nieto. No hace falta que pasen más de dos minutos para saber que la relación entre ambas es muy mala, algo que empeora drásticamente cuando de manera accidental Michelle la envenena con hongos que recolectó junto a su amiga Marie-Claude (Josiane Balasko) en el bosque.
Aquel episodio podría funcionar como el primer indicio de que Michelle se encuentra en estado de tensión ante la imposibilidad de ser una abuela presente. Y, en medio de este cuadro de situación, se irán superponiendo una serie de acciones que la terminarán acercando a su nieto. Avanzado el relato, se suma el hijo de su amiga (Pierre Lottin), un adulto joven que sale de la cárcel y busca rehacer su vida y cuyas acciones podrán ser buenas, pero -al menos en un caso- muy cuestionables. Con estas líneas, al realizador le alcanza para que dentro de sus personajes fluctúen emociones y se resquebraje el límite de lo que está bien y lo que no. Todo dependerá del punto de vista y, lo que es mejor, de las omisiones o zonas de ambigüedad que desacralizan a estas criaturas y, en consecuencia, les aportan capas, las hacen más creíbles y queribles también, por qué no.
Tensionada entre la comedia negra, el drama familiar, el cine de fantasmas y hasta el thriller, la película sale airosa en la tarea de conmover sin ser altisonante o lacrimógena, con una construcción climática en la que se aúnan grandes actuaciones por parte de todo el elenco y una puesta clásica que muestra a Ozon en plena madurez artística.
Ezequiel Obregón es docente en el área de Lengua y literatura y periodista cultural. Es estudiante de la Carrera de Artes Audiovisuales, con orientación en Realización (UNLP). Integra el Área en Investigación de Ciencias del Artes del Centro Cultural de la Cooperación. Vive en San José, Temperley, provincia de Buenos Aires.






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