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La creatividad artística como proceso terapéutico

Margaret Naumburg y Edith Kramer, pioneras de la disciplina Arteterapia, fijaron sus trabajos en base a la teoría psicoanalítica. La primera, se destaca por intentar llevar los pensamientos inconscientes a la conciencia, utilizando las imágenes plásticas creadas mediante la asociación libre[1] para, mediante los dibujos y pinturas espontáneas, el niño pueda sacar, hacia el exterior, dibujos de su inconsciente que serán volcados a un papel. Edith Kramer, por su parte, hace hincapié en cómo el arte juega un papel fundamental dentro del proceso de sublimación, otorgándole al sujeto una salida saludable para domar las fuerzas provenientes de los “procesos primarios”[2], es decir, de la energía del principio de placer.

Aquí, es necesario remarcar el carácter espontáneo de la actividad artística, ¿qué significa esto? Que no sigue una consigna fijada del exterior, sino, que puede ser vista como un hecho de carácter lúdico y voluntario. La autora habla de descarga, vinculada con la teoría de sublimación, como una catarsis que necesita ser expuesta. Dice, además: A través del uso de la expresión gráfica o plástica, aquellos que se sienten bloqueados pueden empezar a poner palabras para explicar sus producciones”.[3] Aparece, entonces, la concepción de lo simbólico frente a lo figurativo. Imágenes que contienen un subtexto, dibujos y pinturas que expresan un sentimiento, una idea, una energía.

Por lo tanto, el arte, situado en la zona intermedia entre el principio de placer y el principio de realidad, proporciona satisfacción al sujeto que logra expresar los deseos reprimidos que podrían atormentarlo. Sin embargo, Kramer cree que la elaboración verbal no es básica para trabajar los conflictos, ya que el proceso creativo en sí mismo es considerado terapéutico.

La autora, en su libro Terapia a través del arte en una comunidad infantil (1958), expone:

“La aspiración básica del terapeuta es hacer accesible a personas perturbadas el goce y la satisfacción que el trabajo creativo puede proporcionar y, por su percepción y destreza terapéutica, hacer que dichas experiencias sean significativas y valiosas para la personalidad total. Su arma, las artes plásticas, es tan vieja como la humanidad. Desde el origen de la sociedad humana las artes han ayudado al hombre a atenuar el eterno conflicto entre el instinto individual y la exigencia social. En consecuencia, todo arte es terapéutico en el más amplio sentido de la palabra.”[4]

El énfasis que Edith hace acerca del trabajo creativo, se lo puede relacionar con lo expuesto por otros dos autores que hablan sobre el mismo tema. Uno es el psicoanalista Héctor Fiorini. Él propone una tópica psíquica que  represente al psiquismo creador[5]. Porque cree que hay un campo que ha quedado abierto y muy poco desarrollado, que es el que representa el poder ser: lo posible, lo no constituido, lo incierto. Es allí donde desarrollan y establecen sus relaciones fundamentales los filósofos y los artistas. Y esta relación con lo posible es el eje de su trabajo. Observa la existencia de un sistema dentro del psiquismo, que es el que establece las relaciones con lo potencial y hace todos los movimientos necesarios a fin de que ese posible se concrete. Llama al sistema Psiquismo creador e intenta desarrollar una teoría al respecto. Sostiene que este sistema se activa y se desenvuelve con la puesta en marcha del proceso creador y la finalización de la obra.

 

Calle de la Catedral de Adolfo en Band-Wand (1910), lápiz y lápiz de color sobre periódico, 99.4 x 71.8 cms.

 

Otro autor, que centra su mirada, sobre todo, en el proceso creativo es Prinzhorn[6]. Este, intentando descubrir el nacimiento del impulso de crear y poniendo especial énfasis en el análisis de las obras de los psicóticos, agrega que encuentra semejanzas entre las obras de los pacientes con las configuraciones de los niños y de los primitivos. O que, este hecho, lo lleva a pensar en su base psicológica para establecer las diferencias. Piensa que buscar un criterio fijo, al cual referirse para identificar o clasificar, vuelve la mirada más estrecha y no genera mucha ayuda. Situarse en el pensamiento binario de sano-enfermo o arte-no arte es no observar la cantidad de matices y de transiciones que están siendo vedadas bajo una cultura dominante. Por lo tanto, plantea otro paradigma de lectura de la obra artística. Nos hace pensar en la independencia de la obra en relación al sujeto que la ejecutó. Desprejuiciar el contenido psicológico de la misma para poder otorgarle un valor en sí misma.

Suely Rolnik, psicoanalista y crítica de cultura brasilera, expresa lo siguiente:

“El mundo se libera de una mirada que reproduce sus formas constituidas y su representación, para ofrecerse como campo trabajado por la vida como potencia de variación y, por lo tanto, en proceso de gestación de nuevas formas. El arte participa del desciframiento de los signos de estas mutaciones sensibles inventando formas a través de las cuales, tales signos, ganan visibilidad y se hacen carne. El arte es, por lo tanto, una práctica de experimentación que participa de la transformación del mundo.”[7]

Se podría concluir diciendo que el arte, entonces, no sólo es el medio por el cual sublimar[8] ni, tampoco, observar y analizar la psiquis del sujeto, sino, que hay algo más en la acción de la producción artística, que podría asociarse con lo más primitivo del hombre, referido a la necesidad de desarrollar su potencial expresivo de manera subjetiva, particular y única. Y que, esta acción de expresarse, es terapéutica per se, ya que hace sentir bien al sujeto que produce algo inigualable  e irrepetible, que lo represente, identifique y emancipe.


[1] «Las imágenes oníricas comienzan a simbolizar, para Freud, construcciones de deseos insatisfechos tras un mensaje disfrazado. Con la técnica de la Asociación Libre, el terapeuta intenta despertar las representaciones sustitutivas alrededor de cada elemento del sueño». López Martínez Maria Dolores. 2009. La intervención arteterapéutica y su metodología en el contexto profesional Español. Tesis Doctoral. Universidad de Murcia. p. 170.

[2] Según Freud (1981), «el aparato psíquico humano funciona a partir de los procesos primarios, característicos de la zona inconsciente en los que la energía psíquica actúa en plena libertad, vinculada a experiencias placenteras (Principio del placer); y de los procesos secundarios, propios de la zona consciente y preconsciente, donde la satisfacción se ve aplazada, al existir un mayor control sobre la energía psíquica (Principio de la realidad)». López Martínez Maria Dolores. 2009. La intervención arteterapéutica y su metodología en el contexto profesional Español. Tesis Doctoral. Universidad de Murcia. p. 171.

[3] Naumburg, M. (1987). Dinamically oriented art therapy: its principles and practices: Illustrated with three case studies. Chicago: Magnolia Street Publishers.

[4] Edith Kramer. Terapia a través del arte en una comunidad infantil. 1982. Buenos Aires. Ed. KAPELUSZ. p. 24

[5] Héctor Fiorini. Psiquismo Creador.1996. Buenos Aires. Ed. Paidos.

[6] Hans Prinzhorn. Expresiones de la locura, el arte de los enfermos mentales.2012.España. Ed. Cátedra.

[7] Suely Rolnik. ¿El arte cura?, 2006. Barcelona. Quaderns portàtils .Diseño de Cosmic.  p. 6.

[8] Freud llamó sublimación al mecanismo de defensa que consigue desplazar la energía sexual hacia algo substitutivo de valor cultural, social, civilizado o espiritual que, a la vez, compense y proporcione satisfacción. Es uno de los cuatro destinos pulsionales. Los tres restantes son: la represión, la transformación en lo contrario y la vuelta contra la propia persona.

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