Con Fervor

El precursor de nuestra soberanía idiomática

Juan María Gutiérrez.

Rememorando aquel momento en que la Universidad de Buenos Aires, nada menos, rubricando un acuerdo con el Instituto Cervantes, nos colocó en la órbita de su temible Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española, con grave riesgo para nuestra soberanía lingüística, sentí la obligación moral de recordar, al respecto, un hecho clave de nuestra historia protagonizado, precisamente, por quien fue el primer rector de dicha casa de estudios. Fechada el 30 de diciembre de 1875, la carta que Juan María Gutiérrez (1809-1878) dirigió al secretario de la Real Academia Española, devolviendo con suma gentileza y discreción, pero, también, con absoluta firmeza, el diploma de miembro de la misma, que acababa de recibir, fue una decisión que iba a provocar vivas discusiones y encendidas polémicas.

Un hombre de pensamiento crítico como Gutiérrez supo ver, con lucidez y anticipación, no pocos aspectos del asunto. En primer lugar, la intención de dominio que escondía la aparente preocupación de sólo preservar al castellano. Pero, también, que el cosmopolitismo de nuestro oído había dado curso a una “lengua nacional” (son sus palabras), a la cual resultaba imposible pretender inmovilizar, no sólo, en su mero uso cotidiano, sino, también, en los espacios del pensamiento, acostumbrados ya a beber en las más diversas fuentes. Así, afirmaba Gutiérrez en su renuncia: “El pensamiento se abre por su propia fuerza el cauce por donde ha de correr, y esta fuerza es la salvaguardia verdadera y única de las lenguas, las cuales no se ductilizan ni perfeccionan por obra de gramáticos sino por obra de los pensadores que de ellas se sirven”.

Con una irónica y esclarecedora alusión a las evidentes diferencias, no apenas en los infinitos matices del castellano, sino, en las diversas lenguas habladas en España, agrega la visionaria percepción del idioma como organismo vivo, cuando se refiere a ese lenguaje “que se transforma, como cosa humana que es, a las orillas de nuestro mar de aguas dulces”. Rechaza también al “doble ultramontanismo, social y religioso”, entonces agazapado detrás de esta cuestión, aparentemente inofensiva, y enuncia, más que claramente, en actitud francamente progresista: “No puedo convenir, por ejemplo, en que el lenguaje humano sea otra cosa que lo que la filología y la historia enseñan sobre su formación”.

A quien sorprenda la visionaria anticipación con que Juan María Gutiérrez maneja estas cuestiones, baste saber que, no sólo fue el primer ingeniero argentino, sino, también, uno de los miembros más significativos de nuestra primera generación de intelectuales: la de 1837. Joven aún, en el Salón Literario donde se reunían, pronunció un discurso medular: Fisonomía del saber español: cual debe ser entre nosotros. Allí, campean ya sus principales ideas: independencia también intelectual con respecto a la metrópolis absolutista que, entonces, representaba España; autonomía (cuando no contraposición) frente a sus tradiciones ideológicas; y visionaria libertad en el uso del lenguaje común.

Juan María Gutiérrez.

Exiliado en Montevideo, la publicación, en 1841, de su galardonado poema A Mayo, que Alberdi considera “nuestra primera poesía nacional”, desató una polémica clave: los románticos se baten contra el neoclasicismo. Poeta, se convirtió en el primer ensayista y el primer crítico literario del país. Pero, fue también el primer antólogo de la poesía continental: América poética (Valparaíso, 1846). Fue él, finalmente, quien concreta la primera edición de El matadero, obra inicial de nuestras letras, al publicar las obras completas de Esteban Echeverría, entre 1870 y 1874.

Culminó su vida como rector de la Universidad de Buenos Aires (1861-1874), donde impulsa las matemáticas, crea la carrera de Ciencias Exactas y fomenta la de Ciencias Naturales. Su Proyecto de Ley Orgánica de la Instrucción Pública (1872), anticipa principios similares a los de la Reforma Universitaria de 1918: gratuidad de la enseñanza superior, autonomía de la Universidad “con arreglo a sus leyes internas”, libertad de cátedra y organización democrática.

Pero, su rechazo a ser designado miembro de la Real Academia Española, resplandece como un momento de primera magnitud. El escándalo estalla cuando, el 5 de enero de 1876, la prensa lo da a conocer. Así nació un polémico intercambio epistolar, también público, entre un hispanófilo ofendido, Juan Martínez Villergas, que, en realidad, defendía al colonialismo político y cultural, y el auténtico anti-colonialista, que, siempre, fue Juan María Gutiérrez. Por su parte, la discusión consistió en Diez cartas de un porteño, luego, reunidas en libro, que publicó el diario La Libertad. del 22 de enero al 8 de febrero de 1876. Muchas veces, puntualizó Gutiérrez su luminoso criterio: “Convenga usted en que la cuestión que ventilamos no es simplemente gramatical ni de Academias: es cuestión social…”

Y, no mucho después, en 1899, nada menos que un español del calibre de Miguel de Unamuno iba a darle la razón, desde el periódico porteño El Sol: “Hay que levantar voz y bandera contra el purismo casticista, que apareciendo cual simple empeño de conservar la castidad de la lengua castellana, es en realidad solapado instrumento de todo género de estancamiento espiritual, y lo que es peor aún, de reacción solapada y verdadera.”

La cuestión (que resulta, a la vez, ineludiblemente social e íntima) sigue siendo crucial: el uso de la palabra.


Rodolfo Alonso es poeta, traductor y ensayista.