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El juego como trampolín terapéutico

En Realidad y Juego, Winnicott expresa el concepto de objeto transicional[1], abriendo un  interesante camino a explorar entre la transición del yo y el no-yo, pérdida y presencia de la madre para el niño. Lo interesante aquí es el espacio potencial que el autor nos ofrece, un territorio de juego que aparece como elemento diferente y, al mismo tempo, ambiguo: ya que el objeto transicional no es un objeto interno, sino, que representa una posesión que, sin embargo, tampoco es percibida por el bebé como algo externo. Cabe preguntarse entonces, ¿qué es el objeto transicional o los fenómenos transicionales? Podría decirse que, para Winnicott, es una herramienta que se le proporciona al ser humano en estado de constitución como sujeto portador de subjetividad en potencial, un espacio intermedio, una zona neutral de experiencia que se encontrará a salvo de los ataques exteriores.

Dirá Winnicott: Acerca del objeto transicional puede decirse que se trata de un convenio entre nosotros y el bebé, en el sentido de que nunca le formularemos la pregunta: ‘¿Concebiste esto o te fue presentado desde afuera?’ Lo importante es que no se espera decisión alguna al respecto. La pregunta no se debe formular. [2]

Cuando se piensa en este espacio intermedio, en esta área que no se encuentra adentro ni afuera del yo, aparece la idea del abordaje de lo lúdico en los niños y de su equivalente con la creatividad artística: “Ahora, examinaré un rasgo importante del juego, a saber: que en él y, quizá sólo en él, el niño o el adulto están en libertad de ser creadores. Esta consideración surge en mi pensamiento como un desarrollo del concepto de los fenómenos transicionales y tiene en cuenta la parte difícil de la teoría del objeto transicional, a saber, el hecho de que contiene una paradoja que se debe aceptar, tolerar y no resolver.”[3]

Entonces, se podría decir que el jugar es una herramienta que brinda la posibilidad de crear en el afuera, de manera libre y sin tensión. Supone una manera diferente de hacer, sin prejuicios, donde es posible volcar la subjetividad del ser creador y hacerlo de manera original. El juego es, pues, esta tercera zona de la experiencia, fundamental por su importancia, tanto teórica como práctica. Esta área se ubica en el espacio potencial que existe entre el individuo y el mundo.

Dibujo realizado por un niño en el campo de concentración nazi de Terezin. Obtenido por Friedl Dicker Brandeis, quien fuera obligada a ingresar en 1942 a Terezin, el gueto de la ex Checoslovaquia. Llevó dos valijas con materiales de pintura y libros de arte. Formada en la Bauhaus junto a Kandinsky y Paul Klee, la artista y pedagoga austríaca no se resignó a las condiciones impuestas por los nazis y dio clases clandestinas a los niños en cautiverio durante dos años.

 

El juego artístico

Contemplo el muy refinado goce que obtiene el adulto de la vida, la belleza o el ingenio humano abstracto y, al mismo tiempo, el ademán creador de un bebé que busca la boca de la madre y le toca los dientes y que, al mismo tiempo, le mira los ojos, viéndola de forma creadora. Para mí, el jugar conduce, en forma natural, a la experiencia cultural y, en verdad, constituye su base”[4]

Por otra parte y desde esta misma perspectiva, no habría diferencia de esencia entre la experiencia de un fenómeno transicional y la propia experiencia del arte (en su producción o recepción), entre el niño que juega y el artista que crea o el adulto que –a partir de una obra- llega a la experiencia estética[5]. De allí que Winnicott identifique al juego, directamente, con la experiencia cultural.

Se dirá que el jugar y la creatividad artística se relacionan, porque, comparten este intermedio, esta tercera zona que no es ni interior ni exterior. Ya que son los dos territorios de experimentación vincular entre las experiencias pasadas, el tiempo presente que acontece en el instante de la acción y el futuro presente como un potencial. Eduardo Pavlovsky dirá, en relación a esto: “Es decir que, aun en la psicoterapia más ortodoxa, el paciente tiene que aprender a ‘jugar’: es decir a ‘crear’. No hay curación sin juego.”[6]

Finalmente, volviendo a Winnicott: “Cuando se emplea el simbolismo, el niño ya distingue con claridad entre la fantasía y los hechos, entre los objetos internos y los externos, entre la creatividad primaria y la percepción”.[7] Esto quiere decir que el objeto transicional facilita el proceso de separación con la madre y, por consiguiente, su maduración emocional. Sucede dentro del espacio potencial, lugar seguro establecido entre la madre y el bebé, donde este empieza a consolidar su yo y a potenciar su personalidad global.

Se dice, entonces, que el objeto transicional es un canal o zona intermedia donde se establecerá, producto de un devenir de significaciones, el lugar del juego, que, luego, se sumará la creatividad y la producción de cultura y arte. Se menciona, en consecuencia, que la expresión artística, mediante la ejecución de un taller que propone al juego como medio de expresión, no posee el fin único e inequívoco relacionado con sublimar los sentimientos, deseos, ideas reprimidas o verbalizar las mismas para transformarlas y poder expresar dichas problemáticas, sino, que la acción misma de jugar con materiales artísticos, herramientas plásticas y escénicas proveen al niño y/o adolescente un placer de otro orden, un goce ubicado en un territorio ficcional, donde todo puede ser posible, un espacio otro que lo libera.


[1] Un objeto transicional es aquel trozo de tela, muñeca u osito que usa el bebé, al que está especialmente vinculado –generalmente para dormir o calmarse-. Muchas veces, es la madre la que ofrece algún objeto “especial” y espera, por así decirlo, que el bebé se aficione a éste. Este objeto proporcionará entonces un uso de la primera posesión de “no-yo” del niño. Tal uso corresponde a lo que Winnicott da en llamar “fenómeno transicional”, que constituye la culminación en la secuencia de los acontecimientos que comienzan con las primeras actividades de introducción del puño en la boca del neonato. “Introduzco los términos objetos transicionales y fenómenos transicionales para designar la zona intermedia de experiencia, entre el pulgar  y el osito, entre el erotismo oral y la verdadera relación de objeto, entre la actividad creadora primaria y la proyección de lo que ya se ha introyectado, entre el desconocimiento primario de la deuda y el reconocimiento de esta (Dí “ta”).” D. W. Winnicott, Realidad y Juego. Gedisa, España, 1971., p. 18.

[2] Ibid. p. 30

[3] Ibid. p. 51

[4] D.W Winnicott,  Realidad y Juego. Gedisa, España, 1971., p. 142.

[5] Mikel Dufrenne, Fenomenología de la Experiencia Estética, I, Fernando Torres Editor,  Valencia, 1982.

[6] Eduardo Pavlovsky, Proceso Creador, terapia y existencia. AYLLU, Buenos Aires, 1982., p.34.

[7] D.W. Winnicott, Realidad y Juego. Gedisa, España, 1971., p. 23.

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