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La banalización de lo simbólico como clima de época

En los tiempos que corren, atravesamos, en nuestra querida ciudad de Buenos Aires, una sistemática destrucción de espacios sociales, tangibles e intangibles, en un denodado esfuerzo por borrar las huellas de la historia, por borrar la identidad ciudadana. Los vecinos de la Ciudad pudimos ver, en los últimos años, cómo se modificaron espacios y arquitecturas identitarios. Entre ellos, los marcados por los creadores de las artes visuales, ya que, de manera inconsulta y caprichosa, se procedió, no sólo a la modificación del Museo Sívori, sino, además, sufrió, y no casualmente, el cambio del logo histórico que portaba el rostro del gran maestro que diera nombre al Museo, sustituyéndolo por un anagrama. Otro ejemplo, es la pintura carnavalesca del Centro Cultural Recoleta, en cuya vecindad se destacan las rayas al estilo bandera de EE.UU., con que pintaron el bello edificio patrimonio cultural indudable del Palais de Glace.

Mientras tanto, la contaminación visual por los murales en las paredes de los subterráneos opacan y distraen los hermosos murales históricos, algunos, ya centenarios y, otros, de artistas contemporáneos. De estas intervenciones no escapó el barrio de la Boca. Y el empobrecimiento se vio reflejado tanto por el vaciamiento y entrega del emblemático premio que instituyera Quinquela Martín, que pasó del hermoso Museo de la Boca a la cancha del Club Boca Juniors, como la pintura de los adoquines del barrio o las fotografías de funcionarios públicos vestidos a la manera de los Cowboys de EE.UU. y parados junto a la bandera yanqui.

 

Ilustración de Milagro Torreblanca.

 

El maestro de la Rivera no puso color como adorno a su querido barrio, por el contrario, le sacó el negro de la carbonería y le puso el blanco a la negritud de los sufrimientos de los trabajadores portuarios, en el blanco de lo guardapolvos, cuando fundó la escuela, el blanco del lactario y el hospital odontológico infantil. Y, sobre ese blanco, luego, pintó la dignidad de la gente de su barrio marcando, con su coherencia, que los bienes simbólicos forman parte del capital social de los pueblos y están por fuera de la lógica de los bienes materiales.

Así, vemos hoy cómo el patrimonio cultural se encuentra amenazado, no sólo por la piqueta destructiva, sino, en su dimensión de capital simbólico que, al ser  gestionado como mercancía, termina perdiendo valor patrimonial, cultural y social. Dando una muestra de que el valor simbólico de los bienes culturales está vinculado al bagaje cultural de la persona que lo recibe en custodia y que lo gestiona. Ya que, cuanto mayor es la distancia que esta gestión mantiene con dichos valores sociales mayores son las posibilidades de que los bienes culturales resulten vulnerados.

Los espacios que se ocupan para la gestión son ideológicos, no existen las gestiones híbridas en ningún ámbito y, mucho menos, en la administración de productos culturales, ya que es a través del arte donde se ve reflejada la historia de las luchas, las tristezas y las alegrías de nuestro pueblo.

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