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Agustín Barovero: “Hacer un libro útil sin caer en la autoindulgencia o la vanidad”

Entrevista al autor de Raro

Tras haber sido diagnosticado como autista durante su adultez, Agustín Barovero inició un camino introspectivo que, de alguna forma, deviene texto en Raro, un libro que se resiste a ser (uno más) de “autoayuda” y se transforma en un testimonio mucho más significativo.

 

Siglas como TEA (trastorno del espectro autista), TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) y otras más están cada vez más presentes en el discurso periodístico y mediático. Y es lógico que así sea, porque sus apariciones están motorizadas por un fragmento (aún menor) de personas que buscan un diagnóstico. Muchas veces, tras años de no recibir ni acompañamiento ni tratamiento alguno. Raro (Editorial Planeta) da cuenta de este estado de situación, pero lo hace desde la perspectiva de su autor, quien le brindó esta entrevista a Con Fervor.

Con Fervor: ¿Cuál fue el mayor desafío que implicó escribir este libro, dosificando información sobre el autismo y sobre tu biografía, sin marginar la pericia narrativa?

Agustín Barovero: Hacer un libro útil sin caer en la autoindulgencia o la vanidad. A la vez, el balance con la autocrítica constante. Los autistas tenemos una mirada intensa y exhaustiva sobre lo que hacemos y percibimos, que detecta detalles y errores, así que cualquier frase o escena que intentaba era sometida a un escrutinio un poco inmovilizante. En paralelo, como el libro contiene mi vida como materia de ensayo, temí siempre traer cosas sólo interesantes para mí, pero intrascendentes para el desarrollo del texto. Odiaba la posibilidad de que se transforme en un libro autojustificatorio o falsamente piadoso o como modélico de cierto exitismo: ninguna de esas cosas era cierta en mi realidad (ni el éxito ni la piedad ni la voluntad de justificación). Pero sabía que era una lectura posible. Busqué explicar esa incomodidad de la vida a oscuras antes del diagnóstico y el caos alegre y también doloroso que se vive después. Transmitir eso sin conmiseración ni autobombo.

Otro desafío fue el balance entre lo personal y lo colectivo: la mía es una vivencia del autismo adulto, cada individuo es distinto y no pretendo hablar por nadie. No obstante, cuando traje información de otras fuentes, como el DSM o algunos investigadores, traté de ser objetivo en el análisis de mi vivencia en relación con esos indicadores para entender, también, la distancia que hay entre la visión de la ciencia sobre el autismo y la de la persona autista, sin invalidar ninguna, pero tratando de sumar algo al debate.

CF: ¿Quién seria, para vos, el «lector ideal» de Raro? ¿Por qué?

AB: La sensación de gran parte de las personas neurodivergentes no es sentirse raras, es haber sido señaladas como tales en un mundo incomprensible que obedecía una lógica absurda. Así que, tal vez, un lector posible sería esa gente, la infrecuente, marginal, minoritaria. Pero, si pienso en que algo de todo eso cambie, deberían mejor leerlo quienes olvidan que el otro es una persona muy parecida a uno, quienes buscan enemigos porque tienen miedo a la vulnerabilidad de la cercanía y, de paso, compran el buzón (y la máscara) del éxito individual a toda costa.

CF: En varios momentos, hablás críticamente de elementos muy contemporáneos como los influencers, la viralización, los haters y demás temas. Pero, el camino -mediático, al menos- que culminó con la publicación de Raro también está atravesado por tu rol en las redes ¿Qué espacio tienen las redes hoy?

AB: No hubiera sido posible el libro sin esa experiencia. Las redes son terreno de disputa de sentidos y una dimensión más en que la gente existe, piensa y siente (nos guste o no). Ese plano está gobernado por lógicas que nos exceden y buscan el aislamiento y control absoluto del tiempo, deseo e identidad de la persona. Pero, también, hay mucha gente produciendo obras que proponen pensar más lento y profundo, emocionarse y conectar, en vez de indignarse, reaccionar y consumir. Es una corriente minoritaria y es la que me gusta, la que te lleva a apagar el teléfono por lo menos un rato. A muchos, como a mí, nos ha salvado la vida gente que encontramos en foros, en apps, haciendo redes (reales), porque vimos de repente alguien en quien nos vimos reflejados y validados. Pero, no dejo de pensar en el impacto a largo plazo de una vida mediatizada por espejos deformantes donde el contacto parece dar miedo.

Agustín Barovero.

CF: La forma del libro me resultó interesante, hay mucha hibridez genérica (autobiografía, papers académicos, una suerte de novela de aprendizaje, etc.) ¿Cómo llegó Raro a esta forma híbrida? ¿Qué textos o autoras/es tenías en mente antes y durante la escritura?

AB: Tomó esa forma por el pre y post diagnóstico. Un pasado caótico de escenas inconclusas como una incógnita. Una exploración que me lleva a revisar todo y refundarme. Un presente de transparencia, sentido, euforia y expansión. Fue como lo viví y eso se correspondió en tres partes.

También, con la epifanía del diagnóstico se apresuran conclusiones, ganas de salir a contarlo, ayudar a otros, felicidad y certezas antes impensables. Por eso, también, lo de “urgente”. Y ese tono de ensayo es una reafirmación y una arenga, luego de tanto tiempo de pisar en falso, una declaración de principios imperfectos, porque antes no había nada. Tal vez, el lector esté ahí y esas afirmaciones sirvan de apoyo. También, está la construcción -no buscada- de un sujeto que (se) piensa desde esa experiencia y entiende la falta de información, porque la padeció. Termina siendo urgente por esa desinformación generalizada y los cientos de miles de personas sin diagnóstico que viven en un estado de vulnerabilidad enorme.

Respecto a otros textos, me encantaría que algo tuviera de Días de ocio en la Patagonia, de Eduardo Wilde; la belleza de algunos ensayos de Borges; o la elegancia de Ballard. No hay tal cosa. Tomé más de lo que debo darme cuenta de El fin del amor, de Tamara Tenenbaum; de Judith Butler, Paul Auster, Saer, Cozarinsky, Neon Génesis Evangelion, los textos alucinados de Esteban Prado, los ensayos de Natalie Wynn y la música de Keith Jarrett. Y, por supuesto, de las voces de activistas autistas, en su mayoría mujeres. Que ahí está todo lo que escribí y estuvo antes de que yo supiera nada del tema.

CF: Sos docente y, hoy en día, la educación está atravesada por muchas precariedades. Hay, por ejemplo, docentes con muchas/os alumnas/os con integración y, con frecuencia, no reciben informes o asesorías, con lo cual, trabajar con ellas/os -varias/os, autistas- es una tarea compleja. Como docente autista, ¿qué sentís que hay que modificar en relación a la educación sobre TEA en maestras/os y profesoras/es?

AB: Pensar en los docentes sería poner la carga en quienes tienen ya demasiadas en un sistema, en general, precarizado, más en este tiempo. Lo que debe cambiar es el diseño del aula-escuela como dispositivo educativo para una población supuestamente homogénea y neurotípica: somos una sociedad neurodiversa, con cuerpos y mentes distintos y el derecho a la educación es el mismo. Los proyectos pedagógicos de inclusión funcionan a veces muy bien, pero hablo con colegas del tema hace quince años y el desconcierto es general: la mayoría de los docentes egresamos sin saber qué estrategias o herramientas pueden funcionar para, por ejemplo, un estudiante con TDAH, dispraxia o dislexia. Si hay inclusión es por prepotencia de trabajo de familias, acompañantes y docentes que le buscan la vuelta.

CF: En el libro se vislumbra un incipiente activismo autista a escala internacional ¿Cómo te sentís en él? ¿Qué has aprendido desde tu ingreso a ese universo?

AB: Lo “internacional” es algo que me sorprende. Conociendo activistas y divulgadores me he sentido hermanado e íntimo con personas muy distintas de lugares muy distantes. Encontré una red plural y abierta que en muchos aspectos me salvó. Me enseñó que abrirse con la gente correcta puede sentirse muy bien, que los otros pueden ser un lugar seguro, que hay más gente en la misma. Lo que más aprendemos quienes hablamos de esto es que la mirada de un par que valida, ayuda y acompaña tiene un poder transformador. Y siempre hay alguien escuchando que necesita un empujón para dejar de correr y encontrarse.


Ezequiel Obregón es docente en el área de Lengua y literatura y periodista cultural. Es estudiante de la Carrera de Artes Audiovisuales, con orientación en Realización (UNLP). Integra el Área en Investigación de Ciencias del Artes del Centro Cultural de la Cooperación. Vive en San José, Temperley, provincia de Buenos Aires.

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