Icono del sitio Con Fervor

Una novela que mixtura surrealismo, oralidad y fantasía durante los 4 días del carnaval de Río

El escritor Diego Cano nació en 1970. Publicó Kafka, una literatura del absurdo y la risa (Bärenhaus, 2020), Roberto Arlt, el monstruo (Bärenhaus, 2021), César Aira, el comité del significante (Borde Perdido, 2023), Wilcock, visitante del infierno (Aurelia Rivera libros, 2024), César Aira: cincuenta años de primeras ediciones, junto a Germán Coppolechia (Urania, 2025), el estudio preliminar y edición de Parker, mi prójimo, de Guillermo Piro (Aurelia libros, 2026); el libro de cuentos El silloncito (Ágnes casa editorial, 2022), y las novelas La verdulería (Trapezoide, 2022), Gulag (Mansalva, 2023) y Moreno (Borde Perdido, 2025). Coeditó Kómodo, de César Aira (Kalos, 2021 y 2025), y La tortuga ecuestre, de César Moro (Ágnes casa editorial, 2024). Asimismo, coordina lecturas colectivas en Twitter desde 2018.

Río de Janeiro es literalmente una novela alucinante, poco común y con un muy interesante trabajo del lenguaje, que combina el castellano con el brasileño, con lo cual, se la debe considerar una obra bilingüe. En la contratapa, el escritor Edgardo Scott la vincula, por un lado, con El sueño de los héroes, de Bioy Casares, debido a que también ocurre durante el carnaval, pero, en este caso, el de la ciudad de Buenos Aires y con los neobarrocos cubanos Severo Sarduy, Reinaldo Arenas y José Lezama Lima a través del neobarroso Néstor Perlongher. De todos estos autores opino que este último es el que más ha influenciado en esta novela, que tiene un vocabulario poco complejo, que intercala frases hechas a diestra y siniestra con frases poéticas, es vertiginosa, llena de acción y violencia, surrealista, absurda, caótica, fantasiosa y mucho más. Da la impresión de que puede disparar para cualquier lado, uno/a no sabe qué va a ocurrir en el próximo párrafo, por eso, me gusta asociarla a esa tradición que comienza por Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, los dos vagabundos de la literatura. Asimismo, suele mezclar frases estilizadas, metafóricas o poéticas con otras coloquiales, del tipo “era un vieja chota”, y también con lenguaje culto, pero de modo burlesco, como: “en un conflicto dialéctico hegeliano entre el todo y la nada”.

El carnaval de Río pareciera ser un momento en que el tiempo se detiene y todo es posible. La descripción del ambiente carnavalesco es permanente y tiene que ver con el propio estilo del texto. El brasileño aparece sobre todo en los diálogos, un poco de modo caprichoso, y no dificulta para nada la comprensión de la novela, sino que la sitúa en su entorno geográfico-cultural.

João -el protagonista- es asesino, remisero y surfista y hace días que no pega un ojo. En un principio, pareciera que la acción tiene como motor las misiones criminales que debe cometer para ganarse la vida (las cuales le son asignadas por extraños personajes que aparecen en la calle y le entregan un papelito con los datos de su próxima víctima), pero más adelante otras acciones ocupan su lugar. Sus ojotas le permiten volar mediante un raro mecanismo y con gran velocidad, esto le da al personaje un poco el estilo de los trillados superhéroes de historieta. En varias momentos, escucha una voz que le parece venir de la Piedra do Arpoador, en la playa, y que le dice que no haga ese trabajo, en brasileño, lo cual funciona como un leitmotiv. Las personas que asesina suelen metamorfosearse en otras y nunca recibe el dinero por sus trabajos.

Todo el tiempo se mezcla a los personajes con artistas populares brasileños, como Caetano Veloso, Cazuza, Maria Bethânia, Gal Costa o Vinicius de Moraes, por su parecido. Lo fantástico es un ingrediente importante, pero, a veces, suele insinuarse que podría ser una alucinación de algún personaje. El sentido olfativo es muy importante y a cada rato se presentan olor fétidos y podridos, especialmente, a gato muerto.

Hay escenas muy grotescas y divertidas, como aquella en que entra a un restaurant para matar a una morena y, de repente, el salón se llena de enanos con cara de Caetano Veloso y lo atacan con cuchillos, a lo cual se defiende usando su dedo como una katana (espada samurai). Otro de los personajes principales es Xingu, “el héroe del surf de Arpoador”. Hacia la mitad del relato los cuerpos y mentes de João y Xingu se mezclan en uno solo. Para curarse van a ver a la mãe de umbanda Carlota a la favela. Durante el ritual aparecen espíritus volando y dos loros “muertos vivientes”, entre otras cosas delirantes. Toman un brebaje para separarlos que mata a Xingu, porque la mãe quiere a João para sus fines revolucionarios contra la Naturaleza. Los umbanda reciben a este último como al Elegido. Se describe la transformación de modo poético: “abriendo el tiempo como si fuera una flor”. Se internan en la favela, que es descripta de modo formidable. Allí conoce a su amor, la morena Adriana. Un tornado destruye la favela y cuando termina, en el colmo del delirio, aparece caminando el Cristo Redentor de modo monstruoso y grotesco y con la cara de Xingu. Le pega con un dedo a João, que vuela por los aires, besa muy suavemente en la mejilla a Adriana y, finalmente, grita: “¡Deus natura est!”. Frase que se suele explicar diciendo que Dios y el universo físico son la misma cosa y que se vincula con el panteísmo y la filosofía de Spinoza.

Diego Cano nos pone frente a una exquisita ensalada rusa linguística que siempre mantiene su equilibrio estructural y nunca deja de deleitarnos.


Santiago Julián Alonso es artista visual, escritor, dramaturgo, licenciado en Letras (UBA), periodista e investigador en el Centro Cultural de la Cooperación. Vive en Villa Ciudad Parque, Córdoba.

Salir de la versión móvil
Ir a la barra de herramientas