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Una novela del genial Stanislaw Lem que nos lleva a reflexionar sobre la condición humana
Stanislaw Lem, Volver de las estrellas, Interzona, 2025.

Interzona Editora realizó una nueva publicación de una de las novelas más interesantes del brillante escritor polaco que, fuera de las dos corrientes principales de la ciencia ficción -la soviética y la anglosajona-, creó una obra realmente original en el siglo XX. Stanislav Lem nació en Leópolis -ciudad de Ucrania que hasta 1939 perteneció a Polonia- en 1921 y murió en Cravovia en 2006. Estudió medicina, psicología, matemáticas y cibernética. Fue miembro fundador de la Sociedad Polaca de Astronáutica. Su novela más famosa, Solaris, fue llevada al cine por otro genial artista eslavo, el ruso Andréi Tarkovski en 1972.
El argumento principal de esta obra es el regreso de un grupo de astronautas de un largo viaje al espacio exterior que duró 10 años, pero que, debido a la dilatación temporal, corresponden a 127 años de la Tierra, con lo cual, el mundo es casi completamente diferente al que conocían y tiene como rasgo esencial el hecho de que la violencia humana ha sido erradicada mediante un proceso quirúrgico denominado betrización, que se realiza a todos los seres humanos al nacer. Ahora, el ser humano es obligatoriamente pacifista, no puede ser agresivo y no concibe la posibilidad de matar.
El narrador protagonista, Hal Bregg, lleva a cabo una meticulosa descripción de ese regreso, cómo ha cambiado drásticamente la Tierra en el paso de esos años y las reflexiones y preguntas que se realiza él mismo y algunos de sus compañeros de viaje sobre la nueva realidad y el sentido del viaje que han llevado a cabo. Es necesario subrayar que, luego de varias experiencias muy traumáticas en sus contactos con los nuevos humanos, Hal y su compañero de viaje Olaf opinan que, al desaparecer la violencia y la agresividad, el ser humano perdió algo esencial a su condición.
Volver a las estrellas puede considerarse como una profunda reflexión sobre la astronáutica y, especialmente, el sentido de la vida. Con preguntas como: ¿por qué unos seres humanos, los astronautas, deben sacrificar tantos años de su vida a ella y por qué la humanidad debe gastar tanto dinero en su industria? Considerando que los viajes estelares son muy costosos y abarcan muchos años. Asimismo, es una honda reflexión sobre el tiempo que, como escribió Charles Baudelaire, “se come a la vida”.
Por otro lado, es una novela de amor, ya que Hal se enamora de Eri y se casa con ella, hecho que lo lleva a pensar que la astronáutica es un sacrificio sin sentido en la vida de los seres humanos y se enoja con los científicos que lo llevaron a creer que era bueno perder 10 años de vida al servicio del conocimiento y el progreso de la ciencia.
En el transcurso de la obra, el protagonista realiza una investigación sobre la situación de la ciencia en la actualidad y lee numerosos textos que le hacen llegar a la conclusión de que la astronáutica es una pérdida de tiempo y enormes cantidades de dinero para los seres humanos. Pero, hacia el final de la novela, él, con la excusa de ir a buscar a su compañero de viaje estelar Olaf, se encuentra con uno de los científicos más importantes que viajaron con ellos, quien le explica -realizando una vuelta de tuerca al relato- que están preparando un nuevo viaje al espacio exterior y le hace comprender que él sólo se había interiorizado en una de las teorías que se habían desarrollado sobre el tema y no la más importante.
Otro punto a tener en cuenta de esta publicación es la traducción directa del polaco realizada por Bárbara Gill Zmichowska en un castellano muy argentino, con voceo y expresiones coloquiales muy propias de nuestro país, que le dan al texto un tono muy cercano para nosotros/as.
Terminaremos esta reseña con un breve fragmento de Volver a las estrellas, donde el protagonista narra a su nueva compañera, Eri, lo más maravilloso que vio en su viaje por el espacio exterior: “Imaginate… la coexistencia de los mundos. Primero uno rosa, el más liviano, el más delicado, un infinito rosado, y en él, otro, que lo atraviesa, más oscuro, y más allá un rojo casi morado, pero muy lejos, y alrededor sólo brillo, ingrávido, no como una nube, no como una niebla: distinto. No hay palabras para decirlo. Salimos de la nave los dos y mirábamos. Eri, no lo entiendo. Mirá, todavía se me oprime un poco la garganta, era tan bello. Pensá: ahí no hay vida. Ahí no hay plantas ni animales, ni pájaros, nada, ningún ojo que pudiera verlo. Estoy seguro de que a lo mejor desde la creación del mundo nadie lo había mirado, que nosotros éramos los primeros, con Arder, y de no haber sido por el gravipeleng, que se nos averió y tuvimos que aterrizar para arreglarle la escala, porque el cuarzo se había roto y el mercurio se había derramado, hasta el fin del mundo nadie se hubiera parado ahí y lo hubiera visto ¿No es impresionante? Uno tenía ganas… bueno, no sé. No podíamos irnos de ahí. Nos olvidamos para qué habíamos aterrizado, sólo nos quedamos parados, sin movernos, y mirando… (…) No conocemos nada parecido. No era parecido a nada. Tenía una enorme profundidad, pero no era un paisaje. Ya te dije, esos matices, cada vez más lejanos y oscuros, tanto que bailaban ante la vista. Movimiento… diría que no. Fluía y estaba detenido. Se transformaba, como si respirara, pero seguía siendo igual, quién sabe, quizá lo más importante fuera la enormidad. Como si más allá de esa eternidad cruel, negra, existiera otra eternidad, otro infinito, tan concentrado y poderoso, con tanta claridad que, al cerrar los ojos, el ser humano dejaba de creer en él”.
Santiago Julián Alonso es artista visual, escritor, dramaturgo, licenciado en Letras (UBA), periodista e investigador en el Centro Cultural de la Cooperación. Vive en Villa Ciudad Parque, Córdoba.





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