Con Fervor

Hugo Rivella, poesía en el despeñadero

Agradecemos a la revista digital La Poesía Alcanza por compartir el siguiente texto: https://www.lapoesiaalcanza.com.ar/

 

Una extensa obra editada en Argentina, Ecuador, Perú, España y México sostiene la producción poética de Hugo Francisco Rivella (Salta, norte argentino, en 1948). Algunos de sus títulos son: Caballos en la lluvia. La sombra en el espejo; Yo, el toro; Centro de Tormentas; Ojo astillado; Las yeguas y las rosas; Espejos equivocados y Una rosa en las garras del jaguar. Asimismo, recibió los premios Juegos Florales Centroamericanos de Quetzaltenango (Guatemala), Jaime Gil de Biedma (España); Gilberto Owen (México); y Paralelo Cero (Ecuador). Precisamente, en este último país, se publicó su libro El caleidoscopio del sufriente, por ediciones El Ángel, en 2018.

 

La poesía, esa lengua astillada

 

La poesía de Hugo Rivella se va diciendo desde los títulos mismos. Algunos como La Hora del Relámpago, Ojo astillado y Centro de tormentas, dan las claves de un universo donde todo colisiona violentamente; mientras otros aluden a sus símbolos preferidos: el caballo, el toro, los ojos, el ángel, el niño que corre entre cosas quebradas. Este que nos toca presentar hoy, El caleidoscopio del sufriente, también nos adelanta marcas sustanciales de la poesía de Rivella; por un lado, ese prisma que brinda formas de colores que se hacen y deshacen; el ojo demente que observa un pequeño cielo de estructuras alteradas. Por el otro, ese hablante “sufriente”, vapuleado que se sobreimprime al Vallejo aquel al que todos “le daban duro con un palo” (…) “sin que él les haga nada”.

Este microscopio vidente, este telescopio de formas turbulentas que es sin duda uno de los ejes de este libro, coloca frente al lector una compleja red de transfiguraciones, de mutaciones vertiginosas, porque otra característica de esta poesía es la celeridad y el vértigo. Tanto, que podría decirse que la idea de la muerte en su poesía está asociada a la caída, pero también el hundimiento; en muchos textos de Rivella se vive con un pie en el despeñadero, abismado, al filo del pantano. Escribe: “Todo es un tembladeral, un precipicio, una ciénaga sin límites” (…) “Caminé por el borde de la noche con los ojos cerrados” (…) “No volverá mi brazo a colgar del abismo”.

En este sentido, esta poesía nos advierte sobre el rumbo peligroso que ha tomado la humanidad, siempre al borde de alguna catástrofe –sea la de los estudiantes muertos en Ayotzinapa, México, o la de los migrantes ahogados en el Mediterráneo- víctimas congeladas en un número al que somos inmunes, en la medida en que se han naturalizado las masacres. Rivella no elude el clamor testimonial y amplifica estos hechos y los coloca a ratos en una cuerda de arenga. El hablante sufriente de su libro, más que lamentarse, nos previene. Es un hablante metido en el gentío, anónimo, que habita lugares precarios y que nombra: “un paisaje -dice- de cuerpos flotando a la deriva”, paisajes sombríos que sólo percibe el ojo astillado, solidario, herido, observando atónito: “la cruz donde la noche ha colgado inocentes”.

Es esta misma voz la que una y otra vez martilla sobre la palabra “miedo”, como una manera de designar un presente de inquietud y un futuro incierto. El poeta ve: “huesos calcados en el miedo”; y siente: dice, “el chasquido del látigo sobre mis cicatrices”. Muchas de sus imágenes –y este es un rasgo de todos sus libros- aluden al desgarro. Flashes de cuerpos castigados relumbran en cada página que a ratos se tiñe con cierto aire de truculencia, como cuando expresa: “Un alacrán de hierro me truena en la garganta”.

Lo que para algunos podría sonar excesivo –aquí vale recordar que Pablo de Rokha hizo de la desmesura un estilo, mientras que eran frecuentes en Neruda y Huidobro las apelaciones a lo sideral- es para Rivella un modo de consolidar una poética; un entramado que busca tensionarse con los hilos de la intuición, el ritmo, las ideas y el dato de época que pone a circular sus textos por diferentes tiempos y territorios. En ese sentido, sus poemas están poblados de referencias y personajes de la vida social y cultural: de Percy Shelley a Flora Tristán, de Leonard Cohen a García Lorca, de Walter Benjamin a Eva Giberti, y muchos otros nombres, estableciendo diálogos entre poesía y filosofía, política, música, cine y sociología.

Uno de esos nombres, el del fotógrafo alemán Jörg Heidenberg, podría ilustrar de modo inmejorable cada poema de este libro con sus imágenes de cuerpos desnudos como troncos de árboles retorcidos; es decir: como nudos desnudos.

El aspecto fantasmagórico de El caleidoscopio del sufriente tiene que ver con imágenes dispuestas en secuencias de cámara rápida, con el uso reiterado de la enumeración caótica y expresiones encabalgadas que dan el jadeo del desenfreno. Sobre este rasgo de Rivella se han expresado escritores como Carlos Hugo Aparicio y Teresa Leonardi. El primero se refirió a “textos en constante arrebato”, en tanto Leonardi habla de “escrituras torrenciales” que abrevan, dice, en “compañeros de ruta”, entre otros Walt Whitman, César Vallejo y Juan Gelman. Habría que agregar a poetas como Armando Tejada Gómez y Manuel J. Castilla, quienes mucho aportaron al destacado cancionero argentino. También Rivella es un juglar que ha alternado la pluma y la guitarra, componiendo sus temas e incluso cantándolos –una muestra de ese trabajo está en su libro de coplas De fuego y sombras. Como no podía ser menos en un poeta del cancionero, la totalidad de su poesía posee un ritmo sostenido, sin duda uno de sus puntos fuertes.

En un libro anterior, Endentro de mí y el poema posible, Rivella habla de “lengua rota” sentando las bases de la paradoja que reside en toda ars poética armada entre lo viable y el imposible. Es esa misma lengua astillada la que dibuja figuras de gran belleza y contundencia que, además, da esperanza en tiempos de adversidad. Apenas una muestra; escribe Rivella: “He sembrado mis llagas en la rosa”.

 

Condición del muriente

Como una perra hambrienta me miró aquella noche.

Yo venía con los huesos partidos y la sombra de un pez en mis zapatos,

Se recostaba el tiempo sobre la encina que lindaba al vecino con mi infancia.

Después

la tuve siempre a mi costado.

 

Recuerdo pasábamos horas enteras conversando,

que había estado en el mar con sus rugientes,

que vio de cerca la flor en la basura,

los niños en la rama de un árbol deshojado.

 

Nos hicimos amigos.

Me sorprendió cuando vino a buscarme.

 

Tenía una lágrima colgando en la mejilla.

La quietud del que espera a la poesía

¿Qué jaguar no la sueña?

¿Qué rama?

¿Qué silencio la ha metido en la boca para que no desangre?

 

Importa el estallido volviéndose relámpago,

el dolor del herido más que la herida misma, la saliva del beso en la piel del amante,

el hilito de sombra en el que se refugia.

 

Yo me recuesto sobre sus pisadas, las huellas que dejó en otras calaveras,

el buitre en las entrañas del cadáver del ángel que se creyó un pájaro y lo descuartizaron,

la brújula en la mano del ciego en el espacio,

el tintineo del viento en un árbol lejano.

 

Quizás de tanto amarla,

se rinda

y me acaricie

 

Caronte pasa con el cadáver de mi madre

El óbolo bajo la lengua de los muertos no sueña en el avaro,

ni es la llave que abre el corazón de la reina para que Caronte

la cruce al Más Allá

por el Aqueronte.

El río es la furia de dios en manos de un mendigo,

el Dolor, el Odio, el Fuego y el Olvido.

Los perros guardianes del infierno velan tiempo y espada.

sus cabezas de fábula mordisquean mis huesos.

 

Todo es cruel y la noche es una mueca trágica.

Ha muerto mi madre y no le pusimos una moneda debajo de la lengua,

pienso cuando se agrieta mi ternura.

¿Podrá llegar al Paraíso? Mis ojos están fijos en su cuerpo.

No aletean mariposas sobre sus párpados y el cielo es un espejo de niebla que me aplasta.

¿Podrá cruzar el límite del tiempo cuando sea sólo polvo su esqueleto?

¿Vendrán caballos a integrar el cortejo?

 

Disimuladamente

me toco la moneda que he puesto debajo de mi lengua para que

mi madre no cruce el río solita.