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Los invisibles al poder. Crimen y castigo en paralelo con Joker

Rodión Ramanovich Raskolnikov, alias Rodia, es el Joker ruso, o Joker es el Rodia de la Ciudad Gótica. Para los que no conocen la historia, Crimen y castigo es una novela cumbre de la literatura universal, una trama psicólogica que indaga sobre la moral, la culpa, la ley y el reproche penal. Es una obra que ha inspirado al mismo Sigmund Freud, a juristas, filósofos, cineastas y escritores. En mi opinión, es un verdadero tratado sobre la humanidad, que abarca cuestiones multi disciplinarias. No es una lectura fácil, los rusos tienen esa cuestión de llamar al mismo personaje de tres o cuatro maneras distintas: con el nombre, el apellido, el patronímico y, para sumar, algún apodo. Una vez vencida esa resistencia, ajena a nuestro lenguaje, uno se puede adentrar en una historia verdaderamente magnífica.
San Petersburgo, a mediados del siglo XlX, no es mucho menos hostil que la Ciudad Gótica donde vive el Joker. No hay vodka ni mezcla extraña que aplaque el frío de los inviernos rusos, que cala sin piedad en los huesos de los más desposeídos (ya, antes de Dostoievski, su predecesor Gogol, había escrito un cuento sobre un funcionario a quien le habían robado su abrigo, titulado El capote, lo que era una verdadera tragedia). Las sopas son más agua caliente que otra cosa y Rodia, un ex estudiante sumido en la pobreza, no tiene dinero ni para emparchar sus botas viejas. La ostentación del Imperio, cuya caída se aproxima, dista enormemente de las pésimas condiciones de vida de la mayoría de la población. Rodia es un invisible en esa ciudad mal oliente y gris, donde se le niega toda posibilidad de superación. Sabe que sus capacidades e inteligencia le dan para algo más, pero, las oportunidades escasean en una sociedad altamente estratificada. Una burocracia estatal crece, pero, ingresar en ese mundillo de rangos y escalafones es prácticamente un imposible. La revolución se cocina en una olla a presión y, pronto, va a estallar. Rodia lo presiente, Dostoievski también. El joven vive en una especie de pensión, está lleno de deudas y le debe dinero a una prestamista usurera y maltratadora. Rodia percibe en ella a todos los males de la sociedad, por lo que planea su asesinato. Cree poder redimirse mediante el delito, lo considera su medio de liberación. Ahí viene todo su dilema moral. Al principio, parece no sentirse culpable, pero, se termina enfermando de remordimiento.

Fiodor Dostoievski.

El Joker es un alienado, alguien que no es consciente de la implicancia política de sus acciones. Aún así, sabe dejar en claro que ha encontrado en los homicidios una forma de visibilización social que, antes, no había tenido. Así, como la anciana usurera y propietaria, los brabucones de Wall Street son la encarnación del mal y de la desigualdad social para nuestros personajes. Tanto el Joker como Rodia luchan, a su manera, por un reconocimiento que, entienden, se les ha negado. Sea el poder completar los estudios o recibir un correcto tratamiento médico.

Otra vez, los lazos sociales que se han roto, modelos de exclusión que van anticipando su final. El delito se vuelve, para ellos, una forma de redención, de revancha, de visibilización. El crimen no es ya contra sus victimarios, sino, un reclamo para ese todo social, es un grito en el espacio anómico, donde cada individuo parece estar sumido en su propia desgracia. Es un llamado, una interpelación para todos los que sufren y una advertencia para quienes detentan del poder, sin mirar lo que dejan alrededor.
Sin ir más lejos, hoy, nuestro continente es escenario de luchas sociales significativas. En Chile, el «milagro neoliberal”, ha sido desenmascarado tras 46 años de políticas nefastas para la mayoría de la población. Los gobernantes parecen no comprender, se muestran totalmente ajenos a los reclamos populares, al punto de considerarlos como producto de una «invasión alienígena». La burocracia zarista, tampoco, se habrá visto venir aquella Revolución que transformaría la sociedad rusa para siempre. Así es como la literatura -y el arte en sí- nos sirven de testimonio. El hambre de Rodia, el frío y su existencia incompleta eran reales. Venían del alma de un autor que, además de la miseria, conocía la dureza de las cárceles de Siberia. También, venían de un régimen que empezaba su proceso de descomposición para dar lugar a una de las mayores revoluciones de la historia.

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