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La voz de la mujer en el teatro obrero

El movimiento libertario local, en sus diversas expresiones políticas, fue caja de resonancia de temáticas sociales que eran debatidas, desde perspectivas disímiles, hacia fines del siglo XIX. En esa amplitud y respeto por las discrepancias, hubo consensos en el mundo ácrata sobre varios de estos tópicos, algunos de los cuales se transformaron en el núcleo de los reclamos y luchas que protagonizó y motorizó el anarquismo. Miradas de un fuerte contenido ético y moral surcaron el horizonte de las expresiones gremiales clasistas, en los albores de la pasada centuria. Y esa figura del héroe impoluto e incorruptible se alzó como modelo de vida a replicar en cada acción y en cada afirmación. La familia burguesa y las tradiciones cristianas que impregnaban el devenir de la existencia privada de las comunidades fue uno de los blancos que eligieron los libertarios para manifestar la falacia de un sistema de opresión que impedía la libertad de elección, coartaba la posibilidad de relaciones sin tutelaje y colocaba pesadas cadenas sobre los más débiles eslabones de la cadena humana: mujeres y niños. Cuando hablamos de debilidad, nos referimos a las relaciones de poder que primaban. Donde la reducción del individuo a simple mercancía obediente replicaba y amplificaba la estructura de una sociedad hipócrita. El divorcio, la homosexualidad y la eliminación del matrimonio como institución indisoluble habían llenado de material disparador al teatro obrero. El cuadro filodramático formado por Arturo Limes y Servando Ordóñez, discípulos del taller escuela de Berisso, habían emprendido la tarea de producir textos y representarlos para que la discusión sobre el amor libre tuviera lugar a través del arte como disparador. Nos cuenta Limes:

“Era muy complicado para nosotros poder mantener un elenco de aficionados y militantes. Nosotros habíamos elegido separarnos de los grupos más numerosos de sindicatos y centros en un intento por mantener autonomía plena de posibles decisiones verticalistas que afectaran nuestra libertad. Era una jugada peligrosa, pues por un lado no teníamos que rendir cuenta de nuestros actos a ninguna autoridad superior, pero carecíamos de una logística externa que nos auxiliara ante el ahogo que nos imponían las persecuciones y censuras. De tomas maneras, no nos dejamos vencer por las fuerzas hostiles que nos rodeaban y nos concentramos en el proyecto de escribir una obra de teatro sobre el amor y los prejuicios. Varias compañeras nos ayudarían en la tarea que demandó un par de meses, ante los inconvenientes para programar reuniones y por las deserciones que se convertirían en una constante de los años por venir. Fieles a las ideas de creación grupal, todos compartieron la función de ocasionales dramaturgos, exponiendo sus aportes y abriéndose al intercambio creador”. [1]

Esta inquietud de Limes era replicada en distintos centros y círculos libertarios, donde hombres y mujeres proponían que las relaciones de pareja estuvieran forjadas en el amor puro, el que es capaz de sortear cualquier egoísmo y se proyecta en la constitución de un colectivo sano y sin fisuras. No hay vallas para ese amor ni reglas especiales, más allá de las que regulan la felicidad de las micro sociedades comprometidas en los valores ácratas. Socialistas reformistas y liberales tuvieron representantes que adhirieron a la causa del amor libre desde trincheras feministas. El aborto legal y el divorcio vincular fueron exigidos en mítines, movilizaciones y escritos publicados en diarios y revistas de circulación nacional. El conservadorismo, que detentaba el poder, ignoró los reclamos y ni siquiera aceptó convalidar la disolución del matrimonio civil, medida que sus pares uruguayos aprobaron. El radicalismo, con su discurso progresista, tampoco tomó decisiones positivas al hacerse cargo del Poder Ejecutivo. Sólo algunas figuras destacadas, especialmente mujeres de los partidos burgueses, clamaban por las desigualdades de derechos propios de un patriarcado afirmado en arcaicas tradiciones. Las cuales serían grabadas en el imaginario colectivo, al confirmarse un pacto entre las Fuerzas Armadas y la jerarquía eclesiástica de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Los ácratas, como era su costumbre, no se detenían en quejas puntuales. Porque, sus objetivos apuntaban a los cimientos mismos de un sistema injusto de explotación, el que no podía evolucionar por leyes, sino, que debía ser derribado por la acción de sujetos críticos. En este camino, se encontraba la propuesta de la agrupación de la que Limes era parte. Luego de tres semanas de trabajo, estaban listos para ensayar y pulir, al menos, dos escenas que nacieron al calor de los mecanismos de producción del conjunto. Recuerda el propio Limes:

“Como era habitual no fue fácil ponernos de acuerdo en los parlamentos con los que mostraríamos nuestros pensamientos sobre el amor de pareja en una obra acabada. Habíamos pasado varios días argumentando con pasión las diversas líneas que podrían dar forma al texto definitivo. Pero definitivo es una palabra que se lleva mal con un movimiento que acepta cuantas modificaciones sean necesarias para espejar la voluntad del cuerpo; por eso la necesidad de corregir. La primera versión de dos escenas fue registrada en un documento que hicimos circular entre simpatizantes de la causa, vecinos de nuestra locación en la periferia de Avellaneda.” [2]

Teatro de militancia.

En este manuscrito, nunca editado, que recibimos de manos de un militante de la zona durante la década del veinte del siglo pasado, es posible ver que los gérmenes del texto seguían los preceptos del melodrama, con un contenido didáctico, que caracterizaba a esta dramaturgia de lo urgente. Repasemos el primer borrador de La libertad del amor, título, también, provisorio:

“Obispo: No puedo creer que me pidan que acepte una acción de pecado y que atenta contra la voluntad de Dios. Ustedes fueron criados en la senda de la fe, como cristianos bondadosos. Empezaron acercándose a esos bandoleros anarquistas que no reconocen ni a las autoridades terrenales ni celestiales a pesar de que yo les expliqué los peligros de hacerlo. Hicieron huelga cuando el patrón sólo se ha preocupado por ustedes, dándoles trabajo y la oportunidad de comer y vestirse todos los meses. Y, ahora, se atreven a hablarme de contradecir el sacramento del matrimonio para entregarse al placer de un falso amor que llaman libre. Están descarriados, no los conozco y no voy a permitir que pretendan extender esta lujuria a sus hermanos que aceptan la vida que les tocó con gratitud y resignación.

Luz: Nadie vino a hablar de permiso porque poco nos importa su opinión sobre nuestra decisión. Ya no creemos en sus mentiras que tanto daño han hecho, trayéndonos pesares y culpas que sólo pueden existir en la mente de los opresores. Usted está seguro de que nuestros cuerpos le pertenecen como representante de ese dios, al que ya no adoramos. El placer nos pertenece como seres humanos libres y no somos ni seremos señoras de nadie. Así como repudiamos la esclavitud del patrón que nos obliga a largas jornadas con pagas de hambre, lo hacemos con aquellos hombres que nos ven como pertenencia.

Sara: Usted pretende ser un enviado celestial y se pasea con su panza abultada y su anillo para inclinar a los pobres a medida que avanza. Es el ejemplo de todo lo que repudiamos. Soñamos con un mundo donde la libertad sea plena y podamos gozar de ella sin órdenes ni restricciones. Su fe ha matado a muchos, ha bendecido guerras y alentado a los falsos poderosos a evitar cumplir las enseñanzas de ese Cristo que lleva en el pecho. Somos mujeres pensantes y no vamos a entregarnos a ningún hombre que no deseemos. Sepa que sólo el deseo nos guiará al amor, al verdadero amor, el que está iluminado por la antorcha de la mente libre.

Obispo: ¡Basta, pecadoras! Van a arder en el infierno; eso lo aseguro. Tengan temor porque, además voy a hablar con el comisario y se pudrirán en el calabozo.”[3]

Este fragmento fue representado en una reunión que recordaba a las mujeres mártires de las luchas sociales, actividad que se llevó a cabo en un círculo ácrata de Morón. Los miembros del cuadro filodramático querían probar la eficacia de lo escrito y estuvieron atentos a la recepción del mismo, en una velada con escasa pero entusiasta concurrencia, de acuerdo a los testimonios de algunos de los presentes. Jazmín Ugarte, de sólo catorce años por entonces, nos confesaba:

“Me enteré de la actividad por una amiga más grande que solía concurrir a los actos anarquistas. Yo era demasiado joven y muchas cosas no las entendía. Sin embargo, había visto varias obritas y participado de charlas en las que se discutía el papel de la mujer en nuestra sociedad. No podría asegurar que tenía plena conciencia pero sí era una joven apasionada, capaz de entregarme por una causa. Así, pude ver la obra de teatro en Morón donde el tema central era el amor libre. Me impresionó cómo los personajes tenían el coraje para luchar contra gente poderosa sin dudar. Fueron unos minutos pero me hicieron reflexionar sobre este punto de una manera muy profunda, como no lo había hecho hasta entonces. Allí me entusiasmé con la actuación por lo que no fue sorpresa que integrara dos elencos de teatro aficionado y uno independiente, dejando en el escenario dos décadas de mi vida”.[4]


[1] Entrevista personal a Arturo Limes, Madrid, 1985.

[2] Ibídem, nota 1.

[3] Texto en borrador aportado por Jazmín Ugarte.

[4] Entrevista personal a Jazmín Ugarte, Montevideo, 1986.

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