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Entrevista a Alejandra Perlusky, gran intérprete de comedia musical que brilla en Billy Elliot

Alejandra Perlusky, una de las figuras más versátiles y consolidadas del teatro musical argentino, repasa en esta entrevista los hilos que tejieron su carrera. Desde su temprano sueño de ser bailarina clásica hasta sus actuales desafíos compartidos con jóvenes talentos en el escenario. La intérprete reflexiona sobre la rigurosidad de sus maestros, la estructura dramática de las grandes obras y la latente necesidad de gestar un espectáculo con voz propia.

 

Con Fervor: Hoy podemos contar una amplísima cantidad de proyectos que te tuvieron como parte de sus elencos. Mirando atrás, ¿cómo fue el camino para incorporar y unir todos los conocimientos que hoy desplegás en el escenario?

Alejandra Perlusky: Voy a intentar ser sintética. En realidad, nunca me propuse de entrada ser intérprete de comedia musical. De chica mi prioridad y mi sueño era ser bailarina clásica. Pero, a mi mamá no le convencía la idea; eso me terminó impulsando a estudiar teatro para ser actriz. Y más grande empecé a cantar. La vida me fue llevando. No es que fui a una escuela y me formé en las tres áreas juntas, sino que estudié cada disciplina por separado. Después las uní y las apliqué al teatro musical.

CF: ¿Por qué tu mamá no quería que hicieras danza? ¿Fue por la exigencia de esa disciplina a una edad tan temprana?

AP: Ahora que cuento un poco mi historia, ella me reclama y me dice: «En realidad, no es que yo no quería que estudiaras danza, sino que no quería que te dedicaras profesionalmente al ballet» (risas). Para entrar en el circuito profesional tenía que dejar el colegio, dedicarle muchísimas horas y abandonar un poco la estructura familiar que ella tenía pensada. Nosotros vivíamos en provincia y las grandes escuelas estaban en Capital Federal, así que implicaba viajar al centro. En su momento ella lo vivió como algo catastrófico por toda esa movida, sumado a la disciplina que requería.

CF: Hoy que trabajás con intérpretes infantiles y adolescentes en Billy Elliot, ¿qué aconsejás: formarse en una academia integral o armar un camino propio con maestros particulares?

AP: Eso depende exclusivamente del deseo de cada persona. Si alguien quiere formarse en teatro musical, las escuelas de hoy están buenísimas y son súper completas. Incluso, a nivel económico, es más accesible entrar a una escuela que pagar todo por separado. Con respecto al canto, sí aconsejo las clases individuales; no soy muy amiga de las grupales. Pueden funcionar como una primera mirada, pero el canto requiere un seguimiento personalizado porque el instrumento es muy propio. Más allá de que se formen en danza, jazz o tap, mi consejo es estudiar canto de forma particular.

CF: Trabajaste en mega producciones extranjeras y también en proyectos locales. ¿Notás alguna diferencia en cómo se concibe al artista arriba del escenario según el tipo de producción?

AP: La verdad es que no. El teatro musical es teatro musical, acá y en cualquier lado. Tenemos autores argentinos increíbles. Pepe Cibrián fue un valiente total al confiar y traer su Drácula y está buenísimo que exista el teatro musical de autoría nacional. Está Los monstruos, de Emiliano Dionisi, por darte un ejemplo, y hay muchísimas obras grandes y pequeñas. El teatro es teatro siempre.

CF: Existe el mito de que la comedia musical no profundiza tanto como el teatro de texto. Sin embargo, hoy te dirige Rubén Schumacher, un regisseur riguroso y director de otras tantísimas puestas “de texto”. ¿Cómo es ponerse bajo su mando en una obra con tanta exigencia dramática y coral?

AP: Hay que destacar que Billy Elliot tiene una estructura muy distinta a otras comedias musicales. Es una gran historia con muchas escenas de texto; aquí las palabras no son meras transiciones hacia los cuadros musicales. Hay una dramaturgia tan sólida de principio a fin que, si le sacás las canciones, el cuento se entiende igual. Cuando tenés una base de texto tan fuerte, la dinámica cambia. Rubén fue un gran capitán para esto, porque conoce a la perfección las obras de texto y ha dirigido óperas, lo que le da un manejo de grupos increíble. Además, fue mi maestro cuando yo tenía 19 años y quería ser actriz. Es un director muy exigente, pero sumamente amoroso y con un entendimiento muy profundo de lo que la obra quiere contar.

CF: La señora Wilkinson es un personaje hermoso que sabe ver el potencial de Billy cuando nadie más lo hace ¿Qué mirada tenés sobre ella?

AP: El rol de la señora Wilkinson me parece encantador porque no es lineal; tiene un arco dramático hermoso donde termina completamente transformada. Tiene un gran corazón y es noble, a pesar de ser agria o de tener métodos pedagógicos poco ortodoxos en sus clases. Sabe ver la pulsión de ese niño y entiende su compleja situación familiar. Creo que su motor es su propia frustración: no quiere que Billy termine estancado en ese pueblo como terminó ella. Esa complejidad de ser una mujer frustrada en la danza le aporta un condimento único a la construcción del personaje. Ella enseña algo mucho más profundo que la técnica; les enseña a sus alumnos a conectarse con el deseo propio y a tener la valentía de plantarse ante realidades complejas.

CF: ¿Fantaseás con la idea de dirigir o de armar un proyecto propio?

AP: Siempre lo pienso, aunque todavía no me animo a dirigir. Creo que es un rol complejo para el cual hay que formarse mucho. Sí tengo muchas ganas de armar un espectáculo propio. Me gustaría asociarme con alguien de la dramaturgia para construir algo mío que hable de mí, Alejandra, y dejar de ser siempre la intérprete de las historias de otros. Este verano estuve en el Teatro Colón participando en Astor Piazzolla Eterno, bajo la dirección de Emiliano Dionisi, que es un director súper amoroso. Trabajar allí me hizo reafirmar que conectar con la estética, el lenguaje y la luz propia es una búsqueda necesaria que decanta con los años.

CF: Con la obra Mamma Mia! recorrieron Carlos Paz, Mar del Plata y Buenos Aires. ¿Cómo vivís el contacto con públicos tan distintos y las devoluciones de la gente al salir del teatro?

AP: Si te soy honesta, trato de escaparme. Salgo del teatro, saludo un ratito y me agarra la necesidad de irme. Estoy súper agradecida con el público porque es muy amoroso, pero no suelo quedarme a charlar horas en la puerta como hacen otros compañeros. A veces me voy rápido para cuidarme la voz o simplemente porque estoy cansada. Reconozco que ese encuentro a la salida es un momento mágico para el espectador, porque te ven de golpe vestida de civil y sin peluca, así que lo respeto y saludo, pero cortito.

CF: Te hago la última pregunta, ¿cómo es tu conexión diaria con los diferentes actores que interpretan a Billy Elliot?

AP: Trabajar con niños en el escenario es algo sumamente emocionante y mágico; para mí son grandes maestros. Los tres nenes que hacen de Billy (Franco, Mateo y Joaquín) son súper distintos y sensibles. Como son menores de edad, van rotando las funciones. Eso para mí como actriz es un entrenamiento alucinante, porque cada uno respira y dice sus líneas de manera diferente; mantiene la función viva. Tienen una sabiduría y una responsabilidad enormes; de hecho, ellos casi no se equivocan, ¡la que se equivoca soy yo! Estoy muy agradecida con esta experiencia porque aprendo muchísimo de todos ellos, tanto de los que hacen de Billy y Michael como del grupo de niñas que hacen de mis alumnas de ballet.


Ezequiel Obregón es Profesor en Letras por la UBA y periodista cultural. Es estudiante de la Carrera de Artes Audiovisuales, con orientación en Realización (UNLP). Asimismo, integra el Área en Investigación de Ciencias del Arte del Centro Cultural de la Cooperación. Es votante de los Golden Globes y del Premio Teatro del Mundo (UBA) e integra la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina. Vive en San José, Temperley, provincia de Buenos Aires.

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