Con Fervor

Debatir un Proyecto Cultural de Nación para refundar un nuevo contrato social

La grave crisis económica, social y política que hoy hiere, severamente, la vida de nuestras grandes mayorías no puede ser cabalmente comprendida si no podemos interpretarla desde su dimensión cultural. Porque, el proceso actual de colonización económica, social y política tiene como condición de posibilidad una colonización cultural de nuestras subjetividades y sentido común. Por eso, la asunción de las creencias y valores de la minoría más rica y poderosa del país –socia menor de un régimen de plutocracia de las corporaciones- por parte de sectores medios y hasta populares es el resultado de una batalla cultural ganada por la derecha que, hoy, nos gobierna. Quienes desde el Primer Congreso Argentino de Culltura, realizado en Mar del Plata en 2006, definimos a la cultura como los sentidos que le damos a nuestras formas de vida comunitaria, tenemos un compromiso político y ético por abrir amplios espacios federales de debate para pensar y repensar un Proyecto Cultural Soberano de Nación.

  1. Un debate por un Proyecto Cultural de Nación: por horizontes de sentido solidarios, fraternos y emancipatorios

Hoy existe una disputa política clave pero soterrada, en nuestro país, sobre dos modos de pensar y sentir culturalmente la Argentina. El problema es que no hay debate sobre tal acontecimiento decisivo. Saúl Feldman[1], sociólogo, nos advierte que “en todas las elecciones se discuten proyectos”. Esa es “la parte visible de la campaña. Lo invisible, lo que va por debajo, es la apelación al sentido común”. Buena parte de ese sentido común, todavía, sigue colonizado por un ideario asocial y reaccionario que triunfó en las elecciones de 2015, pero, ya venía incubándose antes. El macrismo ganó la batalla cultural por su hegemonía. Porque entendió muy bien que no podía instaurar un plan económico de concentración económica, sin producir un “cambio cultural” que lo hiciera posible y hasta deseable. Por eso, el giro conservador y neoliberal logró imponer un sentido común dominante –contrario a los intereses objetivos de buena parte de sus votantes-, porque supo sintonizar con ciertas aspiraciones y preocupaciones que forman parte de nuestro clima de época del siglo XXI.

Porque, por un lado, el neoliberalismo sostiene que no existe la sociedad como trama social o tejido colectivo, que sólo existen individuos y familias –vecinos, no ciudadanos, no sujetos de derechos- que sólo prosperan por sus méritos y esfuerzos individuales. Por otro lado, los espacios que adscriben al vasto campo del pensamiento nacional, popular, democrático y progresista conciben a la sociedad como un conjunto de vínculos colectivos, de tejidos culturales que traman nuestras vidas personales y comunitarias.

Saúl Feldman define a este sentido común impuesto “como un campo muy complejo de opiniones, criterios morales”, “creencias fuertemente enraizadas en las emociones” y resistentes al pensamiento crítico”. Porque, esas emociones muy simples, en las que sobresalen el odio, el miedo y el narcisismo, son “sentimientos básicos” desde los cuales los dispositivos tecnocomunicacionales-digitales de captura y producción de subjetividades adictas –el arma más poderosa y sofisticada del neoliberalismo a nivel planetario- nos interpelan emocionalmente todo el tiempo, para activar los prejuicios sociales, fuertemente discriminatorios, sobre nuestras otredades y diversidades, para desactivar nuestra alerta reflexiva, como si fuéramos los esclavos de una Matrix que nos impone una visión de realidad que no existe, porque, logró desarticular lo que vivimos como experiencia personal de lo que esa usina Matrix nos dice que ocurre.

Por eso, el Ministro Jefe de Gabinete Marcos Peña pudo decir que “en estas elecciones no se va a discutir sobre economía, sino sobre un cambio en el alma de la gente”.

La antropóloga social Estela Grassi[2] reflexiona, a partir de una imagen que publicó el Ministerio de Educación de la Nación en su página de Facebook: “la foto de un chico de seis años, de la provincia de Misiones, que debía caminar tres kilómetros y atravesar dos arroyos para ir a la escuela. El posteo, fechado en agosto pasado, presentó la situación como ejemplar, subrayando méritos del niño (“un pequeño héroe sin capa”) donde había ausencia del Estado, incumplimientos del propio Gobierno”. El libro de Grassi da cuenta de una investigación que indaga sobre la producción sociopolítica de los conceptos de autovalía y legítima dependencia, en tanto derecho a recibir la protección del Estado.

“La investigación —realizada por dos equipos del Instituto Gino Germani (UBA) y la Universidad de General Sarmiento, dirigidos por Grassi y por la socióloga Susana Hintze— analiza de qué modo operan la ideología neoliberal y sus argumentos sobre el merecimiento, que atraviesan todas las políticas macristas vinculadas a la protección social, desde los criterios jubilatorios a los planes de empleo”.

“Nos interesó subrayar que la autovalía, lo que socialmente se entiende como “vivir del propio trabajo”, se da siempre en una interdependencia; sin embargo, las condiciones que la hacen posible pueden quedar invisibles para el propio sujeto. No se puede llegar a ser autoválido sin las redes e instituciones que forman la trama sobre la que se desenvuelve la vida de cada uno, pero pese a esto la autovalía puede ser presentada como un puro “mérito individual”.

Por eso, dichas investigadoras plantearán, en Tramas de la desigualdad, que, en la disputa política actual, no se trata “sólo por acceder al gobierno sino por el sentido común social acerca de cómo y entre quienes vivir juntos y qué debe hacer (o no) el Estado por la vida en común”. Por eso, concluirán que “la orientación y el discurso de las políticas sociales pasaron de lo colectivo a lo individual, y de presentarse como reparación de injusticias sociales a autorresponsabilizar a quienes las reciben”. El gran valor de este trabajo reside en que sus autoras analizan “cómo, entre 2003 y 2015, diferentes cuestionamientos comenzaron a socavar la legitimidad de las políticas sociales, a partir de “ideologías individualizantes y meritocráticas”; esas mismas críticas se fueron instalando en el “sentido común” y, luego, fueron recogidas por la oposición política que llegaría al poder en 2015 y presentadas “en términos de exceso y descontrol social y del gasto del Estado”.

“Puede advertirse –señalan Grassi y Hintze– el retraimiento de los derechos que corresponden a todos los ciudadanos, junto con un vertiginoso deterioro económico del país. Hay que sumar a ello el deterioro político cultural que conlleva un discurso político empobrecido y vacío de un sentido de lo colectivo y la sociedad.”

La desaparición de las palabras derechos, sujetos de derechos, ciudadanos y ciudadanía del vocabulario político estatal da, sobradamente, cuenta de ese cambio cultural que el macrismo buscó –y sigue buscando- naturalizar.

  1. Un proceso de debate federal, un Congreso Nacional de Cultura:

La discusión que aquí propongo tiene que llevar su tiempo, ser profundamente democrática, plural y federal, desarrollarse a través de foros federales provinciales y regionales y concluir en un gran Congreso Nacional de Cultura. Sugiero que su punto de partida sea tanto el proyecto de la Ley Federal de las Culturas –surgido de cuarenta y seis foros que recorrieron casi todo el país entre 2014 y 2015-, como los diez puntos propuestos por amplios sectores culturales el año pasado, a instancias de un debate propuesto por el Diputado Nacional Daniel Filmus, Presidente de la Comisión de Cultura de la Nación. Porque, no habrá nuevo contrato social en la Argentina sin una serie de acuerdos culturales sobre nuestras formas de convivencia comunitaria, sin reconocernos en las ideas, valores y principios democráticos y republicanos, sin incorporar aquellos que nos conviertan, en serio, en un país federal. Porque, cuatro años de políticas neoliberales han desorganizado, desarticulado y hasta roto nuestras vidas, nuestras tramas y tejidos colectivos, desamparando a la intemperie a por lo menos la mitad de l@s argentin@s. Porque, no podrá haber descolonización económica y política, sin reafirmar la necesidad de encontrar junt@s, un Proyecto Cultural de Argentina Soberana.

Por eso, dicho Proyecto Cultural de Nación funge, como un GPS simbólico; porque, el desarrollo cultural es condición de posibilidad para el desarrollo integral del país. Porque, es la meta de tal desarrollo, no un medio.

Por eso, pensar en nuevas ciudadanías es pensar en ciudadanía digital, en una educación cultural para la ciudadanía crítica, para producir contenidos desde las voces propias y no consumir pasiva y acríticamente dichos contenidos. Esa es una batalla cultural estratégica para redemocratizar nuestra vida comunitaria, tan importante como la de pensar en legislaciones para desmonopolizar los medios de comunicación tradicionales, que, por otra parte, ya no lo son, porque forman parte de corporaciones que operan sobre múltiples pantallas y soportes.

  1. Definir la cultura en plural para consagrar a nuestras diversidades como riqueza

Porque hablar de culturas nos permite reconocer a la diversidad cultural, lingüística, étnica y de género como la urdimbre polifónica constitutiva de las sociedades, en general, y del cultivo de la identidad cultural de la Argentina, en particular. Porque las culturas son derechos humanos, no privilegios, y el Estado debe ser el garante indelegable de su cumplimiento. Pero, sólo a partir del reconocimiento de esta diversidad que nos constituye como Nación, es posible pensar en la plena vigencia de los derechos culturales de todos los habitantes de la República Argentina. Porque los sujetos culturales son tod@s sus habitantes.

Porque ya sabemos, o deberíamos saber, qué hicieron de nosotros las visiones de mundo presentadas como “cultura o arte nacional”, de cuño cultural monocordes, las que desde una única tradición impusieron a la heterogeneidad de tradiciones culturales, estéticas y poéticas un solo modo de percibir y narrar de dónde veníamos y quiénes éramos, desde un canon muy estrecho, muy unitario, cerrado y machista.

  1. Un Gobierno Federal de las Culturas, descentralización y democratización: las culturas como derechos

Juano Villafañe abrió muy bien el debate en su nota ¿Una cultura sin ley, acerca de la necesidad de contar, por un lado, nuevamente, con un Ministerio de Cultura de la Nación –hoy degradado institucional y presupuestariamente como Secretaría-, así como, también y sobre todo, con un Gobierno Nacional adecuado a esa nueva realidad ministerial, por un lado, y federal, por otro, dado que, en el período 2014-2015, faltó tiempo para que la vieja estructura de la Secretaría respondiera a las demandas y necesidades de una institucionalidad cultural presente, con políticas públicas, recursos presupuestarios y sedes en el vasto territorio argentino.

Un Gobierno Nacional de las Culturas, creado por Ley, no por decreto, con un rodaje de debate y un nivel de acuerdos de alcance nacional y federal. Con un Consejo Federal de carácter vinculante, con representación de l@s trabajador@s de las culturas y de las representaciones nacionales que nucléan a los diferentes lenguajes artísticos, expresiones culturales y sociedades de gestión. Con sedes regionales para su descentralización federal. Con Observatorios de Políticas Culturales en nuestras Universidades Nacionales, con indicadores culturales cuanti-cualitativos que den cuenta de procesos de expansión o restricción de los derechos culturales.

Con la creación de un Programa Federal de Puntos de Cultura que territorialice el ejercicio de los derechos culturales, que busque su progresiva universalización, que mapee tales puntos, sus sujetos productores y su contribución a la ampliación de ciudadanía, de nuevas ciudadanías, que piense tanto en las culturas comunitarias, autogestivas, como en los pueblos originarios, y no olvide a l@s nativ@s digitales, porque, hoy, pensar el territorio es comprender tanto su fase física, geográfica, como simbólica virtual, porque, en ambas, habitamos.

  1. Una Ley Quinquenal de Financiamiento Cultural Federal:

Por último, no podrá haber jerarquización institucional de las culturas, que representan la compleja trama cultural nacional, si no se produce, a la vez, decidida y progresivamente, una jerarquización presupuestaria. Por eso, propongo, tal como sucedió con nuestra educación pública desde 2005 al 2015, una Ley de Financiamiento Cultural Federal, que se proponga llevar, en cinco años, del actual piso presupuestario a, por lo menos, el 1% de nuestro PBI (Producto Bruto Interno), tal como lo recomienda la UNESCO. Subrayo lo de Federal, porque, las metas de dicha ley tienen que explicitar los alcances nacional y federal de ese presupuesto, y la contraparte que las provincias deben cumplir en términos de jerarquización de sus institucionalidades o gobiernos de la cultura provinciales, de la formación de sus trabajador@s, tanto en lo pertinente a gestión del patrimonio, como a lenguajes artísticos y gestión cultural, como a inversión presupuestaria, entre algunas de las cuestiones a tener en cuenta.

Saber interpretar las preocupaciones y demandas de una agenda cultural propia de este clima de época, en una sociedad tan compleja, fragmentada como heterogénea, desde una pedagogía de la escucha, desde una cultura de las empatías con nuestras diversidades, desde la invención o reinvención de formas de gobierno que prioricen la participación ciudadana y la ampliación de los derechos culturales, es tan decisivo, como proponer un nuevo sueño que, lejos de postular el odio y el egoísmo asocial como matriz de pertenencia al mundo de la minoría de los winners, ofrezca un horizonte en construcción desafiante, abierto, creativo, fraterno y emancipador.


[1] Bencivengo, Gabriel (1/07/2019). Entrevista con Saúl Feldman. Van por el miedo y te dejan la decepción,. Socompa. Periodismo de Frontera.

[2] Vales, Laura (22/07/2019). Entrevista con la antropóloga social Estela Grassi. Individualismo y meritocracia en las políticas macristas, Página 12. https://www.pagina12.com.ar/207625-individualismo-y-meritocracia-en-las-politicas-macristas


Francisco Tete Romero es escritor, docente y editor.