Con Fervor

Azúcar amarga

A pesar del título elegido por el caribeño Rey Andújar (Santo Domingo, 1977), Candela – el nombre de pila de uno de los personajes de la narración- es un relato coral. Entre los hombres y mujeres que habitan el micromundo de esta novela, una suerte de Macondo dominicano, no hay jerarquía que valga: el destino de todos ellos –acaso el mismo derrotero de todos los habitantes caribeños-, parece estar escrito desde el inicio.

Catalogada como thriller policial, la narración se inicia con un hecho delictivo, la muerte de Renato Castratte, cuya investigación quedará a cargo del teniente Imanol Petafunte y, a través de la cual, el lector irá desgranando, sin prisa, pero, sin pausa, las vidas de los allegados a la víctima: la amante (una abogada inescrupulosa que marca, claramente, su posición socioeconómica), la familia (que incluye un hermano ausente), un escritor desdichado y una prostituta que posee dones de adivinación. Sin embargo, no serán, en este caso, ni las pistas, ni el móvil del asesinato lo que nos mantenga alertas, sino, en todo caso, la inminente llegada de un fuerte huracán. Tal el marco elegido para reforzar -como si hiciera alguna falta- las tragedias cotidianas de estos seres desesperanzados, acechados por la soledad, el pesimismo, la corrupción y la pobreza. Y es que los hombres y mujeres que habitan este relato son, además y sobre todas las cosas, víctimas de amores contrariados.

Con un lirismo sabroso, Rey Andújar es, también y entre otras cosas, autor de reconocidos volúmenes de poesía, plenos de regionalismos que huelen a café, tabaco y cerveza. Esta interesante propuesta literaria –que ya ha sido adaptada al cine por el escritor y cineasta Andrés Farías Cintrón y se encuentra a la espera de su estreno post pandemia- es una gran excusa para adentrarnos en las profundidades de esa otra historia, aquella que no veremos en las fotos de arenas blancas, mares turquesas y palmeras, pero, que reconoceremos, en cambio, en cualquier ciudad latinoamericana, en cuyos oídos resuenan, aún hoy, los ecos del imperio colonizador.