Con Fervor

Mejor unas violetas para Ida Vitale

(Publicamos esta nota que nos envió Rodolfo Alonso en diciembre de 2020 como colaboración para nuestra revista Con Fervor. Y lo queremos hacer, especialmente, como un homenaje post mortem al gran poeta, traductor y ensayista que fuera colaborador de nuestra revista desde su inicio).

 

“Los premios no escriben por uno”, me dejó caer alguna vez Juan Gelman, en uno de sus breves (pero sustanciosos) mensajes de texto. De ese nivel, de tal calibre había de ser, también, la montevideana Ida Vitale, a quien, el Reina Sofía, se ha honrado al premiarla en su edición número XXIV, otorgada el año 2015. Seguramente, ha de haber recibido con calma la noticia, en el silencio habitado que la envuelve. Quizá, con esa misma inolvidable sonrisa tierna y levemente triste, con que nos regaló, aquí, al citarnos de paso, para tanto tiempo de sosegado diálogo, “cuyo tibio recuerdo”, como bien diría ella después, “persiste en aquella noche de un Buenos Aires, después de mucho recobrado”.

¿Y cómo no nos iba a dar un enorme alegrón y, al mismo tiempo, sorprendernos, cimarrones como somos, que un premio de, a veces, tan estruendosos relumbrones le haya tocado a una de las más recoletas, ceñidas y acendradas voces de nuestro sur, de nuestro sur del Sur? ¿Cómo no nos iba conmover que fuera a una uruguaya, es decir, la otra orilla de esa cuenca rioplatense, que los argentinos compartimos con nuestros hermanos orientales, a la que solían imaginarse, tiempo atrás, como preferentemente inclinada hacia la introversión y la melancolía?

Al encarar la personalísima producción lírica de Ida Vitale, me resulta imposible no percibir de qué fecunda manera esta poesía, que parte -desde un comienzo- de la absoluta, nítida, insoslayable conciencia de nuestra mortalidad (“Serás ceniza y no tendrás sentido” dice, quevedianamente) y, por lo tanto, de la consiguiente precariedad de nuestros actos (“La historia no se olvida y roe, roe”), se descubre a la altura de ese ineludible despojamiento con el no menos despojado ahondar de su palabra (“Puedo cantar / en medio del más cauto, / atroz silencio”) y, al mismo tiempo, de su propia vida (“Ahora estamos a solo, duro, / enemistado cielo”).

Sin la falsa vergüenza de que no la denuncie su propia entidad, su auténtico sentir, Ida Vitale ha logrado erigir la escueta carnalidad de sus textos, a la vez, concisos y jugosos, que no desdeñan la médula ni el hueso y que encauzan en su lengua ese contagioso, desesperado y humanísimo aliento, ese jadeo de nuestra condición.

Entre “un ramo de ruina” y “el gran árbol de luz”, con “ácida paciencia”, la autora no sólo “trueca el duelo en canto”, sino, que es capaz de experimentar -y transmitirnos- la densidad grave y, no sólo, fonética del lenguaje, de esas palabras a las que, de forma tan tierna y tan lúcida, llama “Hermanas, tristes nuestras”, a las que sanamente, también, concibe, siempre, al borde de la mortal retórica: “Un breve error / las vuelve ornamentales”. La pasión, a un tiempo enamorada y desolada que se percibe, vívida, en la escritura desnuda, árida y ávida de Ida Vitale es, a la vez (al unísono, como debe ser), una pasión de vida y de belleza y no se entrega a la mortalidad, sino, para hacer de ella señales preñadamente contagiosas de la especie, modos de ser más ser, crudo y veraz lenguaje de los hombres, tenso y transido, que no nos seduce ni encandila.

Vida escrita latente y lista a fecundarnos, de igual a igual, sin trampas ni añagazas: “Como este pájaro / que espera para cantar / a que la luz concluya, / escribo entre lo oscuro, / y cuando nada hay que brille / y llame de la tierra. / Inauguro en lo oscuro, / observo, escarbo en mí / que soy lo oscuro.”