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Federico Irazábal: “El teatro porteño es altamente político”. Entrevista al director artístico del FIBA
Federico Irazábal analiza las claves del «festival de festivales» y el desafío de internacionalizar a los artistas locales ante un público porteño profundamente ávido de vanguardia y riesgo escénico.
El FIBA (Festival Internacional de Buenos Aires) regresa adoptando un formato bienal y una curaduría más marcada. Para comprender los cruces de su grilla internacional, que dialoga de forma directa con la identidad teatral porteña, conversamos con su director artístico, Federico Irazábal. El encuentro se celebrará del 9 al 20 de septiembre de 2026, consolidando un puente hacia la internacionalización de los creadores locales mediante el potenciado Mercado FIBA.
Irazábal detalla la vigencia de conceptos como “la ciudad como escenario”, la proliferación de propuestas ligadas al site-specific y las lecturas coreográficas contemporáneas. También destaca las relecturas críticas de textos clásicos como Vania o La ópera de los tres centavos en salas clave como el Teatro Alvear y el ArtHaus, buscando interpelar a un espectador profundamente curioso, ávido y entrenado en el riesgo escénico. Toda la programación se puede consultar en https://fiba.ar/.
Con Fervor: El FIBA regresa adoptando un formato bienal y una fuerte apuesta por la convivencia entre el teatro de texto tradicional, el circo, la danza contemporánea y la performance ¿Cómo se pensó este equilibrio en la curaduría para que la diversidad de lenguajes de compañías provenientes de cuatro continentes dialogue con la identidad teatral histórica de Buenos Aires?
Federico Irazábal: Básicamente, lo que se buscó tiene mucho que ver con el modo en el que se piensa la escena teatral porteña: una escena de enorme diversidad en donde los mismos artistas pueden convivir en el gran, mediano y pequeño formato; transitar por una sala comercial, pasar por una independiente y estrenar en el circuito oficial. Por lo tanto, en la programación internacional se intentó dar cuenta de esa diversidad y alternancia. A la vez, la escena local mantiene un diálogo fluido con el teatro de Occidente, de modo que también rastreamos proyectos internacionales alineados con esas búsquedas.
En muchos casos, son espectáculos que trabajan sobre las mismas preguntas que se plantea la escena de Buenos Aires, pero que logran respuestas diferentes. Con esto no sugiero que una propuesta sea mejor o peor que la otra, sino simplemente distinta, lo cual permite al público local encontrar nuevos puntos de vista.
El teatro porteño es altamente político. El FIBA cuenta con proyectos que dialogan fuertemente con este eje a través de una mirada sumamente crítica, una gran diversidad de lenguajes y un tratamiento híbrido de la escena. En consecuencia, proponer espectáculos performáticos, de circo, de danza contemporánea y de teatro —algunos basados en textos clásicos y otros en proyectos de índole contemporánea— forma parte de la esencia y de la búsqueda de nuestra programación internacional.
CF: El FIBA tuvo varias ideas que sellaron sus búsquedas: desde la premisa de «traer lo mejor de afuera a la Ciudad», hasta la de «programar yendo a las salas del mundo, no a los demás festivales». ¿Qué ideas rectoras orbitan sobre el FIBA que conoceremos en pocos días?
FI: Es muy interesante hacer un repaso de los lemas o las máximas del FIBA a lo largo de su historia. En los últimos años, se trabajó mucho sobre la idea de “la ciudad como escenario”, un concepto que por supuesto sigue vigente a través de las propuestas de site-specific y los recorridos urbanos. Naturalmente, estos proyectos locales toman, intervienen y recorren la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, yo diría que la máxima de este año tiene mucho que ver con la identidad de un “festival de festivales”.
En esta edición, no buscamos obras teatrales rastreando estrictamente ciudades o territorios en abstracto, sino que realizamos una búsqueda orientada hacia los festivales más renombrados y queridos del circuito internacional. De este modo, algunos de los proyectos seleccionados, como las dos propuestas coreanas, formaron parte de encuentros globales que transcurrieron hace apenas unas semanas.
Una de ellas pasó por el prestigioso festival internacional alemán Theater der Welt, que se celebra cada tres años en distintas sedes de Alemania y que este año tuvo lugar en la ciudad de Chemnitz. La otra obra se presentó en el Festival d’Avignon 2026, cuya edición —dirigida por Tiago Rodrigues— puso un foco especial en la creación surcoreana. Esta línea de curaduría constituye una búsqueda permanente: el público se encontrará con producciones que han transitado recientemente por grandes plataformas, como el Festival Internacional de Artes Vivas de Bogotá (FIAV), la MITsp (Mostra Internacional de Teatro de São Paulo) o el Festival Internacional Cervantino.
La premisa central de esta edición es que, durante los 12 días del FIBA, logremos concentrar y ofrecer un panorama de las mejores programaciones artísticas de los grandes festivales del mundo, sin necesidad de moverse de Buenos Aires.

CF: Esta edición de FIBA se va a inaugurar con una propuesta internacional como Dorian, de Bob Wilson ¿Cuál fue el criterio de programación para lograr que las obras internacionales actúen como puente de internacionalización y proyección hacia el mundo para los elencos independientes locales?
FI: Siempre que se diseña una programación internacional, se piensa precisamente en ese diálogo. A diferencia de otros encuentros muy importantes de la región o del mundo, que se realizan en ciudades sin una vasta tradición escénica, el FIBA opera bajo lógicas muy diferentes debido a las características de Buenos Aires. La ciudad posee un caudal de espectadores, una cantidad de creadores y una calidad en sus propuestas que convierten a la selección internacional en un enorme desafío.
Lo que he buscado en estos últimos diez años tiene mucho que ver con generar un puente hacia la internacionalización de nuestros creadores. Esto se traduce en acciones concretas que suelen desarrollarse de manera silenciosa: construir vínculos y nodos entre una compañía extranjera y una local para que desarrollen un proyecto conjunto. Lo hemos hecho infinidad de veces. Esos creadores, al ponerse en diálogo para trabajar en una propuesta puntual del festival, empiezan a tejer una red. Luego, el artista extranjero invita al argentino a viajar a su país para producir, dictar un workshop o realizar un seminario, dándole continuidad a ese entramado.
A su vez, el hecho de que el FIBA esté nutrido con la programación más convocante que circula hoy por los principales festivales del mundo funciona como un imán para los programadores internacionales. Cuando comprueban que esas producciones contemporáneas están en Buenos Aires, aprovechan el viaje para valorar la escena nacional. De este modo, la grilla internacional expande el alcance del Mercado FIBA. Por supuesto, la enorme cantidad de talentos locales también actúa como un polo de atracción para los curadores extranjeros que vienen a Buenos Aires a descubrir nuevas tendencias.
En estos últimos años, el festival intentó que las figuras con reconocimiento internacional ya consolidado nutran la grilla junto a creadores que están en sus primeros proyectos. Estos últimos poseen una enorme importancia para nuestra escena, pero aún no han dado el salto al exterior, y nuestro propósito es, justamente, impulsar esa internacionalización. Son muchísimos los casos de artistas que lograron proyectarse hacia afuera a partir de su presencia aquí. En ese sentido, el Mercado FIBA —que ha crecido edición tras edición y que en esta entrega se presenta muy potente, con grandes personalidades de la curaduría internacional— ha sido muy exitoso para seguir instalando la marca del teatro argentino. Desde el FIBA nos propusimos la tarea de sumar nombres de creadores jóvenes a esa historia y, afortunadamente, es un objetivo logrado.
CF: Con apuestas como Vania y La ópera de los tres centavos, se actualizan las miradas sobre los grandes autores del mundo ¿Qué hallazgos encontrás en estos trabajos?
FI: Siempre vamos a estar mirando porque al teatro, a la escena internacional es algo que le interesa muchísimo, que es poner en diálogo a esos grandes textos clásicos con el mundo contemporáneo. La Argentina, la escena argentina, ha sido una gran maestra en este sentido. Y este año el FIBA, precisamente con esos proyectos que mencionás que tienen que ver con Vania y con La ópera de los tres centavos, a los que habría que sumar otros, como Chayka, de Valentino Grizutti, que también trabaja la revisión a esos clásicos. Ahí yo creo que el FIBA, como un festival de estéticas contemporáneas, es un festival que está todo el tiempo tratando de mirar y de entender en qué medida los textos clásicos tienen el poder de hablarle al mundo contemporáneo y cómo se produce ahí una tensión.
Y, por supuesto, los artistas de los que estamos hablando son artistas que no van a trabajar desde una lectura clasicista, sino que van a establecer algún tipo de lectura dramatúrgica, de relectura crítica, de pensamiento crítico alrededor del tema. Y eso es lo que podemos estar viendo ya ahora mismo con La ópera de los tres centavos, en el Teatro Alvear, y que vamos a poder ver en el mes de septiembre con Vania o que pudimos ver a fines del año pasado y a lo largo de este año con Chayka en ArtHaus y con tantos otros proyectos, ¿no?, que se dedican a mirar estos clásicos, a adaptarlos y a tratar de entenderlos en su aporte al mundo contemporáneo.

CF: El FIBA, como el BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), ha crecido bajo el calor de un público fiel que llena las salas. Hablamos de “teatro contemporáneo”, pero, ¿en qué medida sentís que el FIBA nos presenta un espectador contemporáneo?
FI: Todos los que estamos involucrados con el hacer escénico, ya sea en la creación o en la gestión y en la producción, siempre decimos lo mismo: no hay espectador como el espectador de Buenos Aires. Es un espectador ávido, es un espectador que tiene información y formación, pero que a la vez está interesado siempre en mirar lo contemporáneo, en mirar aquello que lo desafía. No es un espectador, en términos generales, conservador al que le gusta ir al teatro a que le cuenten una y otra vez la misma historia con un formato escénico o escenotécnico que una y otra vez es el mismo, sino que está buscando permanentemente una zona de desafío. Es un espectador profundamente curioso que entiende que el vínculo con el objeto artístico no necesariamente tiene que ser de placer, de disfrute y de distracción, sino que también puede ser un vínculo confrontativo, un vínculo de tensión; y que en esa confrontación y en esa tensión hay aprendizaje tanto para con el artista como para con el espectador.
Y en ese sentido creo que es un espectador bien contemporáneo que se va volviendo contemporáneo a medida que pasan las décadas porque siempre está en este proceso de búsqueda. Mencionabas el BAFICI y con esto se abre el universo del cine y no nos podemos olvidar lo que sucedía en este país alrededor de Bergman o lo que ha sucedido alrededor de todos los grandes cineastas del llamado cine de autor, de un cine experimental, de un cine de vanguardia. Aquí son directores de enorme importancia que la gente busca los lugares a donde ir y que tenemos espacios que los proyectan más allá de, obviamente, el cine de industria, el cine mainstream, que también es muy importante.
Y eso mismo se aplica al teatro. El teatro también tiene un espectador que es muy ávido de encontrarse con eso que resumimos bajo la palabra «novedad», pero que no sé si es la palabra correcta, pero sí la idea de desafío, la idea de una escena que esté en condiciones de desafiarlo y en donde el espectador no se siente atacado por ese desafío, sino más bien convocado a desarrollar nuevas estrategias que permitan decodificar un código que hasta ahora no había aprendido ni había conocido su funcionamiento.
Y en ese sentido, FIBA siempre ha sido un festival de riesgo, un festival que se ha propuesto provocar a ese espectador con proyectos que por alguna razón lo desafíen. Y esta edición de FIBA es una edición que, por supuesto, también desafía al espectador a formular nuevas preguntas, a encontrarse con nuevas respuestas y a reconocer también algunos formatos muy disruptivos en relación con la norma.
Ezequiel Obregón es Profesor en Letras por la UBA y periodista cultural. Es estudiante de la Carrera de Artes Audiovisuales, con orientación en Realización (UNLP). Asimismo, integra el Área en Investigación de Ciencias del Arte del Centro Cultural de la Cooperación. Es votante de los Golden Globes y del Premio Teatro del Mundo (UBA) e integra la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina. Vive en San José, Temperley, provincia de Buenos Aires.



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